Evangelio según San Juan 20,1-9.
Gloria a tí, Señor...
El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada.
Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: "Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto".
Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro.
Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes.
Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró.
Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro: vio las vendas en el suelo,
y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte.
Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: él también vio y creyó.
Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos.
Palabra del Señor...
Gloria a ti, Señor Jesús...
domingo, 16 de abril de 2017
sábado, 15 de abril de 2017
Solos...
Más vale solos…
El dicho popular dice: “Más vale solos, que mal acompañados”. Y en estos
tiempos debido a una extensión de los errores y a entender mal el amor a
Dios y al prójimo, se nos quiere hacer creer que no debemos
discriminar, sino juntarnos con todos, sean buenos o malos, justos a
pecadores, sanos o enfermos.
Y si efectivamente no hay que discriminar injustamente ni hacer acepción de personas al igual que lo hace Dios, lo que quiere decir discriminar es justamente elegir, hacer elección. Y en un cajón de manzanas, si el verdulero no discrimina la manzana podrida, pues muy pronto tendrá el cajón de manzanas completamente podrido.
Ahora se nos dice que tenemos que juntarnos con todos, porque somos cristianos y Cristo comía y compartía con los pecadores. Pero Cristo era Cristo, y nosotros somos débiles. Aparte el Señor lo hacía porque quería salvar a los pecadores y veía en el interior de ellos el deseo de conversión. Y además Él era Dios, y podía muy bien exponerse al mal porque el mal no lo puede dañar.
En cambio a nosotros, pobres mortales, el mal no nos deja indiferentes, y si nos exponemos a juntarnos con los malos, con los pecadores, con los impuros, terminaremos también nosotros siendo como ellos.
Con el pretexto de que no hay que discriminar, y enseñando equivocadamente desde los púlpitos que hay que amar a todos, resulta que se nos pone en camino para que juntándonos con los malos, perdamos la gracia y la fe.
¿Nunca nos ponemos a pensar por qué el Señor envió al principio a sus apóstoles sólo a la tierra de Israel y no a los samaritanos o paganos? Sencillamente lo hizo porque los apóstoles no estaban preparados y habrían sucumbido.
Nosotros, la gran mayoría de nosotros, no estamos preparados para “meternos” entre los malos, porque no sólo que no los convertiremos, sino que terminaremos nosotros siendo peores que ellos, o al menos con gran peligro de ello.
El mundo se va haciendo cada vez más malvado, y las cinco jóvenes prudentes de la parábola de las diez vírgenes, no quisieron dar de su aceite a las necias, porque no alcanzaría para todas. Y no fueron egoístas.
Llega el momento de que hay que custodiar lo que uno tiene, la fe que tenemos que es como una llama, y que el viento de la maldad del mundo quiere apagar. No alcanzará el aceite para todos. Que los demás lo vayan a comprar a otra parte. Nosotros tratemos de cuidar lo que tenemos, porque no somos fuertes, sino que estamos debilitados, y quizás baste un pequeño empujón para caer miserablemente.
El dicho: “Dime con quién andas y te diré quién eres”, no es un invento moderno sino que es una gran verdad. Pensemos en estas cosas.
Y si efectivamente no hay que discriminar injustamente ni hacer acepción de personas al igual que lo hace Dios, lo que quiere decir discriminar es justamente elegir, hacer elección. Y en un cajón de manzanas, si el verdulero no discrimina la manzana podrida, pues muy pronto tendrá el cajón de manzanas completamente podrido.
Ahora se nos dice que tenemos que juntarnos con todos, porque somos cristianos y Cristo comía y compartía con los pecadores. Pero Cristo era Cristo, y nosotros somos débiles. Aparte el Señor lo hacía porque quería salvar a los pecadores y veía en el interior de ellos el deseo de conversión. Y además Él era Dios, y podía muy bien exponerse al mal porque el mal no lo puede dañar.
En cambio a nosotros, pobres mortales, el mal no nos deja indiferentes, y si nos exponemos a juntarnos con los malos, con los pecadores, con los impuros, terminaremos también nosotros siendo como ellos.
Con el pretexto de que no hay que discriminar, y enseñando equivocadamente desde los púlpitos que hay que amar a todos, resulta que se nos pone en camino para que juntándonos con los malos, perdamos la gracia y la fe.
