viernes, 17 de mayo de 2013


hola, buenos días con mis deseos de un felíz viernes...
y un bello fin de semana con mucha alegría, paz y amor...
Dios los bendiga, amén...

hello, good morning with my wishes for a happy friday ...
and a beautiful weekend with much joy, peace and love ...
God bless you, Amen ...


The fruits of the Holy Spirit

I. When the soul is docile to the Holy Spirit becomes good tree is made known by its fruits. Although these fruits are countless, St. Paul says twelve fruits result of his gifts: love, joy, peace, patience, kindness, goodness, longsuffering, gentleness, faithfulness, modesty, continence and chastity (Galatians 5, 22-23.)

Three of them are in particular manifestation of the glory of God: love, joy and peace. Charity is the tastiest of fruits because it is the first manifestation of our union with Christ, makes us feel that God is close and has to lighten the load to the other. It is the joy because joy is a result of love, so the Christian is distinguished by its joy, which remains above the pain and failure. The love and joy in the soul let the peace of God, is the absence of agitation and rest of the will in stable possession of the property.

II. Given the obstacles, the Paraclete docile souls bear the fruit of patience, which is in many cases the support of love lost no peace to the disease, the contradiction, the defects of others, slander, and before their own spiritual failures . Patience and long-suffering are very important in the apostolate, the latter is a stable arrangement by which we expect all the time God wants dear delays or permitted by him, before reaching ascetic and apostolic goals we set, and sets goals high, according to the will of God, but the results seem small. He knows that my chosen not labor in vain (Isaiah 45, 23.)

III. Other fruit look first to the neighbor, as St. Paul says: clothed bowels of mercies, kindness, humility, meekness, forbearing and forgiving one another (Colossians 3, 12-13.) Kindness leads us to want all kinds of goods for others without distinction. Translates Kindness charity events, leads us to do good to others (1 Corinthians 13: 4.) And is manifested in works of mercy, in forgiveness and kindness. Meekness is a finishing of goodness and kindness, and opposes the barren manifestations of anger.

Nothing compares to a loyal friend, his price is incalculable (Sir 6, 1.) Fidelity is a way to live in justice and charity. For the modest man to know that his talents are a gift from God and puts them at the service of others, reflecting simplicity and order. By continence and chastity the soul is vigilant to avoid what could damage the inner and outer purity. We finished our prayer approaching the Virgin Mother beautiful love.

Frutos del Espíritu Santo...


Los frutos del Espíritu Santo
I. Cuando el alma es dócil al Espíritu Santo se convierte en árbol bueno que se da a conocer por sus frutos. Aunque estos frutos son incontables, San Pablo nos señala doce frutos resultado de sus dones: caridad, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, longanimidad, mansedumbre, fe, modestia, continencia y castidad (Gálatas 5, 22-23.)
Tres de ellos son en especial, manifestación de la gloria de Dios: el amor, el gozo y la paz. La caridad es el más sabroso de los frutos porque es la primera manifestación de nuestra unión con Cristo, nos hace experimentar que Dios está cerca y tiene a aligerar la carga a los otros. Le sigue el gozo porque la alegría es consecuencia del amor; por eso el cristiano se distingue por su alegría, que permanece por arriba del dolor y del fracaso. El amor y la alegría dejan en el alma la paz de Dios; es ausencia de agitación y el descanso de la voluntad en la posesión estable del bien.
II. Ante los obstáculos, las almas dóciles al Paráclito producen el fruto de la paciencia, que es en muchas ocasiones el soporte del amor; no pierden la paz ante la enfermedad, la contradicción, los defectos ajenos, las calumnias, y ante los propios fracasos espirituales. La paciencia, así como la longanimidad son muy importantes en el apostolado; ésta última es una disposición estable por la que esperamos todo el tiempo que Dios quiera las dilaciones queridas o permitidas por Él, antes de alcanzar las metas ascéticas o apostólicas que nos proponemos, y se propone metas altas, según el querer de Dios, aunque los resultados parezcan pequeños. Sabe que mis elegidos no trabajarán en vano (Isaías 45, 23.)
III. Los demás frutos miran en primer lugar al prójimo, como San Pablo dice: revestíos de entrañas de misericordia, bondad, humildad, mansedumbre, soportándoos y perdonándoos mutuamente (Colosenses 3, 12-13.) La bondad nos inclina a querer toda clase de bienes para otros sin distinción alguna. La benignidad traduce la caridad en hechos, nos inclina a hacer el bien a los demás (1 Corintios 13, 4.) y se manifiesta en obras de misericordia, en indulgencia y afabilidad. La mansedumbre es un acabamiento de la bondad y benignidad, y se opone a las estériles manifestaciones de ira.
Nada hay comparable a un amigo fiel; su precio es incalculable ( Eclo 6, 1.) La fidelidad es una forma de vivir la justicia y la caridad. Por la modestia el hombre a sabe que sus talentos son regalo de Dios y los pone al servicio de los demás, refleja sencillez y orden. Por la continencia y castidad el alma está vigilante para evitar lo que pueda dañar la pureza interior y exterior. Terminamos nuestra oración acercándonos a la Virgen, Madre el amor hermoso.

jueves, 16 de mayo de 2013

Santo Temor de Dios...


