martes, 3 de febrero de 2015

Escuelas...

Ayudas en el Camino

Escuela del sufrimiento.
Si queremos ser ayuda en el camino para nuestros hermanos que sufren, será necesario que aprendamos en la escuela del sufrimiento, porque para poder guiar a las almas en el camino del dolor, hay que haber experimentado el dolor.
Es lo que Dios mismo quiso hacer, porque Él, como Dios que es, conoce todo a la perfección. Pero igualmente quiso encarnarse y hacerse Hombre, para padecer y morir, y vivir en carne propia lo que significa ser hombre con todas sus miserias y padecimientos, menos el pecado.
También nosotros, si queremos ayudar a los hermanos que sufren, el Señor nos hará pasar por pruebas, para que aprendamos a compadecernos de ellos, y que no sepamos sólo en teoría, sino que al vivir en carne propia lo que otros viven, sepamos aconsejar y tener mano bondadosa y dulce para con quienes sufren mucho.
Cuando estemos medio desesperados, tristes, angustiados, recordemos que Cristo mismo pasó por esos estados, para poder ser nuestra ayuda en el camino, para poder entendernos en esos momentos y compadecerse de nosotros. No nos avergoncemos de tener esos estados, pues el Hijo de Dios también los experimentó y sabe lo que son, sabe muy bien cómo postran al alma, y entiende y compadece y ayuda, con mano paternal y tierna.
Así que bendigamos al Señor cuando nos envíe una prueba dolorosa, sea cual fuere, porque la experiencia que cosecharemos, será de grandísima ayuda para saber consolar y guiar a los que pasan por situaciones similares.

lunes, 2 de febrero de 2015

Cuento...

Estar contento

¡Oh, laguna Pipo, si volviera yo a verte una vez más, y pudiese besar tus orillas, mis canas se irían todas de mi cabeza y volverían a cantar en mi corazón los jilgueros de mi infancia! ¡Si te viese de nuevo como aquella mañana en que el sol saliente inflamaba tus inmensos aguazales azules sembrados de totoras y casi materialmente cubiertos por alfombras overas de innumerables aves acuáticas, flamencos rosas, patos blancos, caraús negros, chorlitos, biguás, gallaretas, quillas, tuyuyúes, siriríes, chajaes, teros y garzas que pescaban con inmensa algarabía!
Yo estaba contento y escuchaba al borde del agua las cosas que me decían todas las cosas...
–Quisiera poder caminar por la tierra –oí decir a una Mojarra–, entonces sí que estaría contenta.
–¡Si yo pudiese volar! –silbó la Iguana.
–Nadar por el agua debe ser la gran felicidad –dijo un Tero desembarrando elegantemente sus patas.
–Tonterías –dijo un Pato bachiller–. Yo camino, yo nado y yo vuelo y sin embargo estoy profundamente descontento. Camino mal, chueco y desgraciado, y se ríen todos de mí; nado mal, y no puedo alcanzar a la Mojarra y tengo que comer gusarapos; vuelo mal y me alcanza en mi vuelo la escopeta. Mejor es saber una cosa bien que muchas mal. La felicidad consiste, a mi parecer, en tener todas las habilidades de todos los animales sin ninguno de sus defectos.
–Jay –dijo el Surubí asomando el hocico–, échele un galgo. La felicidad en esta tierra consiste en estar contento.
–¿Cómo se hace para estar contento con tantas penalidades?
–Para estar contento hay que estar contenido. En latín contento significacontenido. Hay que contenerse con gran fuerza dentro de los límites del charco en que Dios nos puso. La mitad de mis paisanos pasan una vida perra por andar buscando el mar cuando Dios los puso en la laguna. Hay que saber caber en su molde y apretarse adentro de la propia horma, y hacer el gusto a lo poco, mis hijos.
–Ésas son teorías –dijo el Sirirí.
–¿Teorías? –replicó el Surubí muy enojado, asomando la aleta pinchuda y el lomo overo–. ¡Teorías son las de ustedes! Yo he sufrido mucho; y cuando uno sufre, sólo la verdad ayuda, y las teorías se apagan. Yo no he nacido en este barrizal, sino allá en el río Amores, que es un paraíso. Un día, una inundación me trajo aquí y yo que era joven y desprevenido no noté cuando el canal se secaba; y se secó y me cortó y me dejó en la laguna. Yo no soy pescado de barrial y pensé al principio morirme de dolor en esta pobreza. Lloré, grité, maldije, salté afuera a la playa, con peligro de ahogarme, y me golpeé la cabeza contra todas las totoras y los duraznillos. Un día entendí que recalcitrar era al ñudo y resolví explorar en todos los sentidos las posibilidades de la pobreza en que Dios sin remedio me había encerrado, hasta tocar el límite de arriba y el de abajo y los límites de todo el circuito horizontal. Viajé y trabajé y el trabajo me templó. Vi que no era tan pequeño el charco como mi dolor lo había exagerado y que para los años de vida que me quedan, al fin y al cabo, iba a durar sin secarse. ¿Ustedes creen que alguna vez no se acongoja mi corazón queriendo locamente volar por los aires hasta mi río natal espléndido que él siente murmurar dulcemente atrás de aquellos pajonales? Pero yo le aprieto fuertemente por medio de la resignación. Y lo hago estar contento y contenido en este charco, con el trabajo, con hacer bien a todos, con los escasos placeres de este barrizal... y con la esperanza de... ¿quién sabe? ¿Por qué no puede venir un día otra inundación que me abra el camino del río inmortal para siempre? Si yo me muero antes, me basta con esta vida a la que me he acostumbrado; pero, quién me quita a mí la esperanza de la otra?
El Surubí se estaba metiendo en muchas filosofías y a mí la humedad de la tierra en que estaba tumbado escuchando me estaba haciendo mal. Me levanté, le tiré un cascotazo al pato sirirí y todos lo acuátiles se zambulleron y toda la bandada se levantó de un golpe, sacudiendo el ambiente purísimo con el aletear repentino y unánime de sus rémiges poderosas.
“Camperas” - Leonardo Castellani – Ed. Vórtice – Año 2003

domingo, 1 de febrero de 2015

Mensaje...


Mensaje a los Apóstoles de la Inmaculada

Ejemplos del rezo de las Tres Avemarías.
Ejemplo 17.
Una madre que no quiso morir...
Una mujer joven se moría... 
Casada con un médico, ni éste ni los más especializados compañeros de profesión que habían acudido a examinar a la enferma, encontraban recursos en la ciencia con que poder curarla. 
Resignado el marido, atendió la petición de la enferma: “¡Que venga un sacerdote!” 
Y el sacerdote acudió al domicilio que se le había indicado, y encontró junto al lecho de la paciente al marido y los dos hijos que del matrimonio habían nacido. El mayor contaba tres años y el menor de los niños tenía poco más del año. 
Se retiró el doctor con sus hijos, para que confesara la enferma... 
Cuando el sacerdote preguntó a ésta si aceptaba la muerte, la joven madre, cobrando energías, contestó: 
–¡Padre, no quiero morir...! 
Y se echó a llorar, diciendo: 
–No por mí, sino por mis hijos y mi marido. 
Calmada luego, exclamó: 
–¡Hágase la voluntad de Dios! Pero..., quiera Dios librarme de la muerte. ¡Se lo pido con toda mi alma! 
Entonces, el confesor le dijo: 
–Ponga usted por intercesora a la Santísima Virgen, que Ella es Madre y sabrá comprenderla como nadie... ¡Y Ella todo lo puede cerca de Dios! 
Y sacando del libro de oraciones una estampa de las tres Avemarías y una novena, se las dio a la enferma, indicando: 
–He aquí una devoción muy eficaz. Comience hoy mismo a rezar las tres Avemarías, y juntos con usted su marido y niños invoquen a María, Omnipotencia Suplicante, Madre de la sabiduría infinita y Madre nuestra de Misericordia. ¡Pongámoslo así todo en sus manos! 
Tres días más tarde, el marido acudió a la iglesia preguntando por el sacerdote que había confesado a su mujer, y al verle éste se apresuró a decirle: 
–¿Qué pasa, doctor? ¿Cómo sigue la enferma? 
Y el médico, con irreprimible emoción, le contestó: 
–¡Padre, milagro de la Virgen! Mi mujer, inexplicablemente, está fuera de peligro y en franca mejoría. 
Y, serenándose, añadió: 
–Tan pronto salió usted de mi casa el otro día, pusimos en práctica su consejo, y dimos comienzo al rezo de las tres Avemarías; arrodillados mi hijo mayor y yo, y en pie, a la cabecera de la cama de su madre, el pequeñín... ¡Y con qué fervor las rezamos, Padre! Igual hicimos el segundo día y hoy por la mañana... Y esta tarde advertí, con asombro, que la fiebre casi había desaparecido... Y al llegar mis compañeros a efectuar su diaria visita, se sorprendieron igualmente del cambio producido, que no tenía explicación científica... ¡se ha curado! Ofrezca, Padre, mañana, la Santa Misa en acción de gracias a Dios y a Nuestra Señora de las tres Avemarías. (Padre Raimundo F. Olivas) 
¡Ave María Purísima! 
¡Sin pecado concebida!