lunes, 28 de marzo de 2016

Entrar...

Entremos al sepulcro.

Entremos al sepulcro donde estuvo el cuerpo del Señor, para que nos demos cuenta, de una vez por todas, que Jesús no está allí, sino que resucitó y ahora vive para siempre.
Nuestra vida suele ser como un peregrinar, y solemos llegar hasta la puerta del sepulcro, es decir, consideramos los dolores del Señor, pero no nos animamos a entrar, no acabamos de darnos cuenta de que el Señor está vivo entre nosotros, a nuestro lado.
Pidamos al Espíritu Santo que nos dé el empujón para que entremos de una buena vez en el sepulcro y veamos con nuestros propios ojos que Jesús resucitó.
Y que nuestra vida la vivamos de manera acorde a esta verdad que creemos, porque muchas veces vivimos la vida como si estuviéramos solos y todo dependiera de nosotros. Sin embargo Jesús está vivo a nuestro lado y nos conduce por el camino, como también conduce los destinos de los pueblos a realizar la Voluntad divina.
Debemos aprovechar esta Pascua para reavivar nuestra fe en Jesús resucitado, y dar el salto de la fe, para empezar a vivir una vida nueva, quizás con las cosas de siempre, pero animados por la seguridad de que el Señor está vivo y con nosotros.
Es una alegría que nadie nos podrá quitar, porque la Muerte ha sido vencida, y ya se ha abierto la puerta de la salvación para que entremos por ella con la buena voluntad.
No estamos solos, porque Jesús y María caminan a nuestro lado, nos protegen y de nosotros sólo exigen fe para actuar y obrar en nosotros, en nuestras vidas y en nuestros seres queridos y sus vidas.
No queramos arreglar nuestras cosas solos, porque Cristo se ha querido quedar con nosotros para reconfortarnos, pues la delicia del Señor es estar con los hijos de los hombres, como dice la Sagrada Escritura.
Vivamos con alegría esta Pascua. Que sea una Pascua realmente nueva, que empecemos una vida nueva. Que realmente pasemos de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz, de la desesperanza a una esperanza grande y fuerte.
¡Feliz Pascua para todos!

sábado, 26 de marzo de 2016

Información...

Información sobre la Consagración a María

[30] Así como en la generación natural y corporal concurren el padre y la madre, también en la generación sobrenatural y espiritual hay un Padre, que es Dios, y una Madre, que es María.
Todos los verdaderos hijos de Dios y predestinados tienen a Dios por Padre y a María por Madre. Y quien no tenga a María por Madre, tampoco tiene a Dios por Padre. Por esto, los réprobos, como los herejes, cismáticos, etc., que odian o miran con desprecio o indiferencia a la Santísima Virgen, no tienen a Dios por Padre, aunque se jacten de ello, porque no tienen a María por Madre. Que si la tuviesen por tal, la amarían y honrarían, como el buen hijo ama y honra naturalmente a la madre que le dio la vida.
La señal más infalible y segura para distinguir a un hereje, a un hombre de perversa doctrina, a un réprobo de un predestinado, es que el hereje y el réprobo no tienen sino desprecio o indiferencia para con la Santísima Virgen, cuyo culto y amor procuran disminuir con sus palabras y ejemplos, abierta u ocultamente y, a veces, con pretextos aparentemente válidos.
¡Ay! Dios Padre no ha dicho a María que establezca en ellos su morada porque son los Esaús.

(del Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen María)
Comentario:
¡Qué alegría si tenemos devoción a María! Esta es una buena señal en nuestra vida espiritual y promesa de una eternidad feliz, pues es un signo de que Dios nos ha elegido para que seamos santos y nos ha confiado a María para que nos guíe en este camino, Y cuanta mayor devoción tengamos a María, tanto más segura es nuestra salvación. Porque Ella es la Obra maestra del Altísimo y es digna de toda alabanza. Tengamos desconfianza de los que desprecian a María y de los que tratan de disminuir su culto. Éstos no son agradables a Dios, por más que se proclamen sus hijos.
¡Inmaculado Corazón de María!
¡Sé la salvación del alma mía!

viernes, 25 de marzo de 2016

Way of the Cross 2016.03.25

Weekend...

Felíz fin de semana...
para tod@s mis amistades...
Dios los bendiga...
Amén...

Juicio...

NOVÍSIMOS.

