miércoles, 19 de agosto de 2015

Signos...


Signos de los tiempos

La caridad se enfría.
Uno de los signos de los tiempos que Jesús ya había predicho en su Evangelio, es el enfriamiento de la caridad y del amor en muchos, debido al extenderse del mal en el mundo.
Y es lo que sucede ahora, que hasta incluso muchos que son buenos, se van como acobardando y amilanando, comenzando a tener miedo e indiferencia por las necesidades de los hermanos, no sólo las necesidades materiales, sino también una apatía por las necesidades espirituales y morales de los demás.
Parece que en el mundo está a punto de sonar aquél grito de: “¡Sálvese quien pueda!” que dicen que resonará en el mundo en los últimos días previos a la venida del Reino de Dios.
Así que cuidemos de no enfriarnos nosotros, de modo que nuestro corazón se vuelva de piedra y deje de ser un corazón de carne como lo quiere el Señor.
Y lo lograremos si nos apegamos a la oración, porque es solamente la oración la que nos sacará a flote en este mar embravecido del mundo. Y ya Jesús nos ha puesto en guardia contra este defecto de no estar vigilantes y orando, puesto que seremos vencidos por la tentación, por la prueba.
De modo que hay que estar en gracia de Dios siempre, rezando en todo tiempo, y prontos para partir a la casa del Padre en cualquier momento y de cualquier manera; porque Dios está permitiendo que haya desgracias en el mundo que precipitan a todos en el más allá, y no hay distinción de personas, de forma que no sabemos si mañana, o quizás dentro de una hora nos tocará a nosotros, que tengamos que presentarnos ante el Juez Divino, ya sea por un accidente, o cataclismo o miles de cosas “raras” que pasan en estos días. Veamos esto también como un signo de los tiempos.
¡Ven Señor Jesús!

lunes, 17 de agosto de 2015

Vi Em - Canta (La vida es una fiesta) - Letra/Lyrics

Jesús Misericordioso...

Diálogo de Dios Misericordioso con el alma pecadora.

– Jesús: No tengas miedo, alma pecadora, de tu Salvador; Yo soy el primero en acercarme a ti, porque sé que por ti misma no eres capaz de ascender hacia Mí. No huyas, hija, de tu Padre; desea hablar a solas con tu Dios de la Misericordia que quiere decirte personalmente las palabras de perdón y colmarte de Sus gracias. Oh, cuánto me es querida tu alma. Te he asentado en Mis brazos. Y te has grabado como una profunda herida en Mi Corazón.
– El alma: Señor, oigo Tu voz que me llama a abandonar el mal camino, pero no tengo ni valor ni fuerza.
– Jesús: Yo soy tu fuerza, Yo te daré fuerza para luchar.
– El alma: Señor, conozco Tu santidad y tengo miedo de Ti.
– Jesús: ¿Por qué tienes miedo, hija Mía, del Dios de la Misericordia? Mi santidad no Me impide ser misericordioso contigo. Mira, alma, por ti he instituido el trono de la misericordia en la tierra y este trono es el tabernáculo y de este trono de la misericordia deseo bajar a tu corazón. Mira, no me he rodeado ni de séquito ni de guardias, tienes el acceso a Mí en cualquier momento, a cualquier hora del día deseo hablar contigo y deseo concederte gracias.
– El alma: Señor, temo que no me perdones un número tan grande de pecados; mi miseria me llena de temor.
– Jesús: Mi misericordia es más grande que tu miseria y la del mundo entero. ¿Quién ha medido Mi bondad? Por ti bajé del cielo a la tierra, y por ti dejé clavarme en la cruz, por ti permití que Mi Sagrado Corazón fuera abierto por una lanza, y abrí la Fuente de la Misericordia para ti. Ven y toma las gracias de esta fuente con el recipiente de la confianza. Jamás rechazaré un corazón arrepentido, tu miseria se ha hundido en el abismo de Mi misericordia. ¿Por qué habrías de disputar Conmigo sobre tu miseria? Hazme el favor, dame todas tus penas y toda tu miseria y Yo te colmaré de los tesoros de Mis gracias.
– El alma: Con Tu bondad has vencido, oh Señor, mi corazón de piedra; heme aquí acercándome con confianza y humildad al tribunal de Tu misericordia, absuélveme Tú Mismo por la mano de Tu representante. Oh Señor, siento que la gracia y la paz han fluido a mi pobre alma. Siento que Tu misericordia, Señor, ha penetrado mi alma en su totalidad. Me has perdonado más de cuanto yo me atrevía esperar o más de cuanto era capaz de imaginar. Tu bondad ha superado todos mis deseos. Y ahora Te invito a mi corazón, lleno de gratitud por tantas gracias. Había errado por el mal camino como el hijo pródigo, pero Tú no dejaste de ser mi Padre. Multiplica en mí Tu misericordia, porque ves lo débil que soy.
– Jesús: Hija, no hables más de tu miseria, porque Yo ya no Me acuerdo de ella. Escucha, niña Mía, lo que deseo decirte: estréchate a Mis heridas y saca de la fuente de la vida todo lo que tu corazón pueda desear. Bebe copiosamente de la fuente de la vida y no pararás durante el viaje. Mira el resplandor de Mi misericordia y no temas a los enemigos de tu salvación. Glorifica Mi misericordia.
(Diario - Santa Faustina Kowalska)

viernes, 14 de agosto de 2015

Miedos...