¿Nunca nos ponemos a pensar por qué el Señor envió al principio a sus apóstoles sólo a la tierra de Israel y no a los samaritanos o paganos? Sencillamente lo hizo porque los apóstoles no estaban preparados y habrían sucumbido.
Nosotros, la gran mayoría de nosotros, no estamos preparados para “meternos” entre los malos, porque no sólo que no los convertiremos, sino que terminaremos nosotros siendo peores que ellos, o al menos con gran peligro de ello.
El mundo se va haciendo cada vez más malvado, y las cinco jóvenes prudentes de la parábola de las diez vírgenes, no quisieron dar de su aceite a las necias, porque no alcanzaría para todas. Y no fueron egoístas.
Llega el momento de que hay que custodiar lo que uno tiene, la fe que tenemos que es como una llama, y que el viento de la maldad del mundo quiere apagar. No alcanzará el aceite para todos. Que los demás lo vayan a comprar a otra parte. Nosotros tratemos de cuidar lo que tenemos, porque no somos fuertes, sino que estamos debilitados, y quizás baste un pequeño empujón para caer miserablemente.
El dicho: “Dime con quién andas y te diré quién eres”, no es un invento moderno sino que es una gran verdad. Pensemos en estas cosas.
viernes, 14 de abril de 2017
Salmo...
Salmo 31(30),2.6.12-13.15-16.17.25.
Yo me refugio en ti, Señor,
¡que nunca me vea defraudado!
Líbrame, por tu justicia;
Yo pongo mi vida en tus manos:
tú me rescatarás, Señor, Dios fiel.
Soy la burla de todos mis enemigos
y la irrisión de mis propios vecinos;
para mis amigos soy motivo de espanto,
los que me ven por la calle huyen de mí.
Como un muerto, he caído en el olvido,
me he convertido en una cosa inútil.
Pero yo confío en ti, Señor,
y te digo: «Tú eres mi Dios,
mi destino está en tus manos.»
Líbrame del poder de mis enemigos
y de aquellos que me persiguen.
Que brille tu rostro sobre tu servidor,
sálvame por tu misericordia.
Sean fuertes y valerosos,
todos los que esperan en el Señor.
¡que nunca me vea defraudado!
Líbrame, por tu justicia;
Yo pongo mi vida en tus manos:
tú me rescatarás, Señor, Dios fiel.
Soy la burla de todos mis enemigos
y la irrisión de mis propios vecinos;
para mis amigos soy motivo de espanto,
los que me ven por la calle huyen de mí.
Como un muerto, he caído en el olvido,
me he convertido en una cosa inútil.
Pero yo confío en ti, Señor,
y te digo: «Tú eres mi Dios,
mi destino está en tus manos.»
Líbrame del poder de mis enemigos
y de aquellos que me persiguen.
Que brille tu rostro sobre tu servidor,
sálvame por tu misericordia.
Sean fuertes y valerosos,
todos los que esperan en el Señor.
jueves, 13 de abril de 2017
Tiempo...
Mensaje eucarístico
En tiempos de Jesús.
A nosotros nos hubiera gustado estar en los tiempos de Jesús, cuando nació en Belén, para ir a adorarlo como lo hicieron los pastores y los reyes magos, y añoramos no haber vivido en aquel tiempo. Pero el Niño Jesús está presente en las Hostias consagradas dentro del Tabernáculo y allí nos espera para llenarnos de dulzura con su gracia de pequeñito y su sonrisa divina. Vayamos al Sagrario que encontraremos a Jesús Niño envuelto en pañales, junto a su Madre que lo cuida y lo defiende del frío de este mundo. No, no lamentemos el no haber vivido en Belén en aquel tiempo, pues el pesebre de Belén con su Divino Infante lo encontramos cada vez que hacemos la visita al Sagrario.
¡Viva Jesús Sacramentado!
¡Viva María, su Madre Inmaculada!
¡Viva María, su Madre Inmaculada!
miércoles, 12 de abril de 2017
Mensajes...
Mensaje de confianza
Fuerza de la Palabra.
Al salir de sus labios adorables, vibrante de ternura y de piedad, esta palabra divina operaba en las almas una transformación maravillosa. Un rocío sobrenatural les fecundaba su aridez, rayos de esperanza les disipaban las tinieblas, una tranquila serenidad ahuyentaba sus angustias. Porque las palabras del Señor “son espíritu y son vida”. “Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica”.
