viernes, 14 de septiembre de 2018
Confesión...
Matar el error, amar al que yerra
Después me confieso.
Cuando se nos presenta la tentación, se puede presentar también la idea
de cometer el pecado pensando: “Total, después me confieso y listo”, y
así el demonio nos puede hacer cometer el pecado tranquilamente con el
propósito de confesarlo después.
El que procede así es un insensato, porque ¿quién nos asegura que
tendremos ese “después” para poder confesarnos? ¿Quién nos asegura que
no moriremos antes de hacer la confesión?
Además, debemos saber que cada vez que cometemos un pecado mortal, el
alma queda herida gravemente, y aunque después recibamos el perdón en la
confesión, siempre queda una cicatriz en el alma, que nos hace más
débiles cuantas más veces hemos cedido a la tentación.
No pequemos nunca, por nada del mundo, porque por un pecado mortal
perdemos la gracia, el Cielo y nos condenamos al Infierno, y no sabemos
si tendremos modo y forma de confesarnos. Porque hay que saber que el
demonio después del pecado, nos quiere convencer de que no nos
confesemos, o que nos confesemos pero que callemos ese pecado que nos da
vergüenza confesar.
Lo que sucede es que el demonio es insaciable en el mal, y siempre
quiere más de nosotros. No se conforma con hacernos caer en el pecado,
sino que cada vez nos quiere llevar más profundamente al abismo de donde
no se sale. Por eso tenemos que resistirle desde el principio, con
coraje. Pero poco o nada podremos hacer si no estamos acostumbrados a
luchar por medio de la fuerza que nos viene de la oración frecuente, y
de la recepción frecuente de los sacramentos, especialmente de la
Eucaristía, que es el Pan de los Fuertes.
Digamos como los santos: “¡Morir antes que pecar!” y tratemos de
cumplirlo. Porque nadie nos asegura que después del pecado tengamos
tiempo y modo de confesarnos, y ya sabemos que si morimos con un pecado
mortal en el alma, nos espera el Infierno eterno.
jueves, 13 de septiembre de 2018
Abrazo...
¡Necesitaba un abrazo!
Respondí a una llamada de unos pequeños edificios en una tranquila parte de la ciudad. Asumí que recogería a algunos saliendo de una fiesta o un trabajador que tenía que llegar temprano a una fábrica de la zona industrial de la ciudad. Cuando llegué a las 2:30 am el edificio estaba oscuro excepto por una luz en la ventana del primer piso. Aunque la situación se veía peligrosa, yo siempre iba hacia la puerta. Este pasajero debe ser alguien que necesita de mi ayuda, razoné para mí.
Por lo tanto caminé hacia la puerta y toqué... "un minuto" respondió una frágil voz. Pude escuchar que algo era arrastrado a través del piso, después de una larga pausa, la puerta se abrió.
Una pequeña mujer de unos ochenta años se paró enfrente de mí. Ella llevaba puesto un vestido floreado, y un sombrero con un velo, como alguien de una película de los años 40. A su lado, una pequeña maleta de nylon. El apartamento se veía como si nadie hubiera vivido ahí durante muchos años. Todos los muebles estaban cubiertos con sábanas, no había relojes en las paredes, ninguna baratija o utensilio. En la esquina había una caja de cartón llena de fotos y una vajilla de cristal. La señora repetía su agradecimiento por mi gentileza.
- "No es nada", le dije. "Yo sólo intento tratar a mis pasajeros de la forma que me gustaría que mi mamá fuera tratada".
- "Oh, estoy segura de que es un buen hijo", dijo ella. Cuando llegamos al taxi me dio una dirección, entonces preguntó: - "¿Podría llevarme a través del centro?".
- "Ese no es el camino más corto", le respondí rápidamente.
- "Oh, no importa", dijo ella, "No tengo prisa, voy camino del asilo". La miré por el espejo retrovisor, sus ojos estaban llorosos.
- "No tengo familia"- ella continuó, "el doctor dice que no me queda mucho tiempo". Tranquilamente estiré mi brazo y apagué el taxímetro.
- "¿Qué ruta le gustaría que tomara?", le pregunté. Por las siguientes dos horas, conduje a través de la ciudad. Ella me enseñó el edificio donde había trabajado como operadora de elevadores. Me dirigí hacia el vecindario donde ella y su esposo habían vivido cuando ellos eran recién casados. Ella me pidió que nos detuviéramos enfrente de un almacén de muebles donde una vez hubo un salón de baile, al que ella iba a bailar cuando era joven. Algunas veces me pedía que pasara lentamente enfrente de un edificio en particular o una esquina y veía en la oscuridad, y no decía nada. Con el primer rayo de sol apareciéndose en el horizonte, ella repentinamente dijo:
- "Estoy cansada, vámonos ahora".
Me dirigí en silencio hacia la dirección que ella me había dado. Era un edificio bajo, como una pequeña casa de convalecencia, con un camino para autos que pasaba bajo un pórtico.
Dos asistentes vinieron hacia el taxi tan pronto como pudieron. Debían haber estado esperándola. Yo abrí la cajuela y dejé la pequeña maleta en la puerta. La mujer estaba lista para sentarse en una silla de ruedas.
- "¿Cuánto le debo?", ella preguntó, buscando en su bolsa.
- "Nada", le dije.
- "Tienes que vivir de algo", ella respondió.
- "Habrá otros pasajeros", yo respondí. Casi sin pensarlo, me agaché y la abracé. Ella me sostuvo con fuerza, y dijo:
- "¡¡¡Necesitaba un abrazo!!!".
Apreté su mano, entonces caminé hacia la luz de la mañana. Atrás de mí una puerta se cerró, fue un sonido de una vida concluída. No recogí a ningún pasajero en ese turno, vagué sin rumbo por el resto del día. No podía hablar, ¿Qué habría pasado si a la mujer la hubiese recogido un conductor malhumorado o alguno que estuviera impaciente por terminar su turno?, ¿Qué habría pasado si hubiera rehusado a atender la llamada, o hubiera tocado el claxon una vez, y me hubiera ido? . En una vista rápida, no creo que haya hecho algo más importante en mi vida. Estamos condicionados a pensar que nuestras vidas están llenas de grandes momentos, pero los grandes momentos son los que nos atrapan bellamente desprevenidos, en los que otras personas pensarán que sólo son pequeños momentos. La gente tal vez no recuerde exactamente lo que tú hiciste o lo que dijiste... pero siempre recordarán cómo los hiciste sentir.
miércoles, 12 de septiembre de 2018
martes, 11 de septiembre de 2018
Salmos...
Salmo 149(148),1-2.3-4.5-6a.9b.
| Canten al Señor un canto nuevo, |
| resuene su alabanza en la asamblea de los fieles; |
| que Israel se alegre por su Creador |
| y los hijos de Sión se regocijen por su Rey. |
| Celebren su Nombre con danzas, |
| cántenle con el tambor y la cítara, |
| porque el Señor tiene predilección por su pueblo |
| y corona con el triunfo a los humildes. |
| Que los fieles se alegren por su gloria |
| y canten jubilosos en sus fiestas. |
| Glorifiquen a Dios con sus gargantas; |
| ésta es la victoria de todos sus fieles. |
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