sábado, 2 de enero de 2016
Oraciones...
Oración al Espíritu Santo
Espíritu Santo,
Amor del Padre y del Hijo,
inspirame siempre
lo que debo pensar,
lo que debo decir,
lo que debo callar,
lo que debo actuar,
lo que debo hacer para tu gloria,
el bien de los hombres y mi propia santificación.
Amén...
Espíritu Santo,
Amor del Padre y del Hijo,
inspirame siempre
lo que debo pensar,
lo que debo decir,
lo que debo callar,
lo que debo actuar,
lo que debo hacer para tu gloria,
el bien de los hombres y mi propia santificación.
Amén...
viernes, 1 de enero de 2016
Signos...
Signos de los tiempos
Aumentan los sufrimientos.
Uno
de los signos de los tiempos que indican que nos estamos acercando al
Fin de los Tiempos, es el aumento de los sufrimientos para todos los
hombres, puesto que como bien ha dicho el Señor, ese final se puede
comparar a la parturienta, que sufre cada vez más hasta que da a luz a
su hijo. Así la humanidad, a medida que se acerca a su liberación, a su
renovación y nuevo nacimiento, aumenta en su sufrir.
Debemos
prepararnos a sufrir cada vez más, porque del crisol de sufrimientos
jamás experimentados hasta ahora surgirá una aurora magnífica sobre el
mundo.
Es
a través del sufrimiento que se redime, y el mundo necesita de un mar
de sufrimiento ofrecido, porque abunda el pecado, que sólo se equilibra
con la oración y el sacrificio, con el sufrimiento.
No
tengamos miedo, pero hagamos acopio de fuerzas y coraje, por medio de
la oración y la recepción de los sacramentos, en especial la Eucaristía,
pues no resistirá quien no se prepare a padecer lo que ya va llegando
al mundo.
Ya
lo dice muy bien el Señor en su Evangelio, que si esos tiempos de la
Gran Tribulación no fueran acortados, ninguno se salvaría, ni siquiera
los mismos elegidos de Dios. Palabras muy serias que debemos meditar de
día y de noche, para que, cuando vuelva el Señor, nos encuentre con las
lámparas encendidas y merezcamos el premio eterno.
¡Ven Señor Jesús!
jueves, 31 de diciembre de 2015
Lectura...
Lectura espiritual
Ejemplo 2.
Yo confesé a un mudo
Esto no es una novedad. Con frecuencia confesamos mudos. Pero esta vez..., la cosa salió de lo normal.
Estaba misionando en un pueblo...
Allí vivía un caballero que había perdido el habla. El último día de la Misión, un hijo suyo me suplicó fuera a confesar al enfermo, que llevaba tres meses mudo y estaba gravísimo por efectos de una embolia.
Fui a la casa que se me indicó. Entré en la habitación donde estaba el enfermo. Salió el hijo, y quedé solo con el mudo.
–Esté usted tranquilo –le dije–, que yo le iré haciendo las preguntas y usted me irá respondiendo con signos de cabeza, “que sí” o “que no”. (El hijo me había adelantado el clima religioso en que se había desenvuelto la vida del padre.)
Entonces el caballero rompió a hablar. Y con voz clara y distinta, se confesó.
¡Yo no salía de mi asombro!... Como no pude disimular esto, y lo expresaba mi semblante, él me dijo con emoción:
–Padre, usted va a comprender inmediatamente por qué hablo en estos momentos. Desde los diez años tomé la costumbre de rezar, por la mañana y por la tarde, las tres Avemarías, que a todos nos aconsejaron unos Padres Misioneros. Desde los catorce años perdí toda práctica religiosa, menos las tres Avemarías. Jamás, ni un solo día, las he omitido, pidiendo a la Virgen María la gracia de no morir sin hacer una buena confesión; porque, como ha oído, necesitaba confesarme bien desde mi primera comunión, que fue a los ocho años...
Terminada la confesión, quedó otra vez mudo.
A las doce de la noche había muerto, con el alma lavada por la penitencia.