El Don de temor de Dios
I. No todo temor es bueno. Existe el temor mundano (M.M. PHILIPON, Los dones del Espíritu Santo) de donde se originan los respetos humanos propios de quienes están dispuestos a abandonar a Cristo y a su Iglesia en cuanto prevén que la fidelidad a la vida cristiana pueda causarles una contrariedad o desventajas sociales. Existe otro, que es bueno en cuanto puede ser, para muchos, el primer paso hacia su conversión y el comienzo del amor (Eclo 25, 16): el temor servil que aparta del pecado por miedo a las penas del infierno.
En cambio, el santo temor de Dios, propios de hijos que se sienten amparados por su Padre a quien no desean ofender, tiene dos efectos principales. El más importante es un respeto inmenso por la majestad de Dios, un hondo sentido por lo sagrado y una complacencia en su bondad de Padre. Por este don, las almas santas reconocen su nada delante de Dios, como decía a modo de jaculatoria el Beato Josemaría Escrivá de Balaguer: no valgo nada, no tengo nada, no puedo nada, no sé nada, no soy nada, ¡nada! (VÁZQUEZ DE PRADA, El Fundador el Opus Dei). El otro efecto es un gran horror al pecado y, si se tiene la desgracia de cometerlo, una vivísima contrición.
II. Amor y temor. Con este bagaje hemos de hacer el camino. "Cuando el amor llega a eliminar del todo el temor, el mismo temor se transforma en amor" (SAN GREGORIO DE NISA, Homilía). Es el temor del hijo que ama a su Padre con todo su ser y que no quiere separarse de Él por nada del mundo. Cuando se pierde el santo temor de Dios, se diluye o se pierde el sentido del pecado y entra con facilidad la tibieza en el alma. Hemos de sentir horror al pecado grave y abominar del pecado venial deliberado. La meditación de los Novísimos, de aquella realidad que veremos dentro quizá de no mucho tiempo, o sea, el encuentro definitivo con Dios, nos dispone para que el Espíritu Santo nos conceda ese don que tan cerca está del amor.
III. El don de temor se halla en la raíz de la humildad, en cuanto da al alma la conciencia de su fragilidad y la necesidad de tener la voluntad en fiel y amorosa sumisión a Dios. También está en íntima relación con la virtud de la templanza, que lleva a usar con moderación de las cosas humanas subordinándolas al fin sobrenatural. Este don, infundido con los demás en el Bautismo, nos llevará a huir con rapidez de las ocasiones de pecado y hacer con profundidad el examen de conciencia y a dolernos de nuestras faltas. Pidamos que, con delicadeza de alma, tengamos muy a flor de piel el sentido del pecado.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Signo de los Tiempos...


Signos de los tiempos

Apostasía. 
La pérdida de la fe es peor que no haber conocido nunca la fe, y es esto lo que está sucediendo en estos tiempos, indicándonos este signo, que estamos cerca de la manifestación del Anticristo, puesto que éste no aparecerá hasta que se haya extendido por toda la tierra la apostasía.
Continentes enteros que pierden la fe, o que si dicen todavía conservarla, en la práctica viven como si no tuvieran fe, lo que se dice es un ateísmo práctico, puesto que no se cumplen los Diez Mandamientos aunque se dice creer en Dios.
Y esto irá en aumento, porque está profetizado que así suceda. Y nosotros, si no queremos ser del número de los que perderán la fe, tenemos que consagrarnos lo antes posible al Inmaculado Corazón de María, que es como una vacuna que nos da la Santísima Virgen para preservarnos de la pérdida de la fe.
La fe es un don precioso que hemos recibido en el Bautismo, y que debemos conservar para ser agradables a Dios. Podemos perder la fe por exponerla descuidadamente a errores, leyendo libros malos o ateos, dejando de rezar cotidianamente, suspendiendo la recepción de los sacramentos, en especial la Eucaristía, y así el demonio nos va alejando de la fuente de luz, que es Dios, y de a poco nos va introduciendo en las penumbras, hasta dejarnos en la completa oscuridad.
No demos el primer paso, sino rectifiquemos nuestro rumbo, dando un fuerte golpe de timón a la barca de nuestra alma, y apuntando su proa hacia el Señor, anclados firmemente en el Corazón de María, y resistiendo a todos los embates del demonio, que en estos tiempos tiene un gran poder de seducción.
¡Ven Señor Jesús!

martes, 14 de mayo de 2013

Purgatorio...


