jueves, 15 de mayo de 2014

Blowing in the wind - Soplando en el viento

Papa Francisco...

Papa Francisco ‏@Pontifex_es
Pidamos al Espíritu Santo la gracia de tomar decisiones concretas en nuestra vida de acuerdo a la lógica de Jesús y de su Evangelio.

Comenzar...

COMENZANDO EL DÍA

Más y más.

Hoy estamos comenzando un nuevo día que Dios nos concede para que seamos buenos y practiquemos la virtud. Y si en él queremos recibir dones, está bien que los pidamos en la oración. Pero ¿por qué no empleamos un método más efectivo todavía? Efectivamente la mejor manera de interesar al Señor en nuestras necesidades, es ocuparnos y preocuparnos por Sus “necesidades”, es decir, Su gloria, la salvación de las almas y la venida del Reino de Dios al mundo.
Dios quiere hacer un dulce pacto con nosotros, que nos es muy conveniente: Él se compromete a ocuparse tanto más de nosotros y de nuestras cosas, cuanto más nosotros nos ocupemos de Él y de sus cosas.
Así que a partir de hoy hagamos el propósito de “competir” con Dios, de hacer mucho, muchísimo por Él y por las almas, que son sus tesoros, y entonces sí que el Señor volcará sobre nosotros un mar de dones de todo tipo, y seremos felices ya en este mundo.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Acto de Amor...

ACTO DE AMOR

“Y Dios me dio a conocer una sola y única cosa que a sus ojos tiene el valor infinito, y éste es el amor de Dios, amor, amor y una vez más amor, y con un acto de amor puro de Dios nada puede compararse. Oh, qué inefables favores Dios concede al alma que lo ama sinceramente. Oh, felices las almas que ya aquí en la tierra gozan de sus particulares favores, y éstas son las almas pequeñas y humildes”.
(Santa Faustina Kowalska – Diario #778)

Mientras el mundo se atomiza y desintegra por el odio de los hombres y de los pueblos, Jesucristo quiere renovarlo y salvarlo por el amor.
Quiere que se eleven hacia el cielo llamas de amor que neutralicen las llamas del odio y del egoísmo.
A tal efecto, enseñó a Sor M. Consolata Betrone un Acto de Amor sencillísimo que debía repetir frecuentemente, prometiéndole que cada Acto de Amor salvaría el alma de un pecador y que repararía mil blasfemias. 

La fórmula de este Acto es:
"Jesús, María, oamosalvad las almas"

Visión de Pentecostés...

Introducción

La obra de María Valtorta es pródiga en visiones y revelaciones que nos emocionan hasta las lágrimas. Lo que ocurrió en aquel hermoso día de Pentecostés fue relatado por ella, de tal modo que podamos comprender el rol de María en la historia de la salvación, ya que Ella es la mas maravillosa corona de la Creación de Dios. La Santisima Trinidad canta de alegría al admirar la perfección en el amor de Su hija predilecta.

Los invitamos a disfrutar hoy estas hermosas visiones de María Valtorta:

La venida del Espíritu Santo. Fin del ciclo mesiánico

No hay voces ni ruidos en la casa del Cenáculo. No hay tampoco discípulos (al menos, no oigo nada que me autorice a decir que en otros cuartos de la casa estén reunidas personas). Sólo se constatan la presencia y la voz de los Doce y de María Santísima (recogidos en la sala de la Cena).

(…)La Virgen, sentada sola en su asiento, tiene a sus lados, en los triclinios, a Pedro y a Juan (a la derecha, a Pedro; a la izquierda, a Juan). Matías, el nuevo apóstol, está entre Santiago de Alfeo y Judas Tadeo. La Virgen tiene delante un arca ancha y baja de madera oscura, cerrada. María está vestida de azul oscuro. Cubre sus cabellos un velo blanco, cubierto a su vez por el extremo de su manto Todos los demás tienen la cabeza descubierta.

María lee atentamente en voz alta. Pero, por la poca luz que le llega, creo que más que leer repite de memoria las palabras escritas en el rollo que tiene abierto. Los demás la siguen en silencio, meditando. De vez en cuando responden, si es el caso de hacerlo.

El rostro de María aparece transfigurado por una sonrisa extática. ¡¿Qué estará viendo, que tiene la capacidad de encender sus ojos como dos estrellas claras, y de sonrojarle las mejillas de marfil, como si se reflejara en Ella una llama rosada?!: es, verdaderamente, la Rosa mística...