Como otrora a sus discípulos, es ahora a nosotros, a quienes nuestro Señor invita a la confianza. ¿Por qué rehusaríamos oír su voz?
(De "El Libro de la Confianza", P. Raymond de Thomas de Saint Laurent)
Comentario:
La Palabra de Dios es viva y eficaz, e infunde fuerza y confianza en quien la acoge en su seno y la conserva en su corazón. En todo su Evangelio el Señor nos anima a confiar en Él.
Jesús quiere que confiemos en Él, porque nada lo hiere más que la desconfianza de las almas, especialmente la desconfianza de las almas elegidas particularmente.
¿Por qué no queremos confiar en Dios? Si sabemos que nada de lo que sucede en el mundo material o espiritual, puede escapar a la Providencia de Dios, ¿por qué no vivimos tranquilos, sabiendo que todo lo que suceda en nuestra vida y en el mundo es querido o, al menos, permitido por Dios para sacar un bien? Los mismos castigos y desgracias, son formas de llamar a nuestras almas al arrepentimiento y a la conversión, para que por la mengua de bienes materiales, entremos en nosotros, reflexionemos y cambiemos de vida, levantándonos del pecado para ir a Dios.
Y si somos buenos y tenemos que sufrir alguna pena o muchas penas, tomémoslo como un descuento de lo que debemos por nuestros pecados pasados, por el castigo que merecemos por ellos, sabiendo que sufriendo aquí en la tierra es como acortamos enormemente nuestro Purgatorio, y también con nuestro sufrir obtenemos gracias para los hermanos y les aliviamos los castigos.
Pase lo que pase en nuestra vida o en el mundo, ¡confiemos en Dios!, porque Dios no permitiría nada si no sacara un bien de eso que ha permitido.
martes, 11 de abril de 2017
Reflexiones..
¿Nadie tiene la verdad?
El mundo nos quiere hacer creer que nadie tiene la verdad absoluta, que todo es relativo y depende del cristal con que se mire.
Sin embargo Cristo ha dicho que Él es la Verdad, y que todas sus enseñanzas son la verdad.
De modo que si somos católicos tenemos la verdad, y no solo la tenemos sino que la debemos difundir y defender.
La cobardía de los buenos fomenta la osadía de los malos, y si nos callamos y no decimos las cosas como son, y de la forma que nos las sugiere el Espíritu Santo, el Espíritu de la Verdad, entonces no estamos cumpliendo bien nuestra misión de ser luz y sal del mundo. Porque muchas veces tenemos que reconocer que sentimos miedo a quedar desactualizados, o desfasados, y así el mal va ganando terreno, y por conservar una amistad o no “chocar” con ninguno, nos quedamos callados como perros mudos que no defienden a la grey.
Es tiempo de recordar que el Señor ha dicho que quien se avergüence de Él y de sus palabras ante esta generación pervertida, el Señor se avergonzará de él cuando venga en Su Gloria.
Está bien ser prudentes, pero cuidado con caer en la prudencia humana o en la diplomacia, que generalmente es el arte de mentir y ocultar verdades. Jesucristo no nos ha hecho diplomáticos, sino apóstoles y discípulos, para que sin miedo y con mucho valor llevemos la Buena Noticia a toda la creación.
Lo que nos debe importar es lo que piense Dios de nosotros, y lo que digan los hombres nos debe dejar indiferentes, porque el mundo pasa, y los hombres pasan con él.
Es tiempo de que los cristianos empecemos a llamar a las cosas por su nombre, a dejar de adaptarnos al mundo moderno mimetizándonos con él. Ha llegado la hora de hablar claro, de condenar el error, sea donde fuere que se manifieste, y así quizás no tengamos muchos admiradores terrenos, pero seremos la admiración de Dios, que nos preparará un lugar elegido a su lado.
A veces por no querer quedar mal con un amigo, o por no arriesgar el empleo o el negocio con alguien, callamos miserablemente las verdades que sabemos. Y así dejamos a cada uno en su error, y no hacemos nada para advertir al pecador que va por el mal camino. Tengamos presente que la Sagrada Escritura dice que hay que corregir al desviado porque de lo contrario se pedirá cuenta de su condenación a quien, pudiendo, no le corrigió ni advirtió.
