viernes, 6 de junio de 2014
Rayos de Fé...
Rayos de Fe
I LOS ÁNGELES
La existencia de los ángeles, una verdad de fe
328 La existencia de seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura llama habitualmente ángeles, es una verdad de fe. E1 testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición.
Quiénes son los ángeles
329 S. Agustín dice respecto a ellos: "Angelus officii nomen est, non naturae. Quaeris numen huins naturae, spiritus est; quaeris officium, ángelus est: ex eo quad est, spiritus est, ex eo quod agit, ángelus" ("El nombre de ángel indica su oficio, no su naturaleza. Si preguntas por su naturaleza, te diré que es un espíritu; si preguntas por lo que hace, te diré que es un ángel") (Psal. 103, 1, 15). Con todo su ser, los ángeles son servidores y mensajeros de Dios. Porque contemplan "constantemente el rostro de mi Padre que está en los cielos" (Mt 18, 10), son "agentes de sus órdenes, atentos a la voz de su palabra" (Sal 103, 20).
330 En tanto que criaturas puramente espirituales, tienen inteligencia y voluntad: son criaturas personales (cf Pío XII: DS 3891) e inmortales (cf Lc 20, 36). Superan en perfección a todas las criaturas visibles. El resplandor de su gloria da testimonio de ello (cf Dn 10, 9‑12).
Cristo "con todos sus ángeles"
331 Cristo es el centro del mundo de los ángeles. Los ángeles le pertenecen: "Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles..." (Mt 25, 31). Le pertenecen porque fueron creados por y para E1: "Porque en él fueron creadas todas las cosas, en los cielos y en la tierra, las visibles y las invisibles, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades: todo fue creado por él y para él" (Col 1, 16). Le pertenecen más aún porque los ha hecho mensajeros de su designio de salvación: "¿Es que no son todos ellos espíritus servidores con la misión de asistir a los que han de heredar la salvación?" (Hb 1, 14).
332 Desde la creación (cf Jb 38, 7, donde los ángeles son llamados "hijos de Dios") y a lo largo de toda la historia de la salvación, los encontramos, anunciando de lejos o de cerca, esa salvación y sirviendo al designio divino de su realización: cierran el paraíso terrenal (cf Gn 3, 24), protegen a Lot (cf Gn 19), salvan a Agar y a su hijo (cf Gn 21, 17), detienen la mano de Abraham (cf Gn 22, 11), la ley es comunicada por su ministerio (cf Hch 7,53), conducen el pueblo de Dios (cf Ex 23, 20‑23), anuncian nacimientos (cf Jc 13) y vocaciones (cf Jc 6, 11‑24; Is 6, 6), asisten a los profetas (cf 1 R 19, 5), por no citar más que algunos ejemplos. Finalmente, el ángel Gabriel anuncia el nacimiento del Precursor y el de Jesús (cf Lc 1, 11.26).
333 De la Encarnación a la Ascensión, la vida del Verbo encarnado está rodeada de la adoración y del servicio de los ángeles. Cuando Dios introduce "a su Primogénito en el mundo, dice: 'adórenle todos los ángeles de Dios"' (Hb 1, 6). Su cántico de alabanza en el nacimiento de Cristo no ha cesado de resonar en la alabanza de la Iglesia: "Gloria a Dios..." (Lc 2, 14). Protegen la infancia de Jesús (cf Mt 1, 20; 2, 13.19), sirven a Jesús en el desierto (cf Mc 1, 12; Mt 4, 11), lo reconfortan en la agonía (cf Lc 22, 43), cuando E1 habría podido ser salvado por ellos de la mano de sus enemigos (cf Mt 26, 53) como en otro tiempo Israel (cf 2 M 10, 29‑30; 11,8). Son también los ángeles quienes "evangelizan" (Lc 2, 10) anunciando la Buena Nueva de la Encarnación (cf Lc 2, 8‑14), y de la Resurrección (cf Mc 16, 5‑7) de Cristo. Con ocasión de la segunda venida de Cristo, anunciada por los ángeles (cf Hb 1, 10‑11), éstos estarán presentes al servicio del juicio del Señor (cf Mt 13, 41; 25, 31 ; Lc 12, 8‑9).
