Hubo un momento
Hubo un momento en el que creías que la tristeza sería eterna... pero volviste a sorprenderte a ti mismo riendo sin parar.
Hubo un momento en el que dejaste de creer en el amor y luego... apareció esa persona y no pudiste dejar de amarla cada día más.
Hubo un momento en el que la amistad parecía no existir... y conociste a ese amigo/a que te hizo reír y llorar, en los mejores y en los peores momentos.
Hubo un momento en el que estabas seguro que la comunicación con alguien se había perdido... y fue luego cuando el cartero visitó el buzón de tu casa.
Hubo un momento en el que una pelea prometía ser eterna... y sin dejarte ni siquiera entristecerte terminó en un abrazo.
Hubo un momento en que un examen parecía imposible de pasar... y hoy es un examen más que aprobaste en tu carrera.
Hubo un momento en el que dudaste de encontrar un buen trabajo... y hoy puedes darte el lujo de ahorrar para el futuro.
Hubo un momento en el que sentiste que no podrías hacer algo... y hoy te sorprendes a ti mismo haciéndolo.
Hubo un momento en el que creíste que nadie podía comprenderte... y te quedaste boquiabierto mientras alguien parecía leer tu corazón.
Así como hubo momentos en que la vida cambió en un instante, nunca olvides que aún habrá momentos en que lo imposible se tornará un sueño hecho realidad. Pídele por ello al Señor.
Nunca dejes de soñar, porque soñar es el principio de un sueño hecho realidad.
¡QUE LA DISTANCIA A TUS METAS SEA LA MISMA QUE EXISTE ENTRE DIOS Y TU CORAZÓN!
jueves, 20 de julio de 2017
miércoles, 19 de julio de 2017
Purgatorio...
Mensajes desde el Purgatorio.
19 de julio de 1976
EL ÚNICO DESEO
Somos almas de la Iglesia Purgante en espera de nuestro encuentro con el eterno Juez divino.
Somos almas que esperamos el consuelo de la ayuda fraterna que apresure nuestra liberación.
Consideramos superfluo intentar tratar de haceros comprender nuestra pena.
Si una imagen pudiera servir para daros una idea de ello, entonces os decimos: intentad imaginar a un hombre que arde entre las llamas y el deseo que tiene de salir para sumergirse en aguas frescas y limpias.
Es una pálida idea que puede haceros comprender el deseo ardiente de poner fin a la atormentada espera que nos impide unirnos al solo, único Bien por quien hemos sido creados.
En la tierra, distraídos como estáis continuamente por mil intereses, influidos por los sentidos y distraídos en tantas exigencias de la vida material, vosotros no podéis comprendernos a nosotros, almas purgantes. Estamos abrasadas por la única necesidad, por la única aspiración, por el único e inmutable deseo: reunirnos con Aquel, que es Causa y Fin de nuestra existencia. No podéis comprendernos, porque vemos de manera diferente a vosotros. Hermano sacerdote, Don O., tú sabes que no podemos hacer nada por nosotras mismas; pero sabes bien que podemos rezar y obtener para vosotros, todavía militantes en la tierra.
Esto sucede por un admirable designio de la Providencia que ha querido que circule en toda la Iglesia, como Cuerpo Místico, el amor que transcurre entre Jesús y los miembros entre ellos.
19 de julio de 1976
EL ÚNICO DESEO
Somos almas de la Iglesia Purgante en espera de nuestro encuentro con el eterno Juez divino.
Somos almas que esperamos el consuelo de la ayuda fraterna que apresure nuestra liberación.
Consideramos superfluo intentar tratar de haceros comprender nuestra pena.
Si una imagen pudiera servir para daros una idea de ello, entonces os decimos: intentad imaginar a un hombre que arde entre las llamas y el deseo que tiene de salir para sumergirse en aguas frescas y limpias.
Es una pálida idea que puede haceros comprender el deseo ardiente de poner fin a la atormentada espera que nos impide unirnos al solo, único Bien por quien hemos sido creados.
En la tierra, distraídos como estáis continuamente por mil intereses, influidos por los sentidos y distraídos en tantas exigencias de la vida material, vosotros no podéis comprendernos a nosotros, almas purgantes. Estamos abrasadas por la única necesidad, por la única aspiración, por el único e inmutable deseo: reunirnos con Aquel, que es Causa y Fin de nuestra existencia. No podéis comprendernos, porque vemos de manera diferente a vosotros. Hermano sacerdote, Don O., tú sabes que no podemos hacer nada por nosotras mismas; pero sabes bien que podemos rezar y obtener para vosotros, todavía militantes en la tierra.
Esto sucede por un admirable designio de la Providencia que ha querido que circule en toda la Iglesia, como Cuerpo Místico, el amor que transcurre entre Jesús y los miembros entre ellos.
martes, 18 de julio de 2017
Conversión...