Vivir católico

¿Miedo al demonio?
No debemos tenerle miedo al demonio, sino más bien él es quien debe tenernos miedo, porque con una simple jaculatoria invocando a Jesús y a María, lo ponemos en fuga.
Los demonios son seres que viven en el miedo, y quieren que nosotros les tengamos miedo, haciéndonos creer que pueden mucho más de lo que en realidad pueden. De modo que son como esos magos que hacen trucos ante una audiencia de niños, que quedan como maravillados ante el poder del mago, pero en realidad son simples trucos y destreza.
Por eso tengamos nuestra fe puesta en Dios, que es Todopoderoso, y recordemos aquellas palabras del Padre Pío, de que el demonio es como un perro encadenado, y si no nos acercamos a él, no puede hacernos daño.
¿Y cómo nos acercamos al demonio? Pues poniéndonos en su órbita por medio del pecado. Claro que si pecamos mortalmente, entonces el diablo tiene influencia sobre nosotros y nuestras vidas. Así que evitemos el pecado, especialmente el pecado grave o mortal, y entonces tendremos alejado al demonio.
Son los demonios quienes deben temernos, porque los echamos al Infierno invocando a San Miguel Arcángel.
Recordemos que Satanás es fuerte con los débiles, y débil con los fuertes. Así que seamos fuertes, y él temblará de miedo ante nuestra voluntad firme, nuestro gran valor y el vivir en gracia de Dios.

jueves, 13 de agosto de 2015

Tres Ave María...


Mensaje a los Apóstoles de la Inmaculada

Ejemplos del rezo de las Tres Avemarías.
Ejemplo 19.
La pecadora que dejó de serlo...
Una mujer que, joven y rica, quebrantó los Mandamientos de Dios abandonándose al pecado, y bajo apariencias normales y aún devotas escondió un corazón corrompido y un alma sin vida, formuló en 1945, en una revista mariana, esta pública declaración:
“¡Ah; yo quisiera que nadie hiciera lo que necia y locamente hice yo...
Quisiera que los jóvenes, y más todavía las jóvenes, atendieran este grito mío:
¡Velad!; cuidado con ceder la primera vez, porque es muy difícil detenerse en esa pendiente resbaladiza del placer...
Se comienza por poco; se entrega a la pasión titubeando la primera vez; ya la segunda, con menos miedo, y luego..., luego se rueda insensiblemente muy hondo, muy hondo.
Si tuviera medio de hacerme oír de todas las jóvenes, les gritaría: ¡Sed celosas de vuestro corazón; no lo deis al primer pretendiente. Sed celosas de vuestra pureza; la joya más preciosa que poseéis!...
Guardaos y huid de toda persona que constituya un peligro para vuestra alma. Quien os ame, ha de amaros amando, sobre todo, a Dios. A quien vosotras améis ha de ser sin menoscabo del supremo amor a Dios.
Que el amor con que os distingan sea tan verdadero, que nunca ofenda a Dios. Y que el amor que vosotras sintáis sea tan limpio, que lo bendiga siempre Dios.
El amor que divierte no es amor.
El amor que se esconde a los padres es, por lo menos, dudoso.
El amor que empieza con señales de afecto sensible es nocivo.
El amor que concede lo que no debe concederse es pecaminoso.
¡Oh, jóvenes, no pequéis!
A medida que crece el pecado, disminuyen las fuerzas para vencerle, para rectificar, para retroceder y para enmendarse.
Hay como una impotencia para salir del mal en que nos arrojamos.
Cierto que la oración sería medio de reacción; pero cuando las malas pasiones han triunfado, es muy difícil saber utilizar la oración, y el desaliento y la desgana para ella anula el recurso.
Yo confieso que ya no tenía esperanza. Estaba cierta de mi condenación.
Por eso me daba más a los placeres, a una vida de locura, para ahogar los remordimientos y alejar el recuerdo de la muerte...
Sólo seguí rezando mañana y noche las tres Avemarías, si bien muchas veces las rezaba distraída y maquinalmente.
Pero, aun entonces, la Virgen escuchaba mi súplica: “Ruega por nosotros, pecadores...”
Hasta que un día, ¡oh, misericordia de María!, me sentí invadida de un vivo aliento para salir del pecado, confesar mis culpas y cambiar de vida... ¡La Virgen Santísima había obrado mi conversión!... ¡Ella..., Ella me ha salvado!”.
¡Ave María Purísima! 
¡Sin pecado concebida!