(P. Luis Larrauri, Misionero Redentorista)
miércoles, 30 de diciembre de 2015
Amor...
No hay mayor amor.
Jesús nos ha dicho en su Evangelio que nadie tiene mayor amor que aquel que da su vida por los amigos. Y si bien a nosotros quizás Dios no nos exigirá que demos la vida como la dio Jesús en la cruz, sí nos puede pedir que demos la vida entregándonos al servicio de los hermanos, para salvarlos y ayudarlos en toda forma.
Debemos tratar de no estar todo el tiempo rumiando nuestros problemas, sino aprender a volcarnos hacia los hermanos, tratando de hacerles el mayor bien posible. Así como una buena madre no piensa en sí misma, sino más bien en la manera que puede ayudar a sus hijitos; así también nosotros no debemos pensar tanto en nuestros problemas y en nosotros mismos, sino en ver la forma de hacer bien a todos, dando la vida por ellos, es decir, usando el tiempo de vida que tenemos, para consolar, dar buenos consejos y ayudar en todas las maneras que la caridad nos sugiera, a nuestros prójimos.
Hay personas, católicos, que quieren ser como el centro del mundo, y piden todo para ellos mismos, y muy poco o nada para los demás. Quizás nosotros somos tal vez de ellos.
No hagamos así, tratemos de enderezar nuestra vida espiritual, y no nos pongamos en el centro, sino más bien pidamos por los demás, como hizo María Santísima, porque Dios, al ver que nos ocupamos y preocupamos por los hermanos tratando de hacerles el bien, volcará sobre nosotros un mar de consuelos y dones de todas clases, ya que el mismo Señor ha prometido que quienes se ocupen de Él y de su Reino, entonces Él se ocupará de ellos y de sus cosas.
Recordemos que Jesús es taxativo en el Evangelio cuando nos dice que quien quiera salvar su vida en este mundo, la perderá. Es decir, que quien quiera pensar en sí mismo y tratar de aprovechar la vida para sí mismo, sin preocuparse por los hermanos; perderá la Vida con mayúscula, el Cielo.
Si nos olvidamos de nosotros mismos, para atender a las necesidades del Reino de Dios, ya sea haciendo obras de misericordia, rezando, recibiendo los sacramentos y teniendo una vida de sólida piedad, entonces estaremos en el camino justo que el Señor quiere para nosotros y para cada cristiano.
Olvidémonos un poco de nosotros mismos, de nuestras necesidades, y pensemos en los demás, especialmente en quienes más amamos, y sus necesidades, sobre todo las espirituales, que tienen mayor importancia que las de orden material, así como el alma es más valiosa que el cuerpo.
Y no tengamos miedo que el Señor se vaya a olvidar de nosotros y de nuestras necesidades, porque a caridad hecha, corresponde premio; y si somos caritativos con todos, entonces Dios nos premiará generosamente.
martes, 29 de diciembre de 2015
El tiempo...
El tiempo es gloria.
Estamos
a punto de comenzar un nuevo año civil, que será un tiempo que la
Misericordia de Dios nos regalará, y del que también Dios nos pedirá
cuenta de cómo lo habremos empleado.
Dios, cuando da un don, también exige frutos. Y cuanto mayor es el don, tanto más frutos espera. Así que este tiempo que se nos concederá, debemos aprovecharlo para dar buenos frutos.
No sabemos si este año que comenzaremos será el último de nuestra vida en la tierra, porque no somos inmortales, sino que, aunque no nos guste tal vez pensarlo, la muerte llegará también a nosotros un día, quizás un día de este próximo año. De modo que debemos aprovechar cada día para hacer el bien, para atesorar en el Cielo, haciendo obras de misericordia, y buscando nuestra santificación personal y la santificación de los que nos rodean, que sólo tenemos esta vida para hacerlo.
Hagamos de cuenta que hoy el Señor nos dice que tenemos que partir hacia la eternidad. ¡Cuántas cosas nos habrán quedado por hacer! ¡Cuántas cosas querríamos haber hecho, pero ya no hay tiempo! Esta es una suposición, pero ya que estamos vivos todavía y que el Señor, misericordiosa y justamente, nos esconde la hora de nuestra muerte, aprovechemos el tiempo para hacer el bien y no dejar para mañana lo que podemos hacer de bueno hoy mismo.
