lunes, 4 de junio de 2018

Secreto...

Secreto.

Hay algo que el Señor nos ha dicho en su Evangelio, que si bien está explícito, no deja de ser un secreto admirable, pues pocos son quienes penetran en esta enseñanza y la llevan a la práctica.
Es lo referido a aquella palabra de Jesús, que es una promesa solemne, que dice: “Bienaventurados los misericordiosos, porque obtendrán misericordia”.
Y qué pena que no llevemos a la práctica este “secreto” que nos haría tanto bien a nosotros y a muchos. Porque todos necesitamos de la misericordia de Dios y de la misericordia de los prójimos. Y si practicamos la misericordia, entonces la obtendremos de Dios y de los hermanos.
Pero también debemos tener un juicio misericordioso, porque también el Señor nos ha dado otro secreto que nos dice que con la medida que midamos, seremos medidos. Así que si medimos misericordiosamente a los demás, también el Señor tendrá una medida misericordiosa para nosotros.
Tendríamos que leer y meditar más el Santo Evangelio, porque si bien no hay escrito nada nuevo en él, siempre encontraremos nuevas enseñanzas y tesoros inagotables de sabiduría y “secretos” que sólo se revelan a quienes profundizan en la Palabra de Dios por medio de la oración y la meditación, asistidos por el Espíritu Santo.
Son cosas que están ahí, pero debemos saber verlas, pues para quien tiene una mirada superficial, no se le revelan estas verdades.
Todos necesitamos de la misericordia de Dios. Y todo esto va unido a aquella palabra de Jesús que nos dice que se perdona mucho, a quien mucho ama. Por eso si tenemos muchos pecados, seamos muy misericordiosos, amemos mucho a Dios y a los hermanos, y nuestra multitud de pecados desparecerán en la Misericordia de Dios.
 

viernes, 1 de junio de 2018

Gente Maravillosa - Jose Luis Perales

Epístola...

Epístola I de San Pedro 4,7-13.
Ya se acerca el fin de todas las cosas: por eso, tengan la moderación y la sobriedad necesarias para poder orar.
Sobre todo, ámense profundamente los unos a los otros, porque el amor cubre todos los pecados.
Practiquen la hospitalidad, sin quejarse.
Pongan al servicio de los demás los dones que han recibido, como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios.
El que ha recibido el don de la Palabra, que la enseñe como Palabra de Dios. El que ejerce un ministerio, que lo haga como quien recibe de Dios ese poder, para que Dios sea glorificado en todas las cosas, por Jesucristo. ¡A él sea la gloria y el poder, por los siglos de los siglos! Amén.
Queridos míos, no se extrañen de la violencia que se ha desatado contra ustedes para ponerlos a prueba, como si les sucediera algo extraordinario.
Alégrense en la medida en que puedan compartir los sufrimientos de Cristo. Así, cuando se manifieste su gloria, ustedes también desbordarán de gozo y de alegría. 

jueves, 31 de mayo de 2018

Hoy...

El día de hoy.

El día de hoy es un regalo de que Dios nos ha dado, pues desde toda eternidad el Señor lo ha preparado para nosotros.
Tratemos de aprovecharlo para crecer en el amor a Él y a los hermanos, pues en este mundo estamos para conocer y amar a Dios, y amar a los prójimos en Dios.
Si no aprovechamos el tiempo de vida, que tenemos sobre la tierra, para ser más buenos y santos, para amar más y mejor, entonces será verdaderamente tiempo perdido.
Cada segundo que pasa es un obsequio que nos hace el Señor, para que le saquemos el jugo y lo utilicemos para crecer en sabiduría.
Y no pensemos que se trata de “hacer” mucho o cosas extraordinarias, sino usar de cada momento para hacer el bien que podamos, pues sólo tenemos el día de hoy para hacerlo, ya que mañana no sabemos si veremos la luz del sol.
Gracias a Dios todavía estamos vivos en este mundo, y por lo tanto es tiempo de obtener la Misericordia de Dios, pues luego viene la muerte y ya comienza el tiempo de la Justicia divina.
Aprovechemos el día de hoy para hacer buenas obras, rezar más y cumplir mejor nuestro deber de estado.
¡Cuántos ya están en el otro mundo, sufriendo en el Purgatorio, o padeciendo en el Infierno, por no haber tomado conciencia en vida, de que cada día que pasaba, era una oportunidad para salvarse y ser buenos!
Ya que nosotros todavía estamos en este cuerpo mortal, demos gracias a Dios y tomémonos la vida en serio, viviendo con alegría aún en medio de los sufrimientos, porque estar vivos es ya un motivo para dar gracias a Dios.

miércoles, 30 de mayo de 2018

El Papa y el mendigo...

El Papa y el mendigo

Un sacerdote norteamericano de la diócesis de Nueva York se disponía a rezar en una de las parroquias de Roma cuando, al entrar, se encontró con un mendigo. Después de observarlo durante un momento, el sacerdote se dio cuenta de que conocía a aquel hombre. ¡Era un compañero del seminario, ordenado sacerdote el mismo día que él¡. Ahora mendigaba por las calles.

El sacerdote, tras identificarse y saludarle, escuchó de labios del mendigo cómo había perdido su fe y su vocación. Quedó profundamente estremecido.

Al día siguiente el sacerdote llegado de Nueva York tenía la oportunidad de asistir a la Misa privada del Papa al que podría saludar al final de la celebración, como suele ser la costumbre. Al llegar su turno sintió el impulso de arrodillarse ante el santo Padre y pedir que rezara por su antiguo compañero de seminario, y describió brevemente la situación al Papa.

Un día después recibió la invitación del Vaticano para cenar con el Papa, en la que solicitaba llevara consigo al mendigo de la parroquia. El sacerdote volvió a la parroquia y le comentó a su amigo el deseo del Papa. Una vez convencido el mendigo, le llevó a su lugar de hospedaje, le ofreció ropa y la oportunidad de asearse.

El Pontífice, después de la cena, indicó al sacerdote de Nueva York que los dejara solos, y pidió al mendigo que escuchara su confesión. El hombre, impresionado, respondió que ya no era sacerdote, a lo que el Papa contestó: "una vez sacerdote, sacerdote siempre". "Pero estoy fuera de mis facultades de presbítero", insistió el mendigo. "Yo soy el obispo de Roma, me puedo encargar de eso", dijo el Papa.

El hombre escuchó la confesión del Santo Padre y le pidió a su vez que escuchara su propia confesión. Después de ella lloró amargamente. Al final Juan Pablo II le preguntó en qué parroquia había estado mendigando, y le designó asistente del párroco de la misma, y encargado de la atención a los mendigos.