Promesa para librarnos del Purgatorio

DOBLE NOVENA DE COMUNIONES REPARADORAS

Dice Sor Natalia Magdolna: 
El 15 de agosto de 1942, Jesús me dio una enorme gracia. Durante una visión me dio una gran promesa para aquellos que hicieran una novena en honor de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María. Me dijo:
-Hija mía, mira a tu Madre como Reina del Mundo. Ámala y trátala con la confianza de un niño. Esto lo quiero de ti y de todos.
Entonces levantó un poco el manto de su Madre, me mostró su Inmaculado Corazón y, volteándose hacia el mundo, dijo:
-He aquí el Corazón Inmaculado de mi Madre en el que he puesto mis gracias para el mundo y para las almas. Este Corazón es la fuente de mis gracias, del que fluyen la vida y la santificación del mundo. Como el Padre celestial Me lo dio todo a Mí, del mismo modo Yo le di mi victorioso poder sobre el mundo y sobre el pecado al Inmaculado Corazón de mi Madre. A través de mi hija, Margarita María Alacoque, la prometí al mundo grandes cosas, pero como mi bondad es infinita ahora ofrezco todavía más.
-Si la gente desea ganar los beneficios de mis promesas debe amar y venerar el Inmaculado Corazón de mi Madre. La señal más grande de esta veneración es que comulguen, bien preparados y arrepentidos en nueve sábados primeros, paralelamente con los nueve viernes primeros. Sus intenciones deberán consolar a mi Corazón al mismo tiempo que al Corazón Inmaculado de mi Madre.
Entendí que Jesús estaba pidiendo lo mismo para su Madre que lo que había pedido a santa Margarita para sí mismo. Le pregunté a Jesús:
-¿Debemos consolar también a tu Madre, ya que ella recibe tantas ingratitudes?
Jesús respondió:
-Querida hija, si alguien me hiere, esta persona hiere también a mi Madre. Si alguien me consuela, consuela al mismo tiempo a mi Madre, porque mi Madre y Yo somos uno en el amor.
Cuando el Salvador me dijo esto, entendí muchas cosas sobre la unidad de los dos Sacratísimos Corazones.
Jesús me dijo también que si alguien se confiesa con regularidad una vez por mes, no hace falta que se confiese para ir a la comunión, si no ha cometido ningún pecado mortal desde la última confesión. Jesús me enseñó esta oración para los primeros sábados:
«Sacratísimo Corazón de Jesús,
te ofrezco esta santa comunión
por medio del Corazón Inmaculado de María,
para consolarte por todos los pecados
cometidos contra Ti».

El Don de la Piedad...


El Don de piedad
I. Al llegar a la plenitud de los tiempos, Jesucristo nos enseñó el tono adecuado en el que debemos dirigirnos a Dios. Cuando oréis habéis de decir: Padre... ( Lucas, 11, 2). En todas las circunstancias de la vida debemos dirigirnos a Dios con esta filial confianza: Padre. El sentido de la filiación divina, efecto del don de piedad, nos mueve a tratar a Dios con la ternura y el cariño de un buen hijo con su padre, y a los demás hombres como a hermanos que pertenecen a la misma familia. Dios quiere que le tratemos con entera confianza, como hijos pequeños y necesitados. Toda nuestra piedad se alimenta de este hecho: somos hijos de Dios.
II. El cristiano que se deja mover por el espíritu de piedad entiende que nuestro Padre Dios quiere lo mejor para cada uno de sus hijos: Todo lo tiene dispuesto para nuestro mayor bien. Por eso la felicidad consiste en ir conociendo lo que Dios quiere de nosotros en cada momento de nuestra vida y llevarlo a cabo sin dilaciones ni retrasos. De esta confianza en la paternidad divina nace la serenidad y la alegría, porque sabemos que aun las cosas que parecían un mal irremediable contribuyen al bien de los que aman a Dios (Romanos 8, 28).
El don de piedad nos ayuda a ver a los demás hombres como hijos de Dios porque los ha redimido con la sangre de su Hijo derramada en la Cruz, a compadecernos de sus necesidades y a tratar de remediarlas, En ellos vemos al mismo Cristo, a quien rendimos esos servicios y ayuda. También la piedad hacia los demás nos lleva a tratarlos con benignidad, y nos dispone a perdonar con facilidad las posibles ofensas recibidas. El perdón generosos e incondicional es un buen distintivo de los hijos de Dios.
III. Este don del Espíritu Santo nos mueve y nos facilita el amor filial a nuestra Madre del Cielo, la devoción a los ángeles, especialmente a nuestro ángel custodio, y a los santos, particularmente a aquellos que ejercen un especial patrocinio sobre nosotros; a las almas del purgatorio necesitadas de nuestros sufragios, el amor al Papa, como Padre común de todos los cristianos. El sentido de la filiación divina nos impulsa a querer y a honrar cada vez mejor a nuestros padres, cuya paternidad viene a ser una participación y un reflejo de la de Dios.
Este don nos inclina a rendir honor a las personas constituidas legítimamente en alguna autoridad y a los ancianos. Su campo de acción abarca aun las cosas creadas, "consideradas como bienes familiares de la Casa de Dios" (M.M.PHILIPON, Los dones del Espíritu Santo). Consideremos hoy muchas veces durante el día que somos hijos de Dios.