miércoles, 27 de diciembre de 2017

Confesión...

Matar el error, amar al que yerra

Después me confieso.
Cuando se nos presenta la tentación, se puede presentar también la idea de cometer el pecado pensando: “Total, después me confieso y listo”, y así el demonio nos puede hacer cometer el pecado tranquilamente con el propósito de confesarlo después.
El que procede así es un insensato, porque ¿quién nos asegura que tendremos ese “después” para poder confesarnos? ¿Quién nos asegura que no moriremos antes de hacer la confesión?
Además, debemos saber que cada vez que cometemos un pecado mortal, el alma queda herida gravemente, y aunque después recibamos el perdón en la confesión, siempre queda una cicatriz en el alma, que nos hace más débiles cuantas más veces hemos cedido a la tentación.
No pequemos nunca, por nada del mundo, porque por un pecado mortal perdemos la gracia, el Cielo y nos condenamos al Infierno, y no sabemos si tendremos modo y forma de confesarnos. Porque hay que saber que el demonio después del pecado, nos quiere convencer de que no nos confesemos, o que nos confesemos pero que callemos ese pecado que nos da vergüenza confesar.
Lo que sucede es que el demonio es insaciable en el mal, y siempre quiere más de nosotros. No se conforma con hacernos caer en el pecado, sino que cada vez nos quiere llevar más profundamente al abismo de donde no se sale. Por eso tenemos que resistirle desde el principio, con coraje. Pero poco o nada podremos hacer si no estamos acostumbrados a luchar por medio de la fuerza que nos viene de la oración frecuente, y de la recepción frecuente de los sacramentos, especialmente de la Eucaristía, que es el Pan de los Fuertes.
Digamos como los santos: “¡Morir antes que pecar!” y tratemos de cumplirlo. Porque nadie nos asegura que después del pecado tengamos tiempo y modo de confesarnos, y ya sabemos que si morimos con un pecado mortal en el alma, nos espera el Infierno eterno.

martes, 26 de diciembre de 2017

vivire por siempre en tu corazón...

Reflexiones...

Confiemos.

Confiemos en Dios. Confiemos en la Virgen. Porque si confiamos en Dios, Él hará maravillas por nosotros y por quienes amamos. Dios es todopoderoso, pero con nuestra poca confianza en Él, es como que le atamos las manos y así no puede hacer prácticamente nada por nosotros y por nuestras cosas.
¡Cuánto aprecia y valora el Señor, nuestra fe y confianza en Él!
Dios puede hacer cualquier cosa, porque como bien le dijo el Arcángel San Gabriel a la Santísima Virgen en la Anunciación: “Para Dios no hay nada imposible”. Entonces debemos tener siempre esto bien presente, esta verdad de que Dios todo lo puede. Pero para actuar en nuestras vidas, en las vidas de aquellos que amamos, y en el mundo entero, necesita de nuestra confianza.
Si confiamos en Dios entonces ya tenemos todo solucionado, porque en la medida de nuestra confianza, serán las gracias y favores celestiales que recibiremos.
Pero también veamos las cosas con la óptica de Dios, y no rechacemos las cruces que Dios nos envía, o que permite en nuestras vidas, puesto que los sufrimientos y padecimientos son fuentes de gracias y méritos, para alcanzar favores para nosotros, para los seres queridos, y para el mundo entero.
Los Santos sabían el gran valor que tiene el dolor, el sufrimiento, y a veces nosotros no sabemos apreciar esto, sino que queremos librarnos de todos los padecimientos. Sin embargo, ya nos ha dicho el Señor que para seguirle hay que renunciar a uno mismo, tomar la cruz de cada día y seguirlo.
Pidamos al Señor que nos alivie el sufrimiento para no caer bajo su peso, pero tengamos presente que Dios nos hace un gran don cuando nos regala alguna cruz. Así lo veían los santos, y así debemos también verlo nosotros.
Pero si confiamos en Dios, si confiamos realmente en Él, Dios hará grandes milagros para nosotros y viviremos felices porque estaremos convencidos de que Dios nos ama y hasta las mismas cruces son regalos amorosos del Padre eterno.
Y si somos débiles para sufrir, o para ver sufrir, entonces con ilimitada confianza, pidámosle al Señor y a su Madre, que nos libren de los dolores de alma, cuerpo y mente, y de todo lo que inquieta y perturba nuestra vida, y tengamos la seguridad de que Dios nos oirá y pondrá en movimiento su omnipotencia para socorrernos adecuadamente.