viernes, 23 de febrero de 2018
Desánimo...
El desánimo.
El desánimo es el arma preferida que usa Satanás para hacernos
inofensivos en el campo del bien. Efectivamente el diablo sabe muy bien
que alguien desanimado es una presa fácil para llevarla al pecado y a la
desesperación.
También el Señor ha sido probado con esta arma del infierno, y cuando en el desierto Jesús ayunó durante cuarenta días, durante ellos el demonio le mostró para cuántas almas sería inútil su Sacrificio, y quiso inducirlo a que baje los brazos, a que abandone la empresa de la salvación.
Cuando en la Última Cena, y especialmente en el Huerto de los Olivos el demonio le mostró para cuántas almas sería inútil no sólo el Sacrificio en la cruz, sino la multitud de pecados que se cometerían contra el Santo Sacrificio del Altar, la Santa Misa y la Eucaristía, también quiso el diablo hacer desistir a Jesús de que estableciera el Sacramento del amor, la Eucaristía.
Pero ¿cómo respondió el Señor a todos los intentos del Infierno por hacerlo desanimar y que vuelva atrás? Respondió con la oración, con la entrega completa y hasta el final, poniendo todo en las manos del Padre Eterno, y confiando a la obra del Espíritu Santo todo lo que estaba por venir.
Nosotros también seremos tentados por el Maligno con su arma preferida del desánimo, y no pocas veces debemos reconocer que hemos cedido al desconsuelo, al ver tanto mal en el mundo, tantas desgracias, tanto dolor. Pero no escuchemos al Mal, sino confiemos en Dios y en su bondad infinita, sabiendo que el Bien vence, y vencerá, al Mal. Y si tenemos confianza en Dios, es el mejor antídoto para el desánimo y el desaliento.
Aunque a veces nos parezca que no hacemos nada, o que lo que hacemos sea inútil, no nos descorazonemos porque Dios hará producir frutos a todo nuestro obrar, pues el Señor no paga tanto por el fruto obtenido, sino por el trabajo y el esfuerzo puesto en lo que hacemos.
En muchas partes de la Sagrada Escritura se dan ejemplos de lo que significa resistir hasta el fin, de esperar contra toda esperanza. Uno de esos ejemplos está en Abraham que creyó hasta el fin cuando se le pidió que sacrificara a su propio hijo, el hijo de la promesa. Y la Santísima Virgen que esperó contra toda esperanza al ver a su Hijo torturado y muerto, y esperar la Resurrección hasta el final.
Son momentos difíciles que nos tocarán vivir algún día, pero ¡qué gran mérito si llevamos nuestra fe y esperanza hasta el fin! Los Ángeles y todo el Paraíso se asombran de los valientes soldados que creen y esperan hasta las últimas consecuencias.
Recordemos que nuestra fe y esperanza están puestas en Dios, que es el Ser Todopoderoso para Quien no existen imposibles. Siendo esto así, lo que resta es esperar y creer hasta el fin, sin bajar los brazos y poniendo toda nuestra confianza en Dios, hasta el fin, hasta la eternidad.
También el Señor ha sido probado con esta arma del infierno, y cuando en el desierto Jesús ayunó durante cuarenta días, durante ellos el demonio le mostró para cuántas almas sería inútil su Sacrificio, y quiso inducirlo a que baje los brazos, a que abandone la empresa de la salvación.
Cuando en la Última Cena, y especialmente en el Huerto de los Olivos el demonio le mostró para cuántas almas sería inútil no sólo el Sacrificio en la cruz, sino la multitud de pecados que se cometerían contra el Santo Sacrificio del Altar, la Santa Misa y la Eucaristía, también quiso el diablo hacer desistir a Jesús de que estableciera el Sacramento del amor, la Eucaristía.
Pero ¿cómo respondió el Señor a todos los intentos del Infierno por hacerlo desanimar y que vuelva atrás? Respondió con la oración, con la entrega completa y hasta el final, poniendo todo en las manos del Padre Eterno, y confiando a la obra del Espíritu Santo todo lo que estaba por venir.
Nosotros también seremos tentados por el Maligno con su arma preferida del desánimo, y no pocas veces debemos reconocer que hemos cedido al desconsuelo, al ver tanto mal en el mundo, tantas desgracias, tanto dolor. Pero no escuchemos al Mal, sino confiemos en Dios y en su bondad infinita, sabiendo que el Bien vence, y vencerá, al Mal. Y si tenemos confianza en Dios, es el mejor antídoto para el desánimo y el desaliento.
Aunque a veces nos parezca que no hacemos nada, o que lo que hacemos sea inútil, no nos descorazonemos porque Dios hará producir frutos a todo nuestro obrar, pues el Señor no paga tanto por el fruto obtenido, sino por el trabajo y el esfuerzo puesto en lo que hacemos.
