miércoles, 18 de junio de 2014

California Dreamin - Mamas & The Papas

La oración...

Mensaje sobre la oración 

Humildad. 
Esto mismo vino a decir San Bernardo, cuando escribió: ¿Quiénes somos nosotros y qué fortaleza tenemos para poder resistir a tantas tentaciones? Pero esto cabalmente era lo que pretendía el Señor: que entendamos nuestra miseria y que acudamos con toda humildad a su misericordia, pues no hay otro auxilio que nos pueda valer. Muy bien sabe el Señor que nos es muy útil la necesidad de la oración, pues por ella nos conservamos humildes y nos ejercitamos en la confianza. Y por eso permite el Señor que nos asalten enemigos que con nuestras solas fuerzas no podemos vencer, para que recemos y por ese medio obtengamos la gracia divina que necesitamos.
“El gran medio de la oración” - San Alfonso María de Ligorio. 
Comentario: 
Hay personas que pueden ser puros como ángeles, pero soberbios como demonios. Ojalá no sea nuestro caso, porque lo que vale es la humildad, y a veces se conquista con humillaciones.
Efectivamente el pecado no hay que cometerlo, pero si caemos, nos viene bien a veces para abatir nuestra soberbia y nuestro creernos poderosos y perfectos. Cuando caemos en pecado, nos damos cuenta que somos barro y que necesitamos de la ayuda de Dios, y que quizás hemos caído porque confiamos demasiado en nosotros mismos, en nuestras solas fuerzas, y nos hemos olvidado de acudir a Dios en la tentación; y así hemos salido mal parados de la prueba.
Pero no nos acobardemos ni abandonemos la escalada a la perfección, sino humillémonos ante la poderosa mano de Dios y pidámosle perdón, y estemos más atentos la próxima vez, y sobre todo más armados con la oración, que es el medio por el que se reciben todas las ayudas del Cielo.
A veces Dios le da al diablo un poco de libertad para que nos zarandee, porque muchas veces no pecamos porque Dios nos cuida. Es como que el Señor ha hecho un cerco a nuestro alrededor para que el demonio no nos pueda dañar, y muchas veces terminamos por creer que somos nosotros con nuestra destreza, que nos mantenemos en gracia y a salvo. Entonces, para recordarnos que somos polvo, el Señor Dios suelta un poco el lazo al demonio, y éste nos acosa, y ahí es donde caemos en la cuenta de lo débiles que somos. Y si en esos momentos no acudimos a la oración, entonces es muy probable que seamos derrotados por el mal.
Pero hay que aprovechar todo para crecer en humildad. Si caímos en pecado, nos viene bien para ser más humildes; y si no caemos en pecados graves, demos gracias a Dios, porque el mérito es de Él en la mayor parte.

Verdades...