Los apóstoles se echan algo hacia adelante, y permanecen levemente al sesgo, para ver el rostro de María mientras tan dulcemente sonríe y lee (y parece su voz un canto de ángel). A Pedro le causa tanta emoción, que dos lagrimones le caen de los ojos y, por un sendero de arrugas excavadas a los lados de su nariz, descienden para perderse en la mata de su barba entrecana.

Pero Juan refleja la sonrisa virginal y se enciende como Ella de amor, mientras sigue con su mirada a lo que la Virgen lee, y, cuando le acerca un nuevo rollo, la mira y le sonríe.

La lectura ha terminado. Cesa la voz de María. Cesa el frufrú que produce el desenrollar o enrollar los pergaminos. María se recoge en una secreta oración, uniendo las manos sobre el pecho y apoyando la cabeza sobre el arca. Los apóstoles la imitan...

Un ruido fortísimo y armónico, con sonido de viento y arpa, con sonido de canto humano y de voz de un órgano perfecto, resuena de improviso en el silencio de la mañana. Se acerca, cada vez más armónico y fuerte, y llena con sus vibraciones la Tierra, las propaga a la casa y las imprime en ésta, en las paredes, en los muebles, en los objetos. La llama de la lámpara, hasta ahora inmóvil en la paz de la habitación cerrada, vibra como chocada por el viento, y las delgadas cadenas de la lámpara tintinean vibrando con la onda de sobrenatural sonido que las choca.

Los apóstoles alzan, asustados, la cabeza; y, como ese fragor hermosísimo, que contiene las más hermosas notas de los Cielos y la Tierra salidas de la mano de Dios, se acerca cada vez más, algunos se levantan, preparados para huir; otros se acurrucan en el suelo cubriéndose la cabeza con las manos y el manto, o dándose golpes de pecho pidiendo perdón al Señor; otros, demasiado asustados como para conservar ese comedimiento que siempre tienen respecto a la Purísima, se arriman a María.

El único que no se asusta es Juan, y es porque ve la paz luminosa de alegría que se acentúa en el rostro de María, la cual alza la cabeza y sonríe frente a algo que sólo Ella conoce y luego se arrodilla abriendo los brazos, y las dos alas azules de su manto así abierto se extienden sobre Pedro y Juan, que, como Ella, se han arrodillado. Pero, todo lo que he tardado minutos en describir se ha verificado en menos de un minuto.

Y luego entra la Luz, el Fuego, el Espíritu Santo, con un último fragor melódico, en forma de globo lucentísimo, ardentísimo; entra en esta habitación cerrada, sin que puerta o ventana alguna se mueva; y permanece suspendido un momento sobre la cabeza de María, a unos tres palmos de su cabeza (que ahora está descubierta, porque María, al ver al Fuego Paráclito, ha alzado los brazos como para invocarlo y ha echado hacia atrás la cabeza emitiendo un grito de alegría, con una sonrisa de amor sin límites). Y, pasado ese momento en que todo el Fuego del Espíritu Santo, todo el Amor, está recogido sobre su Esposa, el Globo Santísimo se escinde en trece llamas cantarinas y lucentísimas -su luz no puede ser descrita con parangón terrenal alguno-, y desciende y besa la frente de cada uno de los apóstoles.

Pero la llama que desciende sobre María no es lengua de llama vertical sobre besadas frentes: es corona que abraza y nimba la cabeza virginal, coronando Reina a la Hija, a la Madre, a la Esposa de Dios, a la incorruptible Virgen, a la Llena de Hermosura, a la eterna Amada y a la eterna Niña; pues que nada puede mancillar, y en nada, a Aquella a quien el dolor había envejecido, pero que ha resucitado en la alegría de la Resurrección y tiene en común con su Hijo una acentuación de hermosura y de frescura de su cuerpo, de sus miradas, de su vitalidad... gozando ya de una anticipación de la belleza de su glorioso Cuerpo elevado al Cielo para ser la flor del Paraíso.

El Espíritu Santo rutila sus llamas en torno a la cabeza de la Amada. ¿Qué palabras le dirá? ¡Misterio! El bendito rostro aparece transfigurado de sobrenatural alegría y sonríe con la sonrisa de los serafines, mientras ruedan por las mejillas de la Bendita lágrimas beatíficas que, incidiendo en ellas la Luz del Espíritu Santo, parecen diamantes.