Los ángeles en la vida de la Iglesia
334 De aquí que toda la vida de la Iglesia se beneficie de la ayuda misteriosa y poderosa de los ángeles (cf Hch 5, 18‑20; 8, 26‑29; 10, 3‑8; 12, 6‑11; 27, 23‑25).
335 En su liturgia, la Iglesia se une a los ángeles para adorar al Dios tres veces santo (cf MR, "Sanctus"); invoca su asistencia (así en el "In Paradisum deducant te angeli..." ("Al Paraíso te lleven los ángeles...") de la liturgia de difuntos, o también en el "Himno querubínico" de la liturgia bizantina) y celebra más particularmente la memoria de ciertos ángeles (S. Miguel, S. Gabriel, S. Rafael, los ángeles custodios).
336 Desde su comienzo (cf Mt 18, 10) a la muerte (cf Lc 16, 22), la vida humana está rodeada de su custodia (cf Sal 34, 8; 91, 1013) y de su intercesión (cf Jb 33, 23‑24; Za 1,12; Tb 12, 12). "Cada fiel tiene a su lado un ángel como protector y pastor para conducirlo a la vida" (S. Basilio, Eun. 3, 1). Desde esta tierra, la vida cristiana participa, por la fe, en la sociedad bienaventurada de los ángeles y de los hombres, unidos en Dios.
(Catecismo de la Iglesia Católica)
miércoles, 4 de junio de 2014
Jesús Sacramentado...
Quince minutos en compañía de Jesús
Sacramentado
Estás delante de Jesús, aquel Jesús de corazón tan
misericordioso, que iba en pos de los pecadores y sólo tenía para ellos palabras
de generoso perdón; tan compasivo y bueno, que curaba a los afligidos y
desgraciados, y con ellos lloraba; tan sencillo, que los niños, las
muchedumbres, podían acercársele hasta tocarlo.
Aviva tu fe. Contémplalo ahí, hecho Hostia, para
poder acercarse más a ti, y como si su propia voz, saliendo del Sagrario, te
hablase, óyelo con amor
No es preciso, hijo mío, saber mucho
para agradarme mucho; basta que me ames con fervor. Háblame, pues, aquí,
sencillamente, como hablarías al más íntimo de tus amigos, como hablarías a tu
madre, a tu hermano.
¿Necesitarías hacerme en favor de alguien una
súplica cualquiera? Dime su nombre,
bien sea el de tus padres, bien el de tus hermanos y amigos; dime enseguida qué
quisieras que hiciese actualmente por ellos. Pide mucho, mucho; no vaciles en
pedir; me gustan los corazones generosos que llegan a olvidarse en cierto modo
de sí mismos para atender a las necesidades ajenas. Háblame así, con sencillez,
con llaneza, de los pobres a quienes quisieras consolar, de los enfermos a
quienes ves padecer, de los extraviados que anhelas volver al buen camino, de
los amigos ausentes que quisieras ver otra vez a tu lado. Dime por todos una
palabra de amigo, palabra entrañable y fervorosa. Recuérdame que he prometido
escuchar toda súplica que salga del corazón; ¿y no ha de salir del corazón el
ruego que me dirijas por aquellos que tu corazón especialmente
ama?
Y para ti, ¿no necesitas alguna
gracia? Hazme, si quieres, una como
lista de tus necesidades, y ven, léela en mi
presencia.
Dime francamente que sientes soberbia,
amor a la sensualidad y el regalo; que eres, tal vez, egoísta, inconstante,
negligente..., y pídeme luego que venga en ayuda de los esfuerzos, pocos o
muchos, que haces para sacudir de encima de ti tales
miserias.
