La
tercera característica de la muerte cristiana es morir como Cristo.
¿Cómo murió Nuestro Señor Jesucristo? Mártir del cumplimiento de su
deber. Había recibido de su Eterno Padre la misión de predicar el
Evangelio a toda criatura y de morir en lo alto de una cruz para salvar a
todo el género humano, y lo cumplió perfectamente, con maravillosa
exactitud. Precisamente, cuando momentos antes de morir contempló en
sintética mirada retrospectiva el conjunto de profecías del Antiguo
Testamento que habían hablado de Él, vio que se habían cumplido todas al
pie de la letra, hasta en sus más mínimos detalles. Y fue entonces
cuando lanzó un grito de triunfo: ¡Consumatum est, todo está cumplido!
¡Qué dicha la nuestra, señores, si a la hora de la muerte podemos
exclamar también: “He cumplido mi misión en este mundo, he cumplido la
voluntad adorable de Dios”!
Cierto que no podremos decirlo del
mismo modo que Nuestro Señor Jesucristo. Cierto que todos somos
pecadores y hemos tenido, a lo largo de la vida, muchos momentos de
debilidad y cobardía. Cierto que hemos ofendido a Dios y nos hemos
apartado de sus divinos preceptos por seguir los antojos del mundo o el
ímpetu de nuestras pasiones. Pero todo puede repararse por el
arrepentimiento y la penitencia. Estamos a tiempo todavía.
¡Muchacho que me escuchas! Feliz de ti si a la hora de la muerte,
acordándote de tus años mozos, puedes decir ante tu propia conciencia:
“Lo cumplí. ¡Cuánto me costó resolver el problema de la pureza! Mi
sangre joven me hervía en las venas, pero fui valiente y resistí.
Invoqué a la Virgen, huí de los peligros, comulgué diariamente, ejercité
mi voluntad, se lo pedí ardientemente a Dios... Y ahora muero
tranquilo, ofreciéndole a Dios el lirio de mi pureza juvenil”.
¡Padre de familia! Me hago cargo perfectamente. Cuesta mucho el
cumplimiento exacto de los deberes matrimoniales: aceptar todos los
hijos que Dios mande, educarles cristianamente, guardar fidelidad
inviolable al otro cónyuge, cumplir exactamente las obligaciones del
propio estado. Pero recuerda que estamos en este mundo como huéspedes y
peregrinos, que “no tenemos aquí ciudad permanente, sino que vamos en
busca de la que está por venir” (Hebr 13, 14) ¡Levanta tus ojos al
cielo! Y, aunque te cueste ahora un sacrificio, cumple íntegramente con
tu deber, para poder morir tranquilo cuando te llegue la hora suprema.
¡Comerciante, financiero, industrial, hombre de negocios! El dinero es
una terrible tentación para la mayoría de los hombres. Pero acuérdate de
que no podrás llevarte más allá del sepulcro un solo céntimo: lo
tendrás que dejar todo del lado de acá. ¡Gana, si es preciso, la mitad o
la tercera parte de lo que ganas ahora, pero gánalo honradamente! Que
no tengas que lamentarlo a la hora de la muerte –cuando es tan difícil
reparar el daño causado y restituir el dinero mal adquirido– y puedas
decir, por el contrario: “me costó mucho, pero hice ese sacrificio;
muero tranquilo; he cumplido con mi deber”.
"El misterio del más allá" Royo Marin