“El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad; no se complace en la muerte del malvado sino en que cambie de conducta y viva” (Jl 2,13). No es impaciente como el hombre sino que espera sin prisas nuestra conversión y sabe retirar su malicia de nosotros de manera que, si nos convertimos de nuestros pecados, él retira de nosotros sus castigos y aparta de nosotros sus amenazas, cambiando ante nuestro cambio…
Sin embargo, el profeta, que acaba de decir: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad y sabe retirar su malicia”, a fin de que la magnitud de su clemencia no nos haga negligentes en el bien, añade el profeta: “Quizá se arrepienta y nos perdone y nos deje todavía su bendición” (v. 14). Por eso dice, yo, por mi parte, exhorto a la penitencia y reconozco que Dios es infinitamente misericordioso, como dice el profeta David: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa” (Sl 50,3). Pero, como sea que no podemos conocer hasta donde llega el abismo de las riquezas y sabiduría de Dios (Rm 11,33), prefiero ser discreto en mis afirmaciones y decir sin presunción: “Quizá se arrepienta y nos perdone”. Al decir “quizá” ya está indicando que se trata de algo o bien imposible o por lo menos difícil.
Sin embargo, el profeta, que acaba de decir: “El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad y sabe retirar su malicia”, a fin de que la magnitud de su clemencia no nos haga negligentes en el bien, añade el profeta: “Quizá se arrepienta y nos perdone y nos deje todavía su bendición” (v. 14). Por eso dice, yo, por mi parte, exhorto a la penitencia y reconozco que Dios es infinitamente misericordioso, como dice el profeta David: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad, por tu inmensa compasión borra mi culpa” (Sl 50,3). Pero, como sea que no podemos conocer hasta donde llega el abismo de las riquezas y sabiduría de Dios (Rm 11,33), prefiero ser discreto en mis afirmaciones y decir sin presunción: “Quizá se arrepienta y nos perdone”. Al decir “quizá” ya está indicando que se trata de algo o bien imposible o por lo menos difícil.
lunes, 17 de julio de 2017
Evangelio del día...
Evangelio del día.
Lunes 17/JUL/17.
Mt 10, 34-11, 1.
Perder la vida.
Jesús dijo a sus apóstoles: “No piensen que he venido a traer la paz sobre la tierra. No vine a traer la paz, sino la espada. Porque he venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre y a la nuera con su suegra; y así, el hombre tendrá como enemigos a los de su propia casa. El que ama a su padre o a su madre más que a mí no es digno de mí; y el que ama a su hijo o a su hija más que a mí no es digno de mí. El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí. El que encuentre su vida la perderá; y el que pierda su vida por mí la encontrará. El que los recibe a ustedes me recibe a mí; y el que me recibe, recibe a Aquél que me envió. El que recibe a un profeta por ser profeta tendrá la recompensa de un profeta; y el que recibe a un justo por ser justo tendrá la recompensa de un justo. Les aseguro que cualquiera que dé a beber, aunque sólo sea un vaso de agua fresca, a uno de estos pequeños por ser mi discípulo no quedará sin recompensa”. Cuando Jesús terminó de dar estas instrucciones a sus doce discípulos, partió de allí, para enseñar y predicar en las ciudades de la región.
Reflexión:
Jesús dice en este Evangelio: “El que encuentre su vida la perderá; y el que pierda su vida por mí la encontrará”. Esto debemos tenerlo siempre presente a nuestra inteligencia porque esta vida que tenemos es un tiempo de prueba para adquirir la Vida con mayúscula que es el Cielo. Y si nosotros nos aferramos a esta vida y queremos disfrutarla y aprovecharla según los criterios del mundo, es decir, si queremos divertirnos y pasarlo bien en este mundo, entonces lamentablemente perderemos el Cielo, pues ya habremos tenido todos los consuelos en esta tierra. En cambio si en esta vida renunciamos a las comodidades y gustos para seguir la Voluntad de Dios, parecerá a los mundanos que nuestra vida es desaprovechada e inútil, pero nosotros sabemos que de esa forma la conservaremos para la eternidad dichosa.
Pidamos a la Santísima Virgen la gracia de darnos cuenta que esta vida es una prueba y una sala de espera para entrar a la eternidad, y según cómo la aprovechemos será nuestro destino eterno.
Jesús, María, os amo, salvad las almas.
domingo, 16 de julio de 2017
sábado, 15 de julio de 2017
El mal...
El verdadero mal.
El
verdadero mal es el pecado. Por el pecado, el Hijo de Dios tuvo que
sufrir infinita y atrozmente. Por el pecado vienen todas las calamidades
al mundo, a nuestras familias y a nuestras vidas. Por el pecado se
merecen una eternidad de tormentos en el Infierno, o siglos y siglos en
las llamas del Purgatorio.
Siendo esto así, tenemos que darnos cuenta de que aquí hay en el mundo una gran astucia del Maligno, que nos esconde la “peligrosidad” del pecado y la gran maldad que es.
También Eva, en el paraíso terrenal, creyó que el pecado era inofensivo, y que Dios daba sus mandamientos sin razón.
Nosotros a veces pensamos que si cometemos el pecado “no pasará nada” y que no es tan grave. Esto es un gran engaño del mundo y del demonio para llevarnos por el camino de la perdición.
Ya lo ha dicho el Señor en el Evangelio que quien lo ama es aquél que cumple los Mandamientos dados por Dios a Moisés, y también los mandamientos dados por Jesús en el Nuevo Testamento.
¡Cuánta gente engañada que cree amar a Cristo, pero no trata de cumplir los Diez Mandamientos! Y ya Jesús ha dicho que aunque muchos hablen en su Nombre, o hasta incluso que hagan milagros en su Nombre, si no cumplen la voluntad de Dios, la voluntad del Padre expresada en los Mandamientos, no se salvarán.
Pensemos un poco en estas verdades y reflexionemos si en realidad no estamos dejándonos llevar un poco por la mentalidad del mundo, que a todas horas y por todos los medios masivos de comunicación nos incitan al pecado, tratando de convencernos de que es bueno transgredir las Leyes de Dios, de que es un ejercicio de la libertad. ¡Qué engaño colosal y diabólico que hay aquí! Y su cantinela a todas horas, inculcando por todos lados esta diabólica insinuación de que no es tan grave pecar, sino que incluso es bueno.
Abramos los ojos antes de que sea demasiado tarde, antes de que la corriente anticristiana que todo lo quiere arrasar, nos arrastre también a nosotros por el mal camino.
Dios no cambia. El demonio no cambia. El pecado no cambia ni cambiará, y lo que antes era pecado, hoy lo sigue siendo. Tengamos esto en cuenta para no caer en las fauces del Maligno.
Aprovechemos la Misericordia de Dios para levantarnos del pecado, pero no para pecar diciendo “después me confieso y listo”. No hagamos así, porque no sabemos si tendremos tiempo y modo de confesarnos antes de nuestra muerte. Aparte cada pecado cometido va dejando como heridas en el alma, y si bien la confesión sacramental perdona los pecados, es cierto también que no conviene pecar más, acudiendo a los sacramentos y a la oración para no volver a caer.
Hay que entrar por la puerta estrecha, la puerta del cumplimiento de los Diez Mandamientos, que son diez, y no dos o tres, sino diez.
Que Dios nos ayude a ver estas verdades y nos dé la fuerza para ir por el buen camino, aunque nos cueste mucho, porque el premio es grande, es desmesurado; y en cambio el castigo del pecado es eterno.
Siendo esto así, tenemos que darnos cuenta de que aquí hay en el mundo una gran astucia del Maligno, que nos esconde la “peligrosidad” del pecado y la gran maldad que es.
También Eva, en el paraíso terrenal, creyó que el pecado era inofensivo, y que Dios daba sus mandamientos sin razón.
Nosotros a veces pensamos que si cometemos el pecado “no pasará nada” y que no es tan grave. Esto es un gran engaño del mundo y del demonio para llevarnos por el camino de la perdición.
Ya lo ha dicho el Señor en el Evangelio que quien lo ama es aquél que cumple los Mandamientos dados por Dios a Moisés, y también los mandamientos dados por Jesús en el Nuevo Testamento.
¡Cuánta gente engañada que cree amar a Cristo, pero no trata de cumplir los Diez Mandamientos! Y ya Jesús ha dicho que aunque muchos hablen en su Nombre, o hasta incluso que hagan milagros en su Nombre, si no cumplen la voluntad de Dios, la voluntad del Padre expresada en los Mandamientos, no se salvarán.
Pensemos un poco en estas verdades y reflexionemos si en realidad no estamos dejándonos llevar un poco por la mentalidad del mundo, que a todas horas y por todos los medios masivos de comunicación nos incitan al pecado, tratando de convencernos de que es bueno transgredir las Leyes de Dios, de que es un ejercicio de la libertad. ¡Qué engaño colosal y diabólico que hay aquí! Y su cantinela a todas horas, inculcando por todos lados esta diabólica insinuación de que no es tan grave pecar, sino que incluso es bueno.
Abramos los ojos antes de que sea demasiado tarde, antes de que la corriente anticristiana que todo lo quiere arrasar, nos arrastre también a nosotros por el mal camino.
Dios no cambia. El demonio no cambia. El pecado no cambia ni cambiará, y lo que antes era pecado, hoy lo sigue siendo. Tengamos esto en cuenta para no caer en las fauces del Maligno.
Aprovechemos la Misericordia de Dios para levantarnos del pecado, pero no para pecar diciendo “después me confieso y listo”. No hagamos así, porque no sabemos si tendremos tiempo y modo de confesarnos antes de nuestra muerte. Aparte cada pecado cometido va dejando como heridas en el alma, y si bien la confesión sacramental perdona los pecados, es cierto también que no conviene pecar más, acudiendo a los sacramentos y a la oración para no volver a caer.
Hay que entrar por la puerta estrecha, la puerta del cumplimiento de los Diez Mandamientos, que son diez, y no dos o tres, sino diez.
Que Dios nos ayude a ver estas verdades y nos dé la fuerza para ir por el buen camino, aunque nos cueste mucho, porque el premio es grande, es desmesurado; y en cambio el castigo del pecado es eterno.
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