No te avergüences, ¡pobre alma! ¡Hay en
el cielo tantos justos, tantos Santos de primer orden, que tuvieron esos mismos
defectos! Pero rogaron con humildad..., y poco a poco se vieron libres de
ellos.
Ni menos vaciles en pedirme bienes
espirituales y corporales: salud, memoria, éxito feliz en tus trabajos, negocios
o estudios; todo eso puedo darte, y lo doy, y deseo que me lo pidas en cuanto no
se oponga, antes favorezca y ayude a tu santificación. Hoy por hoy, ¿qué
necesitas? ¿Qué puedo hacer por tu bien? ¡Si supieras los deseos que tengo de
favorecerte!
¿Traes ahora mismo entre manos algún
proyecto? Cuéntamelo todo
minuciosamente. ¿Qué te preocupa? ¿Qué deseas' ¿Qué quieres que haga por tu
hermano, por tu hermana, por tu amigo, por tu superior? ¿Qué desearías hacer por
ellos?
Y por mí, ¿no sientes deseo de mi
gloria? ¿No quisieras poder hacer algún bien a tus prójimos, a tus amigos, a
quienes amas mucho y que viven quizá, olvidados de
mí?
Dime qué cosa llama hoy particularmente
tu atención, qué anhelas más vivamente y con qué medios cuentas para
conseguirlo. Dime si te sale mal tu empresa, y yo te diré las causas del mal
éxito. ¿No quisieras que me interesase algo en tu favor? Hijo mío, soy dueño de
los corazones y dulcemente los llevo, sin perjuicio de su libertad, a donde me
place.
¿Sientes, acaso, tristeza o mal
humor? Cuéntame, alma desconsolada,
tus tristezas con todos sus pormenores.
¿Quién te hirió? ¿Quién lastimó tu amor
propio? ¿Quién te ha despreciado? Acércate a mi Corazón, que tiene bálsamo
eficaz para curar todas esas heridas del tuyo. Dame cuenta de todo, y acabarás
en breve por decirme que, a semejanza de mí, todo lo perdonas, todo lo olvidas,
y en pago, recibirás mi consoladora bendición.
¿Temes por ventura? ¿Sientes en tu alma
aquellas vagas melancolías, que no por ser infundadas dejan de ser
desgarradoras? Échate en brazos de mi Providencia. Contigo estoy; aquí a tu lado
me tienes; todo lo veo, todo lo oigo, ni un momento te
desamparo.
¿Sientes indiferencia de parte de
personas que antes te quisieron bien, y ahora, olvidadas, se alejan de ti, sin
que les hayas dado el menor motivo? Ruega por ellas y Yo las volveré a tu lado
si no han de ser obstáculo a tu santificación.
¿Y no tienes, tal vez, alguna alegría que
comunicarme? ¿Por qué no me haces
partícipe de ella a fuer de amigo? Cuéntame lo que desde ayer, desde la última
visita que me hiciste, ha consolado y hecho como sonreír tu corazón. Quizá has
tendio agradables sorpresas; quizá has visto disipados negros recelos; quizá has
recibido faustas noticias, alguna carta o muestra de cariño, has vencido alguna
dificultad o salido de algún lance apurado. Obra mía es todo esto, y Yo te lo he
proporcionado; ¿por qué no has de manifestarme por ello tu gratitud y decirme
sencillamente, como un hijo a su padre: ¡Gracias, Padre mío, gracias! El
agradecimiento trae consigo nuevos beneficios, porque al bienhechor le agrada
verse correspondido.
¿Tampoco tienes alguna promesa que
hacerme? Leo, ya lo sabes, en el
fondo de tu corazón. A los hombres se los engaña fácilmente; a Dios, no;
háblame, pues, con toda sinceridad. ¿Tienes firme resolución de no exponerte ya
más a aquella ocasión de pecado, de privarte de aquel objeto que te dañó, de no
leer más aquel libro que exaltó tu imaginación, de no tratar más a aquella
persona que turbó la paz de tu alma?
¿Volverás a ser amable y
condescendiente con aquella otra, a quien por haberte faltado, has mirado hasta
hoy como enemiga?