Verdades olvidadas

¿Cómo resucitaremos? 
Y ¿sabéis cómo resucitaremos, señores?
Maravillosa la teología de la resurrección de la carne. En primer lugar, resucitaremos con nuestros propios cuerpos, los mismos que ahora tenemos. Está definido por la Iglesia. Inocencio III impuso a los valdenses la siguiente profesión de fe: “Creemos de corazón y confesamos con la boca la resurrección de esta misma carne que ahora tenemos, y no otra”. La Iglesia ha repetido reiteradamente semejante rotunda afirmación.
Señores: Es como para echarse a reír que alguien, en nombre de una pretendida filosofía o de una seudociencia trasnochada, se empeñe en poner obstáculos a la resurrección del mismo cuerpo numérico que ahora tenemos. Es como para echarse a reír o, quizá mejor, para tener compasión de la estupenda ignorancia que con ello se pone de manifiesto. ¿Qué es más fácil, señores, sacar una cosa absolutamente de la nada, produciendo el ser en toda su integridad, sin ninguna materia preexistente, como ocurrió al principio del mundo con el acto creador, o recoger nuestras propias cenizas, que son algo tangible y existente, aunque el viento las haya dispersado a los cuatro puntos cardinales? ¡Si para Dios es ésta la cosa más sencilla del mundo!
Fijaos lo que ocurre con un electroimán. Aplicado a un montón de basura no recoge, no atare hacia sí nada más que las limaduras de hierro; las selecciona instantáneamente y las atrae hacia sí, dejando intacto todo lo demás. Algo parecido ocurrirá con la resurrección de la carne. El electroimán poderosísimo de la omnipotencia divina atraerá desde los cuatro puntos cardinales, dondequiera que el viento las haya dispersado, nuestras propias cenizas y reconstruirá instantáneamente nuestro mismo cuerpo. El mismo numéricamente, el mismísimo que ahora tenemos, aunque adornado de espléndidas prerrogativas, como os explicaré en una de mis próximas conferencias.
Señores: La química moderna ha logrado desintegrar el átomo. Pero desde mucho atrás sabíamos ya que dentro del átomo existe todo un verdadero sistema planetario. Millones y millones de electrones, que, girando vertiginosamente en trillonadas de revoluciones por minuto, nos dan la sensación de la materia continua, cuando en realidad no existe más que la materia discreta, o discontinua. El mundo de la materia se reduce a combinaciones de electrones. No existe más que electricidad; lo demás son meras ilusiones ópticas. En un pedazo de madera, que parece compacto y continuo, hay trillonadas de elementos ultramicroscópicos, que están dando vueltas vertiginosamente, a velocidades fantásticas, dándonos la sensación de una cosa continua, cuando en realidad no hay más que una danza gigantesca de electrones.
En el mundo de la materia no hay más que electrones. La diversidad específica de las cosas materiales que nos rodean obedece al distinto modo de combinarse esos elementos tan simples. En el mundo de la materia no hay más que electrones y combinaciones de electrones.
Ahora bien: la omnipotencia de Dios, que supo sacar de la nada todos esos electrones, ¿no podrá volverlos a reorganizar en una determinada forma, aunque estén dispersos los que pertenecían a nuestro propio cuerpo por los cuatro puntos cardinales del universo?
Repito, señores. Es como para echarse a reír ver a tantos pseudosabios racionalistas poniendo dificultades, desde el punto de vista científico, a una simple y sencilla reorganización de la materia, que es lo único que se requiere para que se produzca el hecho colosal de la resurrección de la carne.
No vale objetar que esa reorganización instantánea de la materia no envolvería dificultad alguna si una misma y determinada materia hubiera pertenecido únicamente a una sola y determinada persona sin pasar jamás a otra, pero es del todo imposible cuando ha formado parte de varias personas distintas, como ocurre, por ejemplo, en el caso de los antropófagos.
No se sigue inconveniente alguno de este hecho. Porque, como explica Santo Tomás, para que se resucite el mismo cuerpo numéricamente no se requiere que se integre a él toda la materia que lo constituyó anteriormente. Basta con que se recupere la suficiente para salvar la identidad numérica, supliendo la divina potencia lo que falte. Pues aun en este mundo vemos que el niño va creciendo y desarrollándose –cambiando totalmente o en parte grandísima, la materia corporal que lo constituye–, sin que deje de tener siempre el mismo cuerpo.
Sin duda alguna que la resurrección de la carne constituirá un gran milagro, que trasciende en absoluto las fuerzas de la simple naturaleza. Pero la omnipotencia divina lo realizará con suma facilidad y sencillez. Para el que supo sacar de la nada todo cuanto existe al conjuro taumatúrgico de su palabra creadora, no puede ofrecer dificultad alguna la simple reorganización de una materia ya existente, aunque el viento la haya dispersado por el mundo.
La segunda cualidad de los cuerpos resucitados será la integridad perfecta. Ello quiere decir que resucitará sin los fallos y deficiencias que acaso tuvieron en este mundo deformidades, falta de algún miembro, etcétera.).
Y ¿por qué así? Santo Tomás expone tres argumentos de alta conveniencia: Porque la resurrección será obra de Dios, que nunca hace las cosas imperfectas; porque es conveniente que los buenos reciban en la integridad de su cuerpo la plenitud del premio, y los malos, la plenitud del castigo; y porque deben resucitar todos los miembros que el alma tenga aptitud natural para informar, con el fin de que no quede manca, o imperfecta, esa tendencia natural.
Resucitaremos íntegros. Y según una opinión probable, compartida por gran número de teólogos y de Santos Padres, los bienaventurados resucitarán en plena edad juvenil, porque Cristo –modelo de los resucitados gloriosos– resucitó joven, en la plenitud de su vida, y porque la juventud es la edad más hermosa de la vida y es conveniente que los eternos moradores del cielo resuciten con un cuerpo hermosísimo, en el que brillen todos los encantos de una perpetua y radiante primavera. Repito, sin embargo, que esto no es un dato de fe, sino sólo una opinión teológica muy bella y razonable.
 (De “El Misterio del más allá” – P. Royo Marín)