El Fuego permanece así un tiempo... Luego se disipa... De su venida queda, como recuerdo, una fragancia que ninguna flor terrenal puede emanar... es el perfume del Paraíso...

Los apóstoles vuelven en sí... María permanece en su éxtasis. Recoge sus brazos sobre el pecho, cierra los ojos, baja la cabeza... nada más... continúa su diálogo con Dios... insensible a todo... Y ninguno osa interrumpirla.

Juan, señalándola, dice: 
-Es el altar, y sobre su gloria se ha posado la Gloria del Señor...
-Sí, no perturbemos su alegría. Vamos, más bien, a predicar al Señor para que se pongan de manifiesto sus obras y palabras en medio de los pueblos - dice Pedro con sobrenatural impulsividad.
-¡Vamos! ¡Vamos! El Espíritu de Dios arde en mí - dice Santiago de Alfeo.
-Y nos impulsa a actuar. A todos. Vamos a evangelizar a las gentes.

Salen como empujados por una onda de viento o como atraídos por una vigorosa fuerza.

martes, 13 de mayo de 2014

Vivir bien...

Secretos para bien vivir
Vivir el presente.
Parece una obviedad pero hay que saber vivir el presente, es decir, no estar atados al pasado ni obsesionados por el futuro. Y si bien esto es fácil de decir, no son muchos los que lo llevan bien a la práctica. ¡Y pensar que de ello depende la felicidad en esta vida y la paz del alma! Pues efectivamente el pasado no podemos ya modificarlo, y mientras perdemos tiempo, energía y ánimo en considerar las cosas pasadas, especialmente las que hemos hecho mal, se nos escapa de las manos el presente, que es el instante que Dios nos regala para que seamos santos y lo aprovechemos para reparar todo el mal que hayamos podido hacer en el pasado. Y pensar en lo que nos depara el futuro, es inútil porque quizás ese futuro, ese mañana, no llegue nunca a nosotros, pues ¿quién nos asegura que mañana despertaremos?
Entonces aprendamos a vivir día por día, momento por momento, anclándonos en el presente y estando contentos en él. Digo “contentos” y no “felices”, porque la felicidad no depende de nosotros, en cambio el estar contentos sí depende de nosotros, ya que “contento” quiere decir “estar contenido”, o sea, saber contentarse con lo poco o mucho que tenemos y en la situación que estamos, sabiendo que Dios todo lo que nos manda es por amor hacia nosotros, incluso cuando parecen cosas malas y que nos hacen daño. El verdadero y único daño que debemos temer seriamente es el infierno, con su “pena de daño”, y eso sí es temible en extremo. Pero mientras estemos en este cuerpo mortal debemos dar gracias a Dios, de que todavía tenemos esperanza de Cielo y, con nuestros sufrimientos vamos descontando del tiempo de purificaciones ultraterrenas en el Purgatorio, que son muchísimo más terribles que los mayores sufrimientos en este mundo.

Pruebas de vida...

Pruebas de la vida
No cantemos victoria.
Hasta que no estemos en el Cielo, no podemos cantar victoria, porque la vida tiene muchas pruebas y no sabemos si mañana estaremos con el mismo ánimo de hoy, y si no habremos perdido la Gracia santificante. Tampoco sabemos cómo será nuestra salud, porque hoy quizás estamos sanos, pero luego podemos caer enfermos; o bien estar ahora enfermos, y recuperar luego la salud.
Como no sabemos todavía las pruebas por las que, quizás, todavía deberemos pasar, no cantemos victoria, y como bien dice el Apóstol: “Quien está seguro, cuide de no caer”.
El hombre es tan mudable como las veletas, y lo que hoy nos parece imposible hacer, por ejemplo traicionar a Dios, quizás lo lleguemos hacer con el tiempo.
Por eso siempre hay que ser humildes y pedir constantemente a Dios en la oración que nos cuide y no nos deje caer de su mano, ni permita en nosotros y nuestra vida una prueba muy grande, porque conocemos, quizás por experiencia propia, lo frágiles que somos.
Siempre debemos ser prudentes y estar convencidos de que mientras hay vida, hay peligro, pues la misma vida es peligro. Y hasta que no estemos ya en el Cielo, siempre está la posibilidad de fallar. Han caído miserable y lastimosamente almas mucho más santas y sabias que nosotros, ¿por qué no podemos caer también nosotros?