Ahora bien, hijo mío; vuelve a tus
ocupaciones habituales: al taller, a la familia, al estudio..., pero no olvides
los quince minutos de grata conversación que hemos tenido aquí los dos, en la
soledad del santuario. Guarda en cuanto puedas silencio, modestia, recogimiento,
resignación, caridad con el prójimo. Ama a mi Madre, que lo es también tuya, la
Virgen Santísima, y vuelve otra vez mañana con el corazón más ardoroso, más
entregado a mi servicio. En mi Corazón encontrarás cada día nuevo amor, nuevos
beneficios, nuevos consuelos.
martes, 3 de junio de 2014
Angelus...
Hagamos cada día la oración del "Ángelus"
María
Santísima fue el santuario sagrado al que descendió desde el cielo el
Verbo eterno de Dios, humillándose para redimirnos; y de allí volvió al
cielo, glorificado. Por esto, san Juan Pablo II recomendó que recemos el
Ángelus en la mañana, al mediodía y al de la tarde. Y a propósito ha
dicho: "La oración del Ángelus nos recuerda cada día, el alba de nuestra
salvación: el anuncio a María, la respuesta afirmativa suya a la
voluntad de Dios, y la encarnación del Hijo de Dios en su
seno".
En reverencia al misterio de la
encarnación del Hijo eterno de Dios, mediante el cual fue posible la
realización de nuestra redención, con el papa León IX hagamos este acto
de fe al rezar el Ángelus: "Creo que el Hijo de Dios Padre, el Verbo de
Dios, nació como hombre verdadero, de María, siempre Virgen, por obra y
gracia del Espíritu Santo". REZO DEL ÁNGELUS
El Ángel del Señor anuncio a María;
Y concibió por obra del Espíritu
Santo.
Dios te salve, María......
Aquí está la esclava del
Señor;
Hágase en mi según tu
palabra.
Dios te salve, María ......
Y el Hijo de Dios se hizo hombre;
Y habitó entre nosotros.
Dios te salve, María ......
Ruega por nosotros Santa Madre de
Dios.
Para que seamos dignos de las
promesas de Cristo.
Dios te salve, María.....
Oración:
Derrama, Señor, tu gracia sobre nosotros, que, por el
anuncio del Ángel, hemos conocido la encarnación de tu Hijo, para que
lleguemos, por su pasión y su cruz, y con la intercesión de la Virgen María,
a la gloria de la resurrección.
Por
Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.
Itzel Paz de Silgado
"La verdadera felicidad se encuentra en Dios". Benedicto XVI
lunes, 2 de junio de 2014
Recordando...
| Autor: María Susana Ratero | Fuente: Catholic.net Con María, recordando la Ascensión | |
| La Ascensión es final y, al mismo tiempo, comienzo y promesa, camino y esperanza… | |
Cuarenta largos y extraordinarios días han trascurrido, Madre querida, desde el glorioso Domingo de Pascua. Durante este tiempo, tu humilde corazón de madre repasó una y otra vez sus tesoros escondidos. En ése volver del alma cada acontecimiento vivido cobra ahora, sentido diferente. Pero tú, dulce Madre, a pesar de ser la elegida, la llena de gracia, la saludada por los ángeles y por los creyentes, tú no quieres brillar por esos días, pues Aquél cuya luz es inextinguible aún debe terminar la labor por la que había bajado del cielo a habitar en tu purísimo vientre. Por eso te mantienes casi oculta, limitándote a ser una presencia orante en la Iglesia naciente. Así te encuentro en los Evangelios, pero… necesito que me cuentes, Señora, lo que ha sido para ti el día de la Ascensión. Y cierro los ojos tratando de imaginar tu rostro, tu mirada, tu voz serena que me responde al alma. - El día de la Ascensión fue el final ansiado, presentido, mas nunca totalmente imaginado por mí, de la historia de amor más bella que jamás haya existido. Una historia de amor que comenzó un día, ya lejano, y al mismo tiempo tan cercano, en Nazaret. Una historia que trascurrió durante treinta años, en el silencio y sumisión