martes, 17 de junio de 2014

Almas del Purgatorio...

Las Almas del Purgatorio (II)
(Mensaje al Padre Ottavio Michelini)

19 de julio de 1976 

EL ÚNICO DESEO 


Somos almas de la Iglesia Purgante en espera de nuestro encuentro con el eterno Juez divino. 
Somos almas que esperamos el consuelo de la ayuda fraterna que apresure nuestra liberación.
Consideramos superfluo intentar tratar de haceros comprender nuestra pena.
Si una imagen pudiera servir para daros una idea de ello, entonces os decimos: intentad imaginar a un hombre que arde entre las llamas y el deseo que tiene de salir para sumergirse en aguas frescas y limpias.
Es una pálida idea que puede haceros comprender el deseo ardiente de poner fin a la atormentada espera que nos impide unirnos al solo, único Bien por quien hemos sido creados.
En la tierra, distraídos como estáis continuamente por mil intereses, influidos por los sentidos y distraídos en tantas exigencias de la vida material, vosotros no podéis comprendernos a nosotros, almas purgantes. Estamos abrasadas por la única necesidad, por la única aspiración, por el único e inmutable deseo: reunirnos con Aquel, que es Causa y Fin de nuestra existencia. No podéis comprendernos, porque vemos de manera diferente a vosotros. Hermano sacerdote, Don O., tú sabes que no podemos hacer nada por nosotras mismas; pero sabes bien que podemos rezar y obtener para vosotros, todavía militantes en la tierra.
Esto sucede por un admirable designio de la Providencia que ha querido que circule en toda la Iglesia, como Cuerpo Místico, el amor que transcurre entre Jesús y los miembros entre ellos. 

 

Llama vivísima 


Ahora considera, que si te vas a comprometer a celebrar el Santo Sacrificio por el único fin por el que Él, el Verbo hecho Carne, lo hizo sobre el Calvario y lo continúa, por medio vuestro, en los altares y es decir por la remisión de los pecados y de las penas debidas por los pecados, tú puedes comprender, hermano nuestro, cuántos fermentos de reconocimiento y gratitud suscitarás en nosotras.
Nosotras nos sentiremos obligadas con relación a ti, intercederemos sin descanso, ofreceremos continuamente nuestro sufrimiento (podríamos llamarlo martirio) por ti y por tus necesidades espirituales, para estar a tu lado en la dura lucha contra las fuerzas del Infierno.
Será, hermano, como si la llamita que actualmente arde en vosotros y en nosotras de improviso se transformase en una grande y vivísima llama.
Habrá un aumento de calor, de dolor y de amor que nos unirá a Él y entre nosotros; "Caritas Christi urget nos” (El amor de Cristo nos apremia).
Hermano sacerdote y ministro de Dios: ¿Por qué no hacemos nunca operantes estos misterios de gracia y de amor latentes en nosotros y en vosotros? ¿Por qué no hacemos saltar el resorte por ambas partes para abreviar en nosotros la pena debida a nuestras culpas, y en vosotros hacer brotar una fuente de tantas gracias insospechadas pero reales?
Hermano Don O., esperamos con ansia que, llevados a término tus compromisos, tu propósito se haga realidad concreta para todo Cuerpo Místico.
Te damos las gracias por el recuerdo cotidiano en espera de unas relaciones más eficaces entre nosotras y tú, que consigan hacer más fecundo el Dogma de la Comunión de los Santos.
Hermano, la experiencia te confirmará la verdad de este mensaje y quisiéramos que muchos sacerdotes llegaran a conocerlo.
Somos Almas purgantes

lunes, 16 de junio de 2014

Regalos de Dios...

Autor: Pedro García, Misionero Claretiano | Fuente: Catholic.net
Los regalos de Dios
Las Tres Divinas Personas se nos han dado las tres, cada una a su manera, y se han dado del todo en forma asombrosa.
 
Los regalos de Dios
Cuando hablamos del Espíritu Santo en nuestros mensajes parece que se anima el Programa. Ese día estamos pensando en Dios más que nunca. Y esto a lo mejor es lo que nos va a pasar hoy... 

Un himno de la Liturgia se dirige al Espíritu Santo y le dice: Eres el regalo grande del Dios altísimo. Tan grande, que Dios echó el resto con el Espíritu Santo y se quedó sin nada más que darnos. 

Parece mentira cómo hace Dios las cosas. Todas las hace en grande, como Dios que es. En Él no cabe hacer nada pequeño. Y así es cómo se nos ha dado Dios desde el principio. Ha ido escalonando las cosas que daba, y al fin se ha quedado sin nada más. 

¿Y el Cielo?, preguntarán algunos. Sí, Dios a estas horas nos ha dado ya también el Cielo. Porque incluso el Cielo ya lo llevamos dentro. Lo único que falta es que se rompa el velo de la carne mortal para que podamos disfrutar en gloria lo que ya poseemos en gracia. 

Las Tres Divinas Personas se nos han dado las tres, cada una a su manera, y se han dado del todo en forma asombrosa. Aunque, cuando se nos daba una Persona, se nos daban las otras por igual, cada una según es en el seno de la Santísima Trinidad. 

El primero que se nos dio fue el Padre con la creación. Toda la obra inmensa que contemplan nuestros ojos salió de sus manos amorosas y la puso en las manos nuestras para que la disfrutemos a placer. Nos creó en inocencia y nos dio su gracia, de modo que desde el principio éramos hijos suyos. 

Se nos daba después el Hijo en la obra de la Redención. Cuando cometimos la culpa y perdimos la gracia, Dios manda su Hijo al mundo para que nos salve, y ya sabemos cómo se nos dio Jesús. Desde la cuna de Belén y desde Nazaret hasta el Calvario, y a través de todos los caminos de Galilea, ¡hay que ver cómo se entregaba Jesús! Y cuando había de marchar de este mundo, se las ingenió para irse y quedarse a la vez. Porque, si no, ¿qué otra cosa es la Eucaristía?... Y, ya en el Cielo, nos va a hacer junto con el Padre el regalo de los regalos. 

Finalmente, le tocaba el turno al Espíritu Santo. 
Sentado a la derecha del Padre, Jesús, con todo el poder que tiene como Dios, nos manda el Espíritu Santo, la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, para que tome posesión de nuestros corazones, derrame en nosotros el Amor increado de Dios, nos llene de su santidad, nos colme con todos sus dones, produzca en nosotros todos los frutos del Cielo, y sea la prenda de nuestra vida eterna. 

Así Dios, el Dios Uno en las Tres divinas Personas de la Santísima Trinidad, siendo infinitamente rico, se queda sin nada más que darnos... 

El Espíritu Santo es el resto, el colmo, el regalo grande del Dios altísimo, que ya no puede inventar nada mayor para poderlo regalar. 

Son muchas las personas que en nuestros días, volviendo a la devoción que la Iglesia de los primeros siglos tuvo al Espíritu Santo, nos han dado una verdadera lección de felicidad. ¡Hay que ver cómo disfrutan del Espíritu Santo en sus asambleas! Parecen tener la feliz enfermedad de un Felipe de Neri, el Santo más simpático que llenó la Roma del siglo dieciséis. 

Se preparaba para celebrar la fiesta de Pentecostés, porque era muy devoto del Espíritu Santo, cuando se sintió de repente abrasado por un fuego devorador. 
- ¡Que no puedo más! ¡Que no puedo más!... 
Los que le rodeaban empezaron a buscar agua fría, le aplicaban al pecho paños mojados, y nada... El corazón palpitaba como un tambor. Hasta las costillas se levantaban como para estallar. 
Felipe no podía aguantar el gozo inexplicable que le invadía: 
- ¡Basta! ¡Que no puedo con tanta felicidad!... 
Aquel fenómeno místico no se lo explicaba nadie, porque aquel calor le duraba como duraban las llagas a San Francisco de Asís o al Padre Pío... 
Llegaba el invierno y tenía que descubrirse la ropa del pecho para que el calor del amor no se sintiera tan intenso. Y como nadie sabía de qué procedía, el Santo, como hacía con todas sus cosas, lo tomaba a risa delante de los demás. Caminaba así descubierto en pleno invierno por las calles de Roma, por mucho frío que hiciese, y se les reía a los jóvenes: 
- ¡Vamos! A vuestra edad, ¿y no aguantáis el poco frío que hace? 
Los médicos, que tampoco entendían nada, le daban medicinas equivocadas y no conseguían nada tampoco. Ni disminuían las palpitaciones, ni se arreglaban las costillas. El Santo seguía riéndose: 
- Pido a Dios que estos médicos puedan entender mi enfermedad... 

Pues, bien. Eso que ni los jóvenes ni los médicos entendían, es lo que hace en nosotros el Espíritu Santo que se nos ha dado. Así estalla su amor en el corazón. Dios lo quiso manifestar externamente en Felipe Neri para que nosotros entendiéramos la realidad mística y profunda que llevamos dentro. 

El Espíritu Santo es el Huésped de nuestras almas y el que santifica nuestros cuerpos. El Espíritu Santo es el que ilustra nuestras mentes para que entendamos la verdad y penetremos en las intimidades de Dios. El Espíritu Santo es quien nos empuja hacia Dios con la oración que suscita en nosotros. 

El Espíritu Santo, don grandísimo de Dios, lo último que le quedaba a Dios... Eso, eso es lo que Dios nos ha dado...
 
Saludos  y bendiciones,

Itzel Paz de Silgado


"
La verdadera felicidad se encuentra en Dios".  Benedicto XVI

domingo, 15 de junio de 2014

Mensaje...


Mensaje a los Apóstoles de la Inmaculada

Ejemplos del rezo de las Tres Avemarías. 
Ejemplo 9. 
Esperaba un sacerdote 
En un país situado detrás del “telón de acero”, en el que en los primeros meses del año 1968 se recrudeció la persecución antirreligiosa, uno de los Obispos allí radicados recibió una misiva comunicándole confidencialmente que se preparaba un atentado contra su vida, por lo cual debía huir sin pérdida de tiempo y ocultarse.
Obedeciendo la consigna recibida, el aludido señor Obispo salió de su residencia vestido de aldeano y huyó campo a traviesa, caminando durante todo un día, alcanzándole la noche divisando una amplia vega.
Aprovechando la oscuridad se aproximó a una casa que vio poco distante y pidió a sus habitantes le permitiesen descansar unas horas sentado en una silla.
Los ocupantes de la casa –un matrimonio con varios hijos pequeños– acogieron la petición de hospedaje del que consideraron labriego viajero, pero no sólo le ofrecieron silla, sino que le hicieron cenar con ellos y luego le acomodaron en una habitación con buena cama.
Durante la cena, como notase el huésped gran preocupación y visible tristeza en el matrimonio, no pudo silenciar su observación y preguntó el motivo de tal inquietud y congoja; informándosele entonces de que el anciano padre de uno de ellos no había podido sentarse a la mesa porque estaba enfermo de mucha gravedad desde hacía unos días, y aunque le insistían cariñosamente para que hiciera convenientemente preparación para la muerte, por si el momento de ésta sobreviniera, él les contestaba que todavía no iba a morirse, y, por tanto, no se preparaba...
Hubo unos breves comentarios del caso, pero ninguno se atrevió a hacer mención del aspecto religioso del asunto.
Retirados a descansar todos y transcurrida la noche, se dispuso el visitante y huésped a proseguir su camino; y al despedirse y dar gracias a quienes con tanta amabilidad le habían tratado, preguntó si le permitían saludar al viejecito enfermo para comprobar el estado actual de su dolencia, a lo que, gustosamente, se accedió y lo acompañaron.
Una vez el labriego junto al anciano, y luego de una corta conversación afectuosa, éste último, adoptando un gesto y tono decidido, dijo: “Mire usted, yo sé que estoy muy malo y que ya no me restableceré; pero, también sé que por ahora no moriré”.
Al oírle hablar tan seguro, todos sonrieron al enfermo. Y ante aquellas sonrisas añadió éste: “Se ríen porque he dicho que tengo la seguridad de que no voy a morir por ahora... Pues bien; lo repito. ¿Y sabe usted por qué?... Mire, yo no sé quién es usted, ni cómo piensa, pero como en la situación en que estoy ya no temo a nadie, le voy a decir la verdad: Mi seguridad se apoya en que soy católico; los años se persecución religiosa no me han quitado la fe; y todos los días he rezado, y rezo, las tres Avemarías, pidiéndole a la Virgen María que a la hora de la muerte esté asistido por un sacerdote que prepare mi alma para el tránsito, y usted comprenderá que habiéndole rogado tantas veces a la Santísima Virgen eso, la Virgen no  consentirá que yo muera sin un sacerdote a mi lado; y como no lo tengo, por eso estoy tan seguro de que por ahora no me muero.”
Emocionado el labriego por aquella declaración del ancianito, le tomó la mano y le dijo: “Esa gran fe que ha conservado, y esa súplica diaria a la Madre de Dios rezándole las tres Avemarías, han atraído el favor del Cielo y ha sido la Providencia la que me dirigió hasta aquí... No es un sacerdote lo que la Virgen le manda, sino a su Obispo de usted... Porque yo soy el Obispo de esta Diócesis, que va hacia el exilio.”
La impresión, y al propio tiempo el gozo, del anciano y sus hijos fue enorme. Tan grande, que no sabían cómo expresar su asombro y su reverencia...
Seguidamente, el señor Obispo ofició la Santa Misa en la habitación del enfermo, y les dio a todos la comunión; dejando al viejecito espiritualmente dispuesto para emprender su postrer viaje con término en el Cielo...
Viaje que tuvo lugar dos días después de aquella Misa excepcional. 
(Comunicación de la doctora doña Josefina Conde Picavea, de 1º de junio de 1968.)
¡Ave María Purísima!
¡Sin pecado concebida!

sábado, 14 de junio de 2014

Perseverar...

Perseverar es la contraseña

El desaliento. 
Hay que tener mucho cuidado con el desaliento, porque la derrota comienza cuando termina el esfuerzo, y el demonio sabe muy bien que mostrándonos todo el mal que se comete en el mundo, y nuestros propios pecados, nosotros tendemos a desalentarnos, a desanimarnos, primer paso para ser vencidos.
Hay que recordar que el demonio ya fue vencido por Cristo en la cruz, y que la Virgen aplastará por segunda vez, en estos últimos tiempos, la cabeza al diablo. Así que sabemos con seguridad que el triunfo es nuestro, es de Dios. El mal no prevalecerá. La Iglesia triunfará y las puertas del Abismo no la vencerán.
Entonces luchemos en primer lugar contra el desaliento, y ya tendremos parte de la batalla ganada, porque este monstruo con tentáculos, que es el desaliento, el desánimo, es lo que nos hace bajar los brazos y las armas, y abandonar la lucha.
Y aquí cito una hermosa frase que Jesús le dice al Padre Michelini en uno de sus mensajes, para que la tengamos en cuenta, y es la siguiente:
“Hijo, reza, reza; ¡no te canses!
Hoy no ves sino lo que ha podido la perversidad del Maligno; mañana verás cuánto ha podido la oración y el sufrimiento de los buenos.
Te bendigo, hijo mío; ámame.”