sábado, 18 de julio de 2015
viernes, 17 de julio de 2015
Héroes desconocidos...
Héroes desconocidos.
¡Cuántos héroes desconocidos hay en el mundo! Padres que velan por sus hijos, que pasan las noches en vela en la guardia de un hospital, con el alma en vilo por la salud de sus pequeños. Hijos que cuidan a sus padres y familiares. ¡Y tantos, tantos otros héroes desconocidos, que son del común de la gente y que la Tierra ni siquiera se percata que los tiene sobre su superficie!
Pero para Dios no son desconocidos, pues cada lágrima, cada suspiro, cada lamento de ellos tiene peso en el corazón de Dios, que los cuenta, bendice, consuela y premia, si no en este mundo, sí en el venidero.
Que sepan estos héroes cotidianos que Dios los ve y se interesa por todo lo que les pasa. Que premiará sus desvelos y consolará sus angustias.
Es bueno que, de vez en cuando, nos llegue alguna enfermedad para que tengamos que ir al hospital, a la clínica para atendernos allí; porque así veremos todo el sufrimiento que hay en esos lugares, que mientras estamos sanos, no pensamos en ello; pero basta que caigamos enfermos para experimentar la compasión por tantas y tantas personas que sufren en los hospitales, en los sanatorios.
Visitar estos lugares es de gran provecho, casi tanto como visitar los cementerios, para comprobar lo que es el hombre, lo que es el mundo y lo frágil que es la vida humana, a la que tantas veces estamos desordenadamente apegados, y la que derrochamos muchas veces en pasatiempos inútiles o hasta pecaminosos.
Si vamos a estos lugares de padecimiento, como guardias de hospital, habitaciones de enfermos, descubriremos también otros héroes desconocidos, que son las personas que atienden a los que sufren: los médicos, enfermeros y demás. ¡Ay de los que se aprovechan de una situación penosa para sacar provecho!, porque si Dios tiene en cuenta cada lágrima de quien sufre, también lleva en cuenta las causas de ello. Y ¡ay de quien saca ventajas de las debilidades y dolores de los hermanos!
Es cosa terrible caer en las manos del Dios vivo habiendo hecho el mal, porque Dios nos hará mal por el mal que hayamos hecho, y bien por el bien que realizamos. Porque el Señor usa con nosotros la ley del talión: ojo por ojo y diente por diente. Y si a veces no exige de nosotros que paguemos todo lo que debemos por nuestros pecados, es porque Cristo ha pagado por nosotros gran parte de nuestra deuda con la Justicia divina.
Porque en definitiva lo que importa en nuestra vida es que la aprovechemos para hacernos de un corazón misericordioso, compasivo, capaz de conmoverse por el dolor ajeno, y ponernos al servicio de quien nos necesita, porque al socorrer a éste o a aquél hermano, estamos socorriendo al mismo Jesucristo presente en ellos.
Pensemos en estas cosas y, aunque estemos sanos y fuertes, no nos olvidemos de quienes “ahora mismo” están pasando por momentos de gran sufrimiento y angustia, para que recemos por ellos, les tendamos una mano si está en nuestro poder, y tomemos conciencia de que tenemos que aprovechar nuestra vida para hacer buenas obras y méritos, porque llegará el día de nuestra muerte y se terminará el plazo para merecer, y lo que hayamos hecho o dejado de hacer, quedará fijado para siempre.
Pero para Dios no son desconocidos, pues cada lágrima, cada suspiro, cada lamento de ellos tiene peso en el corazón de Dios, que los cuenta, bendice, consuela y premia, si no en este mundo, sí en el venidero.
Que sepan estos héroes cotidianos que Dios los ve y se interesa por todo lo que les pasa. Que premiará sus desvelos y consolará sus angustias.
Es bueno que, de vez en cuando, nos llegue alguna enfermedad para que tengamos que ir al hospital, a la clínica para atendernos allí; porque así veremos todo el sufrimiento que hay en esos lugares, que mientras estamos sanos, no pensamos en ello; pero basta que caigamos enfermos para experimentar la compasión por tantas y tantas personas que sufren en los hospitales, en los sanatorios.
Visitar estos lugares es de gran provecho, casi tanto como visitar los cementerios, para comprobar lo que es el hombre, lo que es el mundo y lo frágil que es la vida humana, a la que tantas veces estamos desordenadamente apegados, y la que derrochamos muchas veces en pasatiempos inútiles o hasta pecaminosos.
Si vamos a estos lugares de padecimiento, como guardias de hospital, habitaciones de enfermos, descubriremos también otros héroes desconocidos, que son las personas que atienden a los que sufren: los médicos, enfermeros y demás. ¡Ay de los que se aprovechan de una situación penosa para sacar provecho!, porque si Dios tiene en cuenta cada lágrima de quien sufre, también lleva en cuenta las causas de ello. Y ¡ay de quien saca ventajas de las debilidades y dolores de los hermanos!
Es cosa terrible caer en las manos del Dios vivo habiendo hecho el mal, porque Dios nos hará mal por el mal que hayamos hecho, y bien por el bien que realizamos. Porque el Señor usa con nosotros la ley del talión: ojo por ojo y diente por diente. Y si a veces no exige de nosotros que paguemos todo lo que debemos por nuestros pecados, es porque Cristo ha pagado por nosotros gran parte de nuestra deuda con la Justicia divina.
Porque en definitiva lo que importa en nuestra vida es que la aprovechemos para hacernos de un corazón misericordioso, compasivo, capaz de conmoverse por el dolor ajeno, y ponernos al servicio de quien nos necesita, porque al socorrer a éste o a aquél hermano, estamos socorriendo al mismo Jesucristo presente en ellos.
Pensemos en estas cosas y, aunque estemos sanos y fuertes, no nos olvidemos de quienes “ahora mismo” están pasando por momentos de gran sufrimiento y angustia, para que recemos por ellos, les tendamos una mano si está en nuestro poder, y tomemos conciencia de que tenemos que aprovechar nuestra vida para hacer buenas obras y méritos, porque llegará el día de nuestra muerte y se terminará el plazo para merecer, y lo que hayamos hecho o dejado de hacer, quedará fijado para siempre.
jueves, 16 de julio de 2015
Virgen del Carmen...
SÚPLICA PARA TIEMPOS DIFÍCILES
Tengo mil dificultades: ayúdame.
De los enemigos del alma: sálvame.
En mis desaciertos: ilumíname.
En mis dudas y penas: confórtame.
En mis enfermedades: fortaléceme.
Cuando me desprecien: anímame.
En las tentaciones: defiéndeme.
En horas difíciles: consuélame.
Con tu corazón maternal: ámame.
Con tu inmenso poder: protégeme.
Y en tus brazos al expirar: recíbeme.
Virgen del Carmen, ruega por nosotros.
De los enemigos del alma: sálvame.
En mis desaciertos: ilumíname.
En mis dudas y penas: confórtame.
En mis enfermedades: fortaléceme.
Cuando me desprecien: anímame.
En las tentaciones: defiéndeme.
En horas difíciles: consuélame.
Con tu corazón maternal: ámame.
Con tu inmenso poder: protégeme.
Y en tus brazos al expirar: recíbeme.
Virgen del Carmen, ruega por nosotros.
Amén.
lunes, 13 de julio de 2015
Felicidad...
Hambre de felicidad.
Los hombres tenemos hambre de felicidad, e incluso quienes pecan lo hacen no tanto por maldad, sino porque creen que allí, en el pecado, encontrarán la felicidad.
Lo que sucede es que hemos sido creados para Dios, que es infinito, y no nos puede llenar completamente ninguna otra cosa.
Pero el demonio, que sabe muy bien esta verdad y la condición del hombre, nos promete que seremos felices si pecamos, y así nos aleja cada vez más de la Felicidad con mayúscula, de Dios, de la eternidad dichosa.
Es tiempo de que nos despertemos de la somnolencia con que el demonio envuelve nuestra alma, porque el único camino que lleva a la felicidad es el de los Diez Mandamientos, no hay otro. Y aunque parezca duro seguir este camino, quien lo sigue camina en la paz del corazón, y ya va gustando anticipadamente la felicidad del Paraíso.
Es la tentación de siempre: el diablo quiere hacer creer al hombre que Dios es malo, que es injusto, que es cruel porque manda cumplir los mandamientos. Pero el malo es el diablo, que nos quiere perder para siempre.
Un poeta dijo que “ningún camino de flores conduce a la gloria”, y mucho menos si se trata de la gloria de Dios, de la gloria del Cielo, ya que deberemos trabajar duramente para ganarla, aunque hay un secreto para hacer mucho y en corto tiempo: amar. Si amamos, todo se nos hará más fácil. Pero el amor es sacrificio y entrega, y por ello hay más felicidad en dar que en recibir. Dando a Dios y a los demás, es como recibimos una medida apretada y desbordante.
Sepámoslo de una vez por todas: La felicidad completa, el Paraíso, jamás podrá estar en este mundo. Nunca hallaremos la felicidad completa de este lado de acá, porque hemos sido creados con un corazón que necesita del Infinito, de Dios. Y ése será el tremendo tormento de las almas que se condenen: el no poder llegar nunca jamás a alcanzar esa Felicidad para la que fueron creadas.
Así que pensémoslo bien, porque muchas veces por disfrutar de un placer, de un momento de alegría, pecamos y así perdemos el Placer y la Alegría con mayúscula: a Dios y el Cielo para los que hemos sido creados.
Ojalá no estemos del todo contentos en este mundo, porque a veces nos sucede que parece que lo tenemos todo aquí, y entonces es cuando creemos tocar el cielo con las manos, y podemos olvidarnos del verdadero Cielo.
Demos gracias a Dios que de vez en cuando, o muy a menudo, nos envía alguna cruz, algún sufrimiento y desencanto, para que recordemos que, como bien lo dice la Salve, éste es un valle de lágrimas, y no nos atemos a este mundo, sino que lo utilicemos como trampolín para lanzarnos a la conquista de la eternidad.
Lo que sucede es que hemos sido creados para Dios, que es infinito, y no nos puede llenar completamente ninguna otra cosa.
Pero el demonio, que sabe muy bien esta verdad y la condición del hombre, nos promete que seremos felices si pecamos, y así nos aleja cada vez más de la Felicidad con mayúscula, de Dios, de la eternidad dichosa.
Es tiempo de que nos despertemos de la somnolencia con que el demonio envuelve nuestra alma, porque el único camino que lleva a la felicidad es el de los Diez Mandamientos, no hay otro. Y aunque parezca duro seguir este camino, quien lo sigue camina en la paz del corazón, y ya va gustando anticipadamente la felicidad del Paraíso.
Es la tentación de siempre: el diablo quiere hacer creer al hombre que Dios es malo, que es injusto, que es cruel porque manda cumplir los mandamientos. Pero el malo es el diablo, que nos quiere perder para siempre.
Un poeta dijo que “ningún camino de flores conduce a la gloria”, y mucho menos si se trata de la gloria de Dios, de la gloria del Cielo, ya que deberemos trabajar duramente para ganarla, aunque hay un secreto para hacer mucho y en corto tiempo: amar. Si amamos, todo se nos hará más fácil. Pero el amor es sacrificio y entrega, y por ello hay más felicidad en dar que en recibir. Dando a Dios y a los demás, es como recibimos una medida apretada y desbordante.
Sepámoslo de una vez por todas: La felicidad completa, el Paraíso, jamás podrá estar en este mundo. Nunca hallaremos la felicidad completa de este lado de acá, porque hemos sido creados con un corazón que necesita del Infinito, de Dios. Y ése será el tremendo tormento de las almas que se condenen: el no poder llegar nunca jamás a alcanzar esa Felicidad para la que fueron creadas.
Así que pensémoslo bien, porque muchas veces por disfrutar de un placer, de un momento de alegría, pecamos y así perdemos el Placer y la Alegría con mayúscula: a Dios y el Cielo para los que hemos sido creados.
Ojalá no estemos del todo contentos en este mundo, porque a veces nos sucede que parece que lo tenemos todo aquí, y entonces es cuando creemos tocar el cielo con las manos, y podemos olvidarnos del verdadero Cielo.
Demos gracias a Dios que de vez en cuando, o muy a menudo, nos envía alguna cruz, algún sufrimiento y desencanto, para que recordemos que, como bien lo dice la Salve, éste es un valle de lágrimas, y no nos atemos a este mundo, sino que lo utilicemos como trampolín para lanzarnos a la conquista de la eternidad.
viernes, 10 de julio de 2015
Pecado...
Horror al pecado.
En
este mundo pagano, de un nuevo paganismo más culpable, se hace muy
difícil conservar la noción de pecado. De tanto pecar y ver pecar, puede
sucedernos que nos acostumbremos al pecado, al mal. Y sin embargo por
el pecado el Hijo de Dios tuvo que pasar por su tremenda Pasión y Muerte
y un sufrimiento infinito como sólo un Dios lo podía soportar.
Los Santos también tenían la frase de: “¡Morir, antes que pecar!”. Pero nosotros, influenciados por la moda, por los medios de comunicación social y por el mismo ambiente malsano del mundo -que hoy más que nunca es “mundo”, uno de los tres enemigos del cristiano, junto con el demonio y la carne-, vivimos inmersos en esta costumbre de pecar y ver pecar como una cosa normal.
Sin embargo el pecado es la causa de todos los males de todo tipo. Es más, el pecado es en realidad el único mal.
Lo que sucede es que como nuestra alma no grita ni se retuerce cuando muere si cometemos un pecado grave o mortal, entonces nos parece que todo sigue igual como antes de pecar. Pero si viéramos con los ojos del cuerpo lo que es un alma en pecado mortal quedaríamos espantados horriblemente. Eso no lo vemos, como sí lo veían los santos, que tenían una gran sensibilidad para no ofender a Dios ni con la mínima falta.
Luchemos contra el pecado, que es nuestro verdadero enemigo. Evitemos el pecado grave, pero también el pecado leve, porque el pecado grave es el mal más grande, y el pecado leve le sigue en maldad.
Pensemos y meditemos que si una persona muere en pecado mortal, merecerá un infierno eterno de penas imposibles de imaginar para la mente y el sentido humano.
No pequemos nosotros ni hagamos pecar a nadie, y tampoco nos acostumbremos al mal, sino siempre tengamos un saludable rechazo hacia el pecado, guardando misericordia, eso sí, para el pecador.
Si tenemos buena voluntad, rezamos, recibimos los sacramentos, Dios nos ayudará para que al menos no cometamos faltas voluntarias, o nos arrepintamos de ellas al punto.
Nadie dice que sea fácil la verdadera vida cristiana, pues como bien ha dicho Job en la Sagrada Escritura: “Es milicia la vida del hombre sobre la tierra”. Y también el Apóstol nos dice que nuestra lucha no es contra seres de carne y sangre, sino contra los dominadores, contra las potestades espirituales que están en el aire.
Los Santos también tenían la frase de: “¡Morir, antes que pecar!”. Pero nosotros, influenciados por la moda, por los medios de comunicación social y por el mismo ambiente malsano del mundo -que hoy más que nunca es “mundo”, uno de los tres enemigos del cristiano, junto con el demonio y la carne-, vivimos inmersos en esta costumbre de pecar y ver pecar como una cosa normal.
Sin embargo el pecado es la causa de todos los males de todo tipo. Es más, el pecado es en realidad el único mal.
Lo que sucede es que como nuestra alma no grita ni se retuerce cuando muere si cometemos un pecado grave o mortal, entonces nos parece que todo sigue igual como antes de pecar. Pero si viéramos con los ojos del cuerpo lo que es un alma en pecado mortal quedaríamos espantados horriblemente. Eso no lo vemos, como sí lo veían los santos, que tenían una gran sensibilidad para no ofender a Dios ni con la mínima falta.
Luchemos contra el pecado, que es nuestro verdadero enemigo. Evitemos el pecado grave, pero también el pecado leve, porque el pecado grave es el mal más grande, y el pecado leve le sigue en maldad.
Pensemos y meditemos que si una persona muere en pecado mortal, merecerá un infierno eterno de penas imposibles de imaginar para la mente y el sentido humano.
No pequemos nosotros ni hagamos pecar a nadie, y tampoco nos acostumbremos al mal, sino siempre tengamos un saludable rechazo hacia el pecado, guardando misericordia, eso sí, para el pecador.
Si tenemos buena voluntad, rezamos, recibimos los sacramentos, Dios nos ayudará para que al menos no cometamos faltas voluntarias, o nos arrepintamos de ellas al punto.
Nadie dice que sea fácil la verdadera vida cristiana, pues como bien ha dicho Job en la Sagrada Escritura: “Es milicia la vida del hombre sobre la tierra”. Y también el Apóstol nos dice que nuestra lucha no es contra seres de carne y sangre, sino contra los dominadores, contra las potestades espirituales que están en el aire.
jueves, 9 de julio de 2015
Santo Rosario...
LAS PROMESAS DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA A LOS QUE REZAN EL SANTO ROSARIO
1. Los que fielmente me sirven mediante el rezo del Santo Rosario, recibirán insignes gracias.2. Yo prometo mi protección especial, y las más notables gracias a todos los que recitasen el Santo Rosario.
3. El Rosario será la defensa más poderosa contra las fuerzas del infierno. Se destruirá el vicio; se disminuirá el pecado y se vencerá a todas las herejías.
4. Por el rezo del Santo Rosario, florecerán las virtudes y también las buenas obras. Las almas obtendrán la misericordia de Dios en abundancia. Se apartarán los corazones del amor al mundo y sus vanidades y serán elevados a desear los bienes eternos. Ojalá que las almas hiciesen el propósito de santificarse por este medio.
5. El alma que se recomienda a Mí por el rezo del Santo Rosario, no perecerá jamás.
6. El que recitase el Rosario devotamente, aplicándose a meditar los Sagrados Misterios, no será vencido por la mala fortuna. En Su justo juicio, Dios no lo castigará. No sufrirá la muerte improvisa. Y si es justo, permanecerá en la gracia de Dios, y será digno de alcanzar la vida eterna.
7. El que conserva una verdadera devoción al Rosario, no morirá sin los sacramentos de la Iglesia.
8. Los que fielmente rezan el Santo Rosario, tendrán en la vida y en la muerte, la Luz de Dios y la plenitud de Su gracia. En la hora de la muerte, participarán de los méritos de los Santos del Paraíso.
9. Yo libraré del Purgatorio a los que han acostumbrado el rezo del Santo Rosario.
10. Los devotos del Santo Rosario, merecerán un grado elevado de gloria en el Cielo.
11. Se obtendrá todo lo que se me pidiere mediante la recitación del Santo Rosario.
12. Todos los que propagan el Santo Rosario recibirán Mi auxilio en sus necesidades.
13. Para los devotos del Santo Rosario, he obtenido de mi Divino Hijo, la intercesión de toda la Corte Celestial durante la vida y en la hora de la muerte.
14. Todos los que rezan el Santo Rosario son hijos Míos, y hermanos de Mi único Hijo, Jesucristo.
15. La devoción al Santo Rosario es gran señal de predestinación.
BENDICIONES DEL ROSARIO
1. Los pecadores obtienen el perdón.2. Las almas sedientas se sacian.
3. Los que están atados ven sus lazos desechos.
4. Los que lloran hallan alegría.
5. Los que son tentados hallan tranquilidad.
6. Los pobres son socorridos.
7. Los religiosos son reformados.
8. Los ignorantes son instruidos.
9. Los vivos triunfan sobre la vanidad.
10. Los muertos alcanzan la misericordia por vía de sufragios.
BENEFICIOS DEL ROSARIO
1. Nos otorga gradualmente un conocimiento completo de Jesucristo.2. Purifica nuestras almas, lavando nuestras culpas.
3. Nos da la victoria sobre nuestros enemigos.
4. Nos facilita practicar la virtud.
5. Nos enciende el amor a Nuestro Señor.
6. Nos enriquece con gracias y méritos.
7. Nos provee con lo necesario para pagar nuestras deudas a Dios y a nuestros familiares cercanos, y finalmente, se obtiene toda clase de gracia de nuestro Dios todopoderoso.
SOR LUCÍA, VIDENTE DE FÁTIMA
El 26 de Diciembre de 1957, el Padre Agustín Fuentes, Postulador de la Causa de Beatificación de Francisco y Jacinta Marto, entrevistó a Sor Lucía Dos Santos, vidente de las apariciones de Fátima. En el curso de esa entrevista, le dijo Sor Lucía al Padre Fuentes:
"… La Santísima Virgen nos dijo, tanto a mis primos como a mí, que dos eran los últimos remedios que Dios daba al mundo: el Santo Rosario y el Inmaculado Corazón de María…"
"… Mire, Padre, la Santísima Virgen, en estos últimos tiempos en que estamos viviendo, ha dado una nueva eficacia al rezo del Santo Rosario, de tal manera que ahora no hay problema por más difícil que sea: sea temporal y, sobre todo, espiritual; sea que se refiera a la vida personal de cada uno de nosotros o a la vida de nuestras familias del mundo o comunidades religiosas, o a la vida de los pueblos y naciones; no hay problema, repito, por más difícil que sea, que no podamos resolver ahora con el rezo del Santo Rosario".
"Con el Santo Rosario nos salvaremos, nos santificaremos, consolaremos a Nuestro Señor y obtendremos la salvación de muchas almas. Por eso, el demonio hará todo lo posible para distraernos de esta devoción; nos pondrá multitud de pretextos: cansancio, ocupaciones, etc., para que no recemos el Santo Rosario".
"Si nos dieran un programa más difícil de salvación, muchas almas que se condenarán tendrían el pretexto de que no pudieron realizar dicho programa. Pero ahora el programa es brevísimo y fácil: rezar el Santo Rosario. Con el Rosario practicaremos los Santos Mandamientos, aprovecharemos la frecuencia de los Sacramentos, procuraremos cumplir perfectamente nuestros deberes de estado y hacer lo que Dios quiere de cada uno de nosotros".
"El Rosario es el arma de combate de las batallas espirituales de los Últimos Tiempos".
martes, 7 de julio de 2015
Instante...
Ni por un instante.
Hoy
puede ser el día de nuestra muerte, ¿y estamos preparados para pasar a
la eternidad? Estar preparados significa esencialmente encontrarnos en
gracia de Dios. ¿Estamos hoy, ahora mismo, en gracia y amistad de Dios?
¿O en cambio estamos viviendo en pecado mortal?
Alguno puede decir que le cuesta ir a confesarse con un sacerdote y por eso vive en pecado mortal hasta el día que va a confesarse. Pero hay que saber algo de capital importancia y es que nunca, ni por un instante, debemos vivir en pecado mortal, porque hay un medio para ponernos en gracia de Dios hasta que vayamos a confesarnos con el sacerdote.
Cuando hemos cometido el pecado grave o mortal, enseguida debemos arrepentirnos y pedirle perdón a Dios, no por el castigo que merecemos, sino por amor a Dios, porque le hemos causado tanto dolor al Señor, que es tan bueno. Esto es lo que se llama hacer un acto de contrición perfecta, que debe ir acompañado del propósito de ir a confesarnos con el sacerdote cuanto antes podamos.
Por supuesto que no podremos recibir la Sagrada Comunión hasta que no hayamos ido al sacerdote y hayamos confesado todos los pecados mortales o graves cometidos desde la última confesión sacramental bien hecha, pero al menos, si morimos, estaremos en gracia de Dios y nos salvaremos. De modo que jamás, ni siquiera por un instante, hay que vivir en pecado mortal, porque inmediatamente después de pecar, debemos hacer el acto de contrición perfecta. Claro que no debemos postergar indefinidamente el ir a confesarnos con el sacerdote.
Porque hay que saber que si vivimos en pecado mortal, el demonio tiene poder sobre nosotros, sobre nuestras vidas, y tiene modo de influenciarnos para el mal. En cambio si hacemos un acto de contrición perfecta, ya nos ponemos en gracia y amistad de Dios, y el diablo ya no nos puede echar el lazo.
Así, tantas veces como cometamos un pecado grave, tantas otras veces también debemos hacer el acto de contrición perfecta con el propósito de ir a confesarnos con un sacerdote.
Todas las noches, antes de acostarnos a descansar, debemos hacer ese acto de contrición perfecta, por si tuviéramos que partir hacia la eternidad durante el sueño, aunque si durante el día no hemos cometido falta grave, simplemente podemos pedir perdón al Señor por todo lo malo que hemos hecho en la jornada.
Entonces no vivamos ni por un instante en pecado mortal, sino siempre en gracia de Dios.
Alguno puede decir que le cuesta ir a confesarse con un sacerdote y por eso vive en pecado mortal hasta el día que va a confesarse. Pero hay que saber algo de capital importancia y es que nunca, ni por un instante, debemos vivir en pecado mortal, porque hay un medio para ponernos en gracia de Dios hasta que vayamos a confesarnos con el sacerdote.
Cuando hemos cometido el pecado grave o mortal, enseguida debemos arrepentirnos y pedirle perdón a Dios, no por el castigo que merecemos, sino por amor a Dios, porque le hemos causado tanto dolor al Señor, que es tan bueno. Esto es lo que se llama hacer un acto de contrición perfecta, que debe ir acompañado del propósito de ir a confesarnos con el sacerdote cuanto antes podamos.
Por supuesto que no podremos recibir la Sagrada Comunión hasta que no hayamos ido al sacerdote y hayamos confesado todos los pecados mortales o graves cometidos desde la última confesión sacramental bien hecha, pero al menos, si morimos, estaremos en gracia de Dios y nos salvaremos. De modo que jamás, ni siquiera por un instante, hay que vivir en pecado mortal, porque inmediatamente después de pecar, debemos hacer el acto de contrición perfecta. Claro que no debemos postergar indefinidamente el ir a confesarnos con el sacerdote.
Porque hay que saber que si vivimos en pecado mortal, el demonio tiene poder sobre nosotros, sobre nuestras vidas, y tiene modo de influenciarnos para el mal. En cambio si hacemos un acto de contrición perfecta, ya nos ponemos en gracia y amistad de Dios, y el diablo ya no nos puede echar el lazo.
Así, tantas veces como cometamos un pecado grave, tantas otras veces también debemos hacer el acto de contrición perfecta con el propósito de ir a confesarnos con un sacerdote.
Todas las noches, antes de acostarnos a descansar, debemos hacer ese acto de contrición perfecta, por si tuviéramos que partir hacia la eternidad durante el sueño, aunque si durante el día no hemos cometido falta grave, simplemente podemos pedir perdón al Señor por todo lo malo que hemos hecho en la jornada.
Entonces no vivamos ni por un instante en pecado mortal, sino siempre en gracia de Dios.
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