En muchas partes de la Sagrada Escritura se dan ejemplos de lo que significa resistir hasta el fin, de esperar contra toda esperanza. Uno de esos ejemplos está en Abraham que creyó hasta el fin cuando se le pidió que sacrificara a su propio hijo, el hijo de la promesa. Y la Santísima Virgen que esperó contra toda esperanza al ver a su Hijo torturado y muerto, y esperar la Resurrección hasta el final.
Son momentos difíciles que nos tocarán vivir algún día, pero ¡qué gran mérito si llevamos nuestra fe y esperanza hasta el fin! Los Ángeles y todo el Paraíso se asombran de los valientes soldados que creen y esperan hasta las últimas consecuencias.
Recordemos que nuestra fe y esperanza están puestas en Dios, que es el Ser Todopoderoso para Quien no existen imposibles. Siendo esto así, lo que resta es esperar y creer hasta el fin, sin bajar los brazos y poniendo toda nuestra confianza en Dios, hasta el fin, hasta la eternidad.
jueves, 22 de febrero de 2018
Prédicas...
Dios misericordioso
Abajarse.
La Misericordia de Dios es el abajamiento de Dios hacia la criatura que padece, ya sea en el cuerpo o en el alma.
Justamente la misericordia es compadecerse en el corazón de las miserias ajenas. Y así Dios tiene misericordia con sus criaturas, y especialmente con los pobres pecadores, que son los más miserables, pues han perdido, con el pecado, toda su riqueza, que es la gracia santificante, que es Dios mismo.
Por eso la Encarnación del Verbo es sobre todo una obra de misericordia que tuvo Dios con los hombres, porque el Señor vino a la tierra para rescatar a los hombres extraviados y engañados y atrapados por Satanás, que los tenía esclavizados para siempre.
Y si pensamos que Dios ha hecho esto por nosotros, entonces no podemos desconfiar de la Misericordia de Dios, que si realizó semejante prodigio de hacerse hombre y morir crucificado, no nos dejará ahora a merced del enemigo.
La Misericordia divina necesita miserias para quemar. Así que los mayores pecadores son los que más derecho tienen a recibir esta Misericordia y los que más la pueden aprovechar.
Justamente la misericordia es compadecerse en el corazón de las miserias ajenas. Y así Dios tiene misericordia con sus criaturas, y especialmente con los pobres pecadores, que son los más miserables, pues han perdido, con el pecado, toda su riqueza, que es la gracia santificante, que es Dios mismo.
Por eso la Encarnación del Verbo es sobre todo una obra de misericordia que tuvo Dios con los hombres, porque el Señor vino a la tierra para rescatar a los hombres extraviados y engañados y atrapados por Satanás, que los tenía esclavizados para siempre.
Y si pensamos que Dios ha hecho esto por nosotros, entonces no podemos desconfiar de la Misericordia de Dios, que si realizó semejante prodigio de hacerse hombre y morir crucificado, no nos dejará ahora a merced del enemigo.
La Misericordia divina necesita miserias para quemar. Así que los mayores pecadores son los que más derecho tienen a recibir esta Misericordia y los que más la pueden aprovechar.
Necesita miserias.
La Misericordia de Dios necesita miserias para consumir y ser fecunda.
Recordemos siempre esto para no entristecernos si en la vida hemos
cometido muchos pecados o los seguimos cometiendo, puesto que si esto es
así, entonces somos los que tenemos más derecho a la Misericordia de
Dios, ya que ella necesita muchas miserias que consumir y quemar para
volvernos santos de tal magnitud que hasta los mismos ángeles se
asombrarán.
Sólo Dios es Santo. Sólo Dios es perfecto, y los hombres, quién más, quién menos, somos todos pecadores. Por eso el Señor ha querido envolver a todos los hombres en su Misericordia. Quien cree no necesitar de la Misericordia divina, se pone en peligro de condenarse, porque como la parábola del publicano en el Templo y el fariseo, así quien se cree limpio y no necesita del perdón de Dios, corre el riesgo de quedar afuera de la salvación.
Nosotros, como criaturas de Dios, no tenemos absolutamente nada que sea nuestro, porque todo nos lo ha dado Dios. Pero en realidad sí tenemos algo que es propiamente nuestro: los pecados, las miserias. Y esto es lo que Dios quiere que le entreguemos para convertirlos, por su Misericordia, en joyas de inestimable valor.
Sólo Dios es Santo. Sólo Dios es perfecto, y los hombres, quién más, quién menos, somos todos pecadores. Por eso el Señor ha querido envolver a todos los hombres en su Misericordia. Quien cree no necesitar de la Misericordia divina, se pone en peligro de condenarse, porque como la parábola del publicano en el Templo y el fariseo, así quien se cree limpio y no necesita del perdón de Dios, corre el riesgo de quedar afuera de la salvación.
Nosotros, como criaturas de Dios, no tenemos absolutamente nada que sea nuestro, porque todo nos lo ha dado Dios. Pero en realidad sí tenemos algo que es propiamente nuestro: los pecados, las miserias. Y esto es lo que Dios quiere que le entreguemos para convertirlos, por su Misericordia, en joyas de inestimable valor.
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