Los malos toman coraje porque los buenos están como dormidos. Pero si los cristianos volvemos a las fuentes y al primitivo fervor, volvemos al Evangelio y a ver la vida según la fe, según Dios, entonces las cosas pueden cambiar para mejor.
Es necesario armarnos de coraje, sabiendo que si confiamos en Dios y en la Virgen, Ellos no nos dejarán solos, sino que, de ser necesario, incluso enviarán legiones de ángeles para protegernos y cuidar a los que amamos.
Es el caso de siempre: nuestra fe es débil, y por eso no obtenemos mucho de Dios, porque creemos débilmente, confiamos muy poco en Dios y en su Madre, y entonces es lógico que tengamos miedo.
Pero si tuviéramos más fe en Dios, que es todopoderoso, y en María que es la Omnipotencia suplicante, no tendríamos miedo a nada, porque nada nos podría separar del amor de Ellos.
Pensemos que en esta vida estamos de paso y el tiempo es gloria, porque cada segundo en este mundo nos permite, si lo empleamos bien, en ganar gloria celestial, e incluso también nos obtiene bienes de este mundo, cuando ello no es obstáculo a nuestra salvación.
Aprovechemos ya desde hoy, desde ahora mismo, a hacer todas las cosas con amor, a Dios y al prójimo, pues de eso se trata el dar frutos.
Dios, cuando da un don, también exige frutos. Y cuanto mayor es el don, tanto más frutos espera. Así que este tiempo que se nos concederá, debemos aprovecharlo para dar buenos frutos.
No sabemos si este año que comenzaremos será el último de nuestra vida en la tierra, porque no somos inmortales, sino que, aunque no nos guste tal vez pensarlo, la muerte llegará también a nosotros un día, quizás un día de este próximo año. De modo que debemos aprovechar cada día para hacer el bien, para atesorar en el Cielo, haciendo obras de misericordia, y buscando nuestra santificación personal y la santificación de los que nos rodean, que sólo tenemos esta vida para hacerlo.
Hagamos de cuenta que hoy el Señor nos dice que tenemos que partir hacia la eternidad. ¡Cuántas cosas nos habrán quedado por hacer! ¡Cuántas cosas querríamos haber hecho, pero ya no hay tiempo! Esta es una suposición, pero ya que estamos vivos todavía y que el Señor, misericordiosa y justamente, nos esconde la hora de nuestra muerte, aprovechemos el tiempo para hacer el bien y no dejar para mañana lo que podemos hacer de bueno hoy mismo.
Los malos toman coraje porque los buenos están como dormidos. Pero si los cristianos volvemos a las fuentes y al primitivo fervor, volvemos al Evangelio y a ver la vida según la fe, según Dios, entonces las cosas pueden cambiar para mejor.
Es necesario armarnos de coraje, sabiendo que si confiamos en Dios y en la Virgen, Ellos no nos dejarán solos, sino que, de ser necesario, incluso enviarán legiones de ángeles para protegernos y cuidar a los que amamos.
Es el caso de siempre: nuestra fe es débil, y por eso no obtenemos mucho de Dios, porque creemos débilmente, confiamos muy poco en Dios y en su Madre, y entonces es lógico que tengamos miedo.
Pero si tuviéramos más fe en Dios, que es todopoderoso, y en María que es la Omnipotencia suplicante, no tendríamos miedo a nada, porque nada nos podría separar del amor de Ellos.
Pensemos que en esta vida estamos de paso y el tiempo es gloria, porque cada segundo en este mundo nos permite, si lo empleamos bien, en ganar gloria celestial, e incluso también nos obtiene bienes de este mundo, cuando ello no es obstáculo a nuestra salvación.
Aprovechemos ya desde hoy, desde ahora mismo, a hacer todas las cosas con amor, a Dios y al prójimo, pues de eso se trata el dar frutos.
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