a mi amor materno, de Aquél por quien el mundo debía salvarse. - ¡Ah, Señora!, en esa sumisión a ti Jesús glorificó grandemente al Padre, por ello es que tus hijos glorificamos al Padre sometiéndonos a ti (1). Sonríes… Tu mirada se pierde ahora en la lejanía. - Como te decía, la Ascensión es final y, al mismo tiempo, comienzo y promesa, camino y esperanza… por esos días Jesús se aparecía a sus amigos y les daba, con la fuerza extraordinaria de quien es la Verdad, los últimos consejos, las últimas recomendaciones, y les regalaba al alma, las más hermosas promesas. Recuerdo claramente el día de su partida... era casi mediodía, el sol brillaba con fuerza, y hasta casi con alegría. Mi Hijo caminaba cerca de Betania con sus amigos, les pedía que fuesen hasta los confines de la tierra enseñando su Palabra. Su voz sonaba segura, serena, protectora, especialmente cuando les entregó aquella promesa que sería luego manantial de fe y esperanza para tantos hijos de mi alma..." Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo" Yo presentía la partida… y Él sabía que necesitaba abrazarlo… como cuando era pequeño, como cuando le hallamos en el Templo, luego de aquella lejana angustia. Él lo sabía y vino hasta mí, me miró con ternura infinita y me abrazó fuerte, muy fuerte, y susurró a mis oídos…: - Gracias Madre, gracias… gracias por tu entrega generosa, por tu confianza sin límites, por tu humildad ejemplar… gracias. Cuando se alejaba ya de mí se acercó Juan, el discípulo a quien Jesús amaba mucho. Entonces el Maestro le dijo, mirándome: - Cuídala Juan, cuídala y hónrala… protégela y escúchala. Ella será para ti, y para todos, camino corto, seguro y cierto hasta mi corazón. Hónrala Juan, pues haciéndolo… me honras. - Lo haré, Maestro, lo haré…- contestó Juan desde lo más profundo de su corazón. Jesús y Juan volvieron con los demás. En ese momento mi Hijo, levantando las manos, los bendijo. Y mientras los bendecía se separó de ellos y subió al cielo ante sus ojos y una nube comenzó a cubrirlo, delicadamente. Los apóstoles se arrodillaron ante Él. Mientras yo levantaba mi mano en señal de despedida y mis ojos se llenaban de lágrimas, sentí que me miraba… y su mirada me hablaba… - ¿Qué te decía, Señora? ¿Qué te decía Jesús mientras partía? - Espérame, Madre, enviaré por ti… espérame... Ay! Hija mía, mi corazón rebosaba de gozo. En tanto los amigos de Jesús miraban fijamente al cielo, como extasiados. En ese momento se acercaron a ellos dos hombres vestidos de blanco que les dijeron: Hombres de Galilea, ¿Por qué siguen mirando al cielo? Este Jesús que les ha sido quitado y fue elevado al cielo, vendrá de la misma manera que lo han visto partir( Hch 1,11) Los hombres tardaron un rato en reaccionar, luego, uno a uno, se fueron acercando a mí. - Debemos volver a Jerusalén, tal como Él lo pidió- dijo Pedro, quien sentía que debía velar por esa Iglesia naciente, hasta en el más mínimo detalle. Los demás asintieron. Volvimos y subimos a la habitación superior de la casa. Nos sentamos todos. Pedro comenzó a recitar, emocionado, la oración que Jesús nos enseñó, al finalizar dijo: - Hermanos, permanezcamos en oración hasta que llegue el día en que, según la promesa de Cristo, seamos bautizados con el Espíritu Santo. Yo me retiré a prepararles algo para comer. Juan se acercó y me abrazó largamente. Yo sentía que comenzaba a amarlos como a mis hijos… me sentía madre… intensamente madre… y nacía en mí una necesidad imperiosa de repetir a cada hijo del alma, aquellas palabras que pronunciara en Caná de Galilea: ...Hagan todo lo que él les diga( Jn 2,5) Así nos quedamos, hija, nos quedamos todos esperando Pentecostés, la Iglesia primera, en una humilde