"Meditare Novissima tua et in aeternum non peccabis" (Ecli 7, 40)
"Recuerda tus postrimerías, y nunca pecarás"
MUERTE - JUICIO - INFIERNO - CIELO
MUERTE:
Si hay algo seguro en este mundo, es que todos nosotros vamos a morir un día. Pero muchos viven como si a ellos jamás les llagara este momento. ¡Y pensar que de este momento depende toda la eternidad!
¡Qué locura es no querer pensar en la muerte, huyendo de este pensamiento para aturdirnos con diversiones y pasatiempos, a veces pecaminosos, y despilfarrando el tiempo en vanidades, en lugar de prepararnos a bien morir, como hacían los santos!
Pero para hacer esto hay que tener las ideas bien claras, y recordar que la vida sobre la tierra no es lo definitivo, sino que es una prueba, y que la muerte es el paso del tiempo a la eternidad. La muerte no es un punto de llegada sino más bien de partida. Es como un nacimiento, que puede ser feliz si vamos al Cielo; o infeliz, como un aborto, si vamos al Infierno.
No huyamos del pensamiento de la muerte y pidamos a San José, Patrono de la buena muerte, que demos bien ese paso.
JUICIO:
Inmediatamente después de la muerte, cada persona se presenta ante Jesucristo Juez, para ser juzgada por Él en lo que se llama el Juicio Particular, y en el que se decide su destino eterno: Cielo o Infierno, o, temporalmente, Purgatorio.
Sentencia inapelable porque no hay una instancia superior, como sí hay en la Tierra, a la que uno puede apelar para revocar la sentencia, ya que es Dios mismo quien nos juzga, y no existe nadie superior a Dios.
¡Ay de nosotros si en este mundo no cumplimos la voluntad de Dios, expresada en los Diez Mandamientos y las enseñanzas del Evangelio! Seremos como ese hombre que construyó la casa sobre arena, y nos presentaremos al juicio sólo con ruinas.
Pero hay una forma de ganarnos al Juez antes de tiempo, y no esperar a que llegue ese momento para el juicio, sino que realizando obras de caridad y misericordia, podemos anticipar el Juicio, y entonces ya iremos confiados a encontrarnos con Jesucristo Juez, a quien hemos servido en la tierra en todos los hermanos necesitados.
Entonces con qué sonrisa nos recibirá el Señor, y nos estrechará en sus brazos amorosos, llamándonos “amigos” y haciéndonos entrar a la Felicidad sin fin.
INFIERNO:
Todas las desgracias y calamidades de la Tierra, desde su creación hasta el fin del mundo, son una NADA en comparación con la condenación de una sola alma.
Esto es difícil de entender para nosotros, porque no captamos ni siquiera aproximadamente, qué es lo que significa una eternidad de tormentos.
Que el Infierno existe, es eterno y es tremendo, es un dogma de fe que nadie puede poner en duda sin pecar gravemente.
Ahora, nuestro modo de actuar y de vivir, ¿es acorde con esta realidad? ¿Tratamos de evitar ir a ese lugar de sufrimiento sin fin y sin medida?
Uno de los errores más graves de los sacerdotes de esta época materialista es justamente el no hablar ya del Infierno. Como si el Infierno dejara de existir o fuera menos terrible si no se habla de él.
Es mejor que nos asustemos un poco en este mundo por el temor de condenarnos, y no que vayamos muy tranquilamente por la vida, y terminemos luego en el abismo infernal.
Roguemos a Dios para que nos haga entender, y de ser posible experimentar un poquito lo que es el Infierno, para encendernos en el celo por la salvación de las almas, empezando por la nuestra.
CIELO:
En el Cielo hay excelentes cocineras, porque están nuestras abuelas, que tan bien cocinaban aquí en la tierra, y ahora en el Cielo han perfeccionado aún más su arte. Así que ya sólo con pensar los manjares que nos esperan en el Paraíso, es ya como para tratar de ir allí, aunque no haya más cosas para disfrutar.
Pero sabemos que el Cielo es “todo bien sin mezcla de mal alguno”, según la definición del Catecismo. Y también sabemos que no podemos hacernos una idea de lo que es el Cielo. Ni la imaginación más fogosa puede intuir aunque sea de modo aproximado la felicidad que aguarda a los que se salvan.
Pensemos en el lugar que Dios nos ha preparado junto a Él en el Cielo, y así podremos vivir con alegría este tiempo de vida sobre la tierra, ya que a veces en medio de tantos dolores nos descorazonamos y vemos todo negro, olvidándonos que todo lo de aquí abajo es pasajero, y que existe un premio para los que son constantes en llevar la cruz de cada día.
Cuando estemos tristes o abatidos, meditemos en el Cielo que nos espera y que ya podemos comenzar a vivir desde la tierra; y para ello recemos los misterios gloriosos del Rosario, y volverá la alegría y la esperanza a nuestro corazón.