Pensemos en estas cosas y comencemos a partir de hoy mismo a animarnos a decir las cosas como son, como nos enseña Jesucristo por medio de su Iglesia Católica, siendo fieles a la Tradición y al Magisterio, porque la Verdad existe, está en la Iglesia Católica, y los católicos la debemos dar a conocer, aunque con ello perdamos clientes, amigos, parientes, negocios, bienes y la misma vida.
Sin embargo Cristo ha dicho que Él es la Verdad, y que todas sus enseñanzas son la verdad.
De modo que si somos católicos tenemos la verdad, y no solo la tenemos sino que la debemos difundir y defender.
La cobardía de los buenos fomenta la osadía de los malos, y si nos callamos y no decimos las cosas como son, y de la forma que nos las sugiere el Espíritu Santo, el Espíritu de la Verdad, entonces no estamos cumpliendo bien nuestra misión de ser luz y sal del mundo. Porque muchas veces tenemos que reconocer que sentimos miedo a quedar desactualizados, o desfasados, y así el mal va ganando terreno, y por conservar una amistad o no “chocar” con ninguno, nos quedamos callados como perros mudos que no defienden a la grey.
Es tiempo de recordar que el Señor ha dicho que quien se avergüence de Él y de sus palabras ante esta generación pervertida, el Señor se avergonzará de él cuando venga en Su Gloria.
Está bien ser prudentes, pero cuidado con caer en la prudencia humana o en la diplomacia, que generalmente es el arte de mentir y ocultar verdades. Jesucristo no nos ha hecho diplomáticos, sino apóstoles y discípulos, para que sin miedo y con mucho valor llevemos la Buena Noticia a toda la creación.
Lo que nos debe importar es lo que piense Dios de nosotros, y lo que digan los hombres nos debe dejar indiferentes, porque el mundo pasa, y los hombres pasan con él.
Es tiempo de que los cristianos empecemos a llamar a las cosas por su nombre, a dejar de adaptarnos al mundo moderno mimetizándonos con él. Ha llegado la hora de hablar claro, de condenar el error, sea donde fuere que se manifieste, y así quizás no tengamos muchos admiradores terrenos, pero seremos la admiración de Dios, que nos preparará un lugar elegido a su lado.
A veces por no querer quedar mal con un amigo, o por no arriesgar el empleo o el negocio con alguien, callamos miserablemente las verdades que sabemos. Y así dejamos a cada uno en su error, y no hacemos nada para advertir al pecador que va por el mal camino. Tengamos presente que la Sagrada Escritura dice que hay que corregir al desviado porque de lo contrario se pedirá cuenta de su condenación a quien, pudiendo, no le corrigió ni advirtió.
Pensemos en estas cosas y comencemos a partir de hoy mismo a animarnos a decir las cosas como son, como nos enseña Jesucristo por medio de su Iglesia Católica, siendo fieles a la Tradición y al Magisterio, porque la Verdad existe, está en la Iglesia Católica, y los católicos la debemos dar a conocer, aunque con ello perdamos clientes, amigos, parientes, negocios, bienes y la misma vida.
domingo, 9 de abril de 2017
Salmo...
Salmo 22(21),8-9.17-18a.19-20.23-24.
Los que me ven, se burlan de mí,
hacen una mueca y mueven la cabeza, diciendo:
«Confió en el Señor, que Él lo libre;
que lo salve, si lo quiere tanto.»
Me rodea una jauría de perros,
me asalta una banda de malhechores;
taladran mis manos y mis pies.
Yo puedo contar todos mis huesos.
Se reparten entre sí mi ropa
y sortean mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
tú que eres mi fuerza, ven pronto a socorrerme.
Yo anunciaré tu Nombre a mis hermanos,
te alabaré en medio de la asamblea:
«Alábenlo, los que temen al Señor;
glorifíquenlo, descendientes de Jacob;
témanlo, descendientes de Israel.»
hacen una mueca y mueven la cabeza, diciendo:
«Confió en el Señor, que Él lo libre;
que lo salve, si lo quiere tanto.»
Me rodea una jauría de perros,
me asalta una banda de malhechores;
taladran mis manos y mis pies.
Yo puedo contar todos mis huesos.
Se reparten entre sí mi ropa
y sortean mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
tú que eres mi fuerza, ven pronto a socorrerme.
Yo anunciaré tu Nombre a mis hermanos,
te alabaré en medio de la asamblea:
«Alábenlo, los que temen al Señor;
glorifíquenlo, descendientes de Jacob;
témanlo, descendientes de Israel.»
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