casa de Jerusalén. Espero haber contestado lo que tu alma me preguntó… -Claro, Madre amada, claro que sí, como siempre, eres para tus hijos modelo de virtud, camino seguro hacia Jesús… compañera y amiga . Una vez más y millones de veces te lo diría, gracias, gracias por haber aceptado ser nuestra mamá, gracias por ocuparte de cada detalle relacionado a la salvación de nuestras almas, gracias por enseñarnos como honrarte, porque haciéndolo, honramos a Jesús... gracias por defendernos en el peligro… gracias por ser compañera, compañera, compañera... Ahora, Santa Madre, debes enseñarnos a esperar, adecuadamente, Pentecostés. Amigos que leen estas líneas, María ansía entrar a sus corazones para contarles las maravillas de Pentecostés… háganle sitio... es la mejor decisión que pueden tomar... no lo duden jamás... ___________________________ (1) San Luis María Grignon de Montfort “Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen” pag 94. Edit. Esin, S.A. -1999 NOTA "Estos relatos sobre María Santísima han nacido en mi corazón y en mi imaginación por el amor que siento por ella, basados en lo que he leído. Pero no debe pensarse que estos relatos sean consecuencia de revelaciones o visiones o nada que se le parezca. El mismo relato habla de "Cerrar los ojos y verla" o expresiones parecidas que aluden exclusivamente a la imaginación de la autora, sin intervención sobrenatural alguna." |
Saludos y bendiciones,
Itzel Paz de Silgado
"La verdadera felicidad se encuentra en Dios". Benedicto XVI
Itzel Paz de Silgado
"La verdadera felicidad se encuentra en Dios". Benedicto XVI
domingo, 1 de junio de 2014
Ascensión del Señor...
domingo 1/JUN/14
Evangelio del día
Mt 28, 16-20.
La Ascensión del Señor.
Después de la resurrección del Señor, los once discípulos fueron a Galilea, a la montaña donde Jesús los había citado. Al verlo, se postraron delante de él; sin embargo, algunos todavía dudaron. Acercándose, Jesús les dijo: “Yo he recibido todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir todo lo que yo les he mandado. Y yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”.
Reflexión:
Para quienes dicen que todas las religiones son iguales, aquí el Señor les dice claramente que esto no es así, puesto que envía a sus discípulos a evangelizar y a hacer discípulos a todos los pueblos, y a bautizarlos y a enseñarles todo lo que Él ha mandado.
Es bueno que tengamos esto bien presente para evangelizar también nosotros, en nuestros ambientes, y en el lugar que el Señor nos haya designado.
Hoy Jesús sube al Cielo, y es un bien para nosotros, porque al creer en Él sin verlo físicamente, tenemos más mérito, como el mismo Jesús le dijo a Tomás: ¡Felices los que creen sin haber visto! Y nosotros somos de este número.
Pero Jesús, que nos ama infinitamente y es Dios, ha hecho un gran milagro, y es que se ha ido pero a la vez también se ha quedado, como Él mismo promete de estar todos los días con nosotros hasta el fin del mundo. Y Jesús se ha quedado misteriosamente, milagrosamente en la Eucaristía.
Cada vez que vamos a visitar el Sagrario de una Iglesia, estamos visitando al mismo Cristo glorificado, resucitado, que está realmente presente con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad en las hostias consagradas.
No nos sintamos solos entonces hoy que Cristo se va, porque también se ha quedado en el Santísimo Sacramento.
Pidamos a la Santísima Virgen la gracia de ir frecuentemente a visitar a Jesús en el Sagrario, para recibir sus órdenes e inspiraciones para evangelizar el mundo y encender con el fuego del amor de Dios toda la tierra.
Jesús, María, os amo, salvad las almas.
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