lunes, 11 de agosto de 2014

Mensaje...

Rubbio (Vicenza), 31 de diciembre de 1992
Última noche del año
El fin de los tiempos
“Dejaos instruir dócilmente por Mí, hijos predilectos. En esta última noche del año, recogeos en la oración y en la escucha de la palabra de vuestra Madre Celestial, Profetisa de estos últimos tiempos.
No paséis estas horas en el estrépito y en la disipación, sino en el silencio, en el recogimiento, en la contemplación.
Os he anunciado varias veces que se aproxima el fin de los tiempos y la venida de Jesús en gloria. Ahora quiero ayudaros a  comprender los signos descritos en la Divina Escritura, que indican que ya está próximo su retorno glorioso.
Estos signos están claramente indicados por los Evangelios, y las Epístolas de San Pedro y San Pablo, y se están realizando en estos años.
El primer signo es la difusión de los errores que llevan a la pérdida de la fe y a la apostasía.
Estos errores son propagados por falsos maestros, y por célebres teólogos que ya no enseñan la Verdad del Evangelio, sino perniciosas herejías, basadas en errados y humanos razonamientos.
Y es a causa de la enseñanza del error, que se pierde la verdadera fe y se difunde por todas partes la gran apostasía.
“Estad atentos y no os dejéis engañar. Porque muchos tratarán de engañar a una multitud. Vendrán falsos profetas y engañarán a muchísimos”. (Mt. 25,5-9)
“El día del Señor no vendrá antes de que se haya producido la gran apostasía”. (“Ts. 2,3)
“Habrá entre vosotros falsos maestros. Intentarán difundir herejías desastrosas y se pondrán, incluso, en contra del Señor que les ha salvado. Muchos los escucharán y vivirán como ellos una vida inmoral. Por su culpa, la fe cristiana será despreciada. Por el deseo de riqueza os engañarán con razonamientos equivocados”. (Pt. 2,1-3)
–El segundo signo es el estallido de guerras y luchas fratricidas que llevan al predominio de la violencia y del odio y a un general enfriamiento de la caridad, mientras se hacen cada vez más frecuentes las catástrofes naturales como epidemias, carestías, inundaciones y terremotos.
“Cuando oigáis hablar de guerras, próximas o lejanas, no tengáis miedo; es necesario que esto ocurra.
Los pueblos combatirán los unos contra los otros, un reino contra otro reino. Habrá carestías y terremotos en muchas regiones. Todo esto será sólo el inicio de sufrimientos mayores.
El mal estará tan difundido que el amor de muchos se enfriará. Pero Dios salvará al que persevere hasta el fin”. (Mt. 24,6-12).
–El tercer signo es la persecución sangrienta de aquellos que se mantengan fieles a Jesús y a su Evangelio y permanezcan firmes en la verdadera fe. Entretanto, el Evangelio será predicado en todas partes del mundo.
Pensad, hijos predilectos, en las grandes persecuciones a que viene sometida la Iglesia y en el celo apostólico de los últimos Papas, sobre todo, de mi Papa Juan Pablo II llevando a todas las naciones de la tierra el anuncio del Evangelio.
“Seréis encarcelados, perseguidos y matados. Seréis odiados por todos por Mi causa. Entonces muchos abandonarán la fe; se odiarán y se  traicionarán el uno al otro. Entretanto será predicado el Evangelio del Reino de Dios en todo el mundo; todos los pueblos lo escucharán.
Y entonces vendrá el fin”. (Mt. 24,9-10).
El cuarto signo es el horrible sacrilegio, realizado por aquél que se opone a Cristo, esto es por el Anticristo. Entrará en el templo santo de Dios y se sentará sobre su trono haciéndose adorar a sí mismo como Dios.
“Éste vendrá a oponerse contra todo lo que los hombres adoran y llaman Dios. El malvado vendrá con la potencia de Satanás, con toda la fuerza de falsos milagros y de falsos prodigios. Hará uso de todo género de engaño maligno para hacer el mal”. (2Ts. 2,4-9)
“Un día veréis en el lugar santo a aquél que comete el horrible sacrilegio. El profeta Daniel ha hablado de él. El que lee, que entienda”. (Mt. 24,15).
Hijos predilectos, para comprender en qué consiste este horrible sacrilegio, leed cuanto está predicho por el profeta Daniel.
“Anda Daniel, estas palabras deben permanecer ocultas y selladas hasta el tiempo del fin. Muchos serán purificados, blanqueados y acrisolados; pero los impíos continuarán obrando impíamente. Ninguno de los impíos entenderá estas cosas, pero los sabios comprenderán.
Ahora bien, desde el tiempo en que será abolido el sacrificio perpetuo y será erigida la abominación de la desolación, pasarán mil doscientos noventa días. Dichoso el que espere con paciencia y llegue a mil trescientos treinta y cinco días”. (Dn. 12,9-12).
La Santa Misa es el sacrificio perpetuo, la oblación pura que es ofrecida al Señor en todas partes desde la salida del sol hasta el ocaso.
El sacrificio de la Misa renueva el llevado a cabo por Jesús en el Calvario. Acogiendo la doctrina protestante, se dirá que la Misa no es un sacrificio, sino tan sólo la santa cena, esto es, el recuerdo de lo que Jesús hizo en su última cena. Y así será suprimida la celebración de la Santa Misa. En esta abolición del sacrificio perpetuo consiste el horrible sacrilegio, llevado a cabo por el Anticristo, el cual durará tres años y medio, es decir, mil doscientos noventa días.
–El quinto signo está constituido por los fenómenos extraordinarios, que se suceden en el firmamento del cielo.
“El sol se oscurecerá, la luna perderá su resplandor, las estrellas caerán del cielo y las fuerzas del cielo se conmoverán”. (Mt. 24,29)
El milagro del sol, acaecido en Fátima durante mi última aparición, quiere indicaros que ya habéis entrado en los tiempos en los que se cumplirán estos acontecimientos, que os preparan al retorno de Jesús en gloria.
“Entonces se verá en el cielo la señal del Hijo del Hombre. Todos los pueblos de la tierra se lamentarán, y los hombres verán al Hijo del Hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y majestad”. (Mt. 24, 30-31)
Mis predilectos e hijos consagrados a mi Corazón Inmaculado, os he querido instruir sobre estos signos, que Jesús en su Evangelio os ha indicado, para prepararos al fin de los tiempos, porque éstos se están realizando en vuestros días.
El año que acaba y el que empieza, forman parte del tiempo de la gran tribulación, durante la cual, se difunde la apostasía, se multiplican las guerras, suceden en muchos lugares catástrofes naturales, se intensifican las persecuciones, el anuncio del Evangelio es llevado a todos los pueblos, ocurren fenómenos extraordinarios en el cielo y se hace cada vez más próximo el momento de la plena manifestación del Anticristo.
Ahora os invito a permanecer fuertes en la fe, seguros en la esperanza y ardientes en la caridad.
Dejaos llevar por Mí y recogeos todos en el seguro refugio de mi Corazón Inmaculado que Yo os he preparado precisamente para estos últimos tiempos.
Leed Conmigo los signos de vuestro tiempo y vivid en la paz del corazón y en la confianza.
Yo estoy siempre con vosotros, para deciros que la realización de estos signos os indica con seguridad que está próximo el fin de los tiempos, con el retorno de Jesús en gloria.
“De la higuera aprended esta parábola: Cuando ya sus ramas se ponen tiernas y brotan las primeras hojas conocéis que está cerca el verano. Del mismo modo cuando veáis suceder estas cosas sabed que vuestra liberación está cerca”. (Mt. 24,32-33).”
(Mensaje de la Santísima Virgen al Padre Gobbi, del Movimiento Sacerdotal Mariano)

domingo, 10 de agosto de 2014

Sunday...

Felíz domingo para todos mis contactos...
les deseo una hermosa jornada de amor y paz...
Dios los bendiga, besos...
amén...

Happy Sunday to all my contacts ...
I wish you a beautiful journey of love and peace ...
God bless you, kisses ...
Amen ...

Acudir a María Ssma...

...sobre la necesidad de acudir a la Stma. Virgen:

Si se levanta la tempestad de las tentaciones, si caes en el escollo de las tristezas, eleva tus ojos a la Estrella del Mar: invoca a María!
Si te golpean las olas de la soberbia, de la maledicencia, de la envidia, mira a la estrella, invoca a María!
Si la cólera, la avaricia, la sensualidad de tus sentidos quieren hundir la barca de tu espíritu, que tus ojos vayan a esa estrella: invoca a María!
Si ante el recuerdo desconsolador de tus muchos pecados y de la severidad de Dios, te sientes ir hacia el abismo del desaliento o de la desesperación, lánzale una mirada a la estrella, e invoca a la Madre de Dios.
En medio de tus peligros, de tus angustias, de tus dudas, piensa en María, invoca a María!
El pensar en Ella y el invocarla, sean dos cosas que no se aparten nunca ni de tu corazón ni de tus labios. Y para estar más seguro de su protección no te olvides de imitar sus ejemplos.
Siguiéndola no te pierdes en el camino!
¡Implorándola no te desesperarás!  ¡Pensando en Ella no te descarriarás!
Si Ella te tiene de la mano no te puedes hundir.  Bajo su manto nada hay que temer.
¡Bajo su guía no habrá cansancio, y con su favor llegarás felizmente al Puerto de la Patria Celestial!
¡Amén!
(San Bernardo)

sábado, 9 de agosto de 2014

Verdades olvidadas...

Verdades olvidadas

Sentencia definitiva. 
Pero todavía concretó mucho más Nuestro Señor Jesucristo en el anuncio y descripción del juicio final. Se dignó revelarnos, con todo detalle, la sentencia misma que pronunciará en aquella tremenda asamblea mundial. Hela aquí, tomada textualmente del Evangelio:
“Entonces dirá el Rey a los que estén a su derecha: “Venid, benditos de mi Padre, tomad posesión del reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; peregriné y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; preso y vinisteis a verme”.
Y le responderán los justos: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te alimentamos, sediento y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos peregrino y te acogimos, desnudo y te vestimos? ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?”
Y el Rey les dirá: “En verdad os digo que cuantas veces hicisteis eso a uno de estos mis hermanos menores, a Mí me lo hicisteis”.
Y dirá a los de la izquierda: “Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno, preparado para el diablo y sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de beber; fui peregrino y no me alojasteis; estuve desnudo y no me vestisteis; enfermo y en la cárcel y no me visitasteis”.
Entonces, ellos responderán, diciendo: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, o peregrino, o desnudo, o enfermo, o en prisión y no te socorrimos?” Él les contestará diciendo: “En verdad os digo que cuando dejasteis de hacer eso con uno de estos pequeñuelos, conmigo lo hicisteis”.
E irán al suplicio eterno, y los justos, a la vida eterna”. (Mt 25, 34-46).
Señores: esto es dogma de fe, son palabras de Cristo, no son opiniones inventadas por los teólogos, no son “cosas de curas y de frailes”, como dicen insensatamente los incrédulos. Son cosas de Cristo, están en el Evangelio, se cumplirán al pie de la letra.
Es conveniente, señores, que meditemos un poco en el verdadero significado y alcance de esa fórmula divina del juicio universal.
Sería un error pensar que en el juicio final se nos examinará exclusivamente sobre la práctica de las obras de caridad. Es cosa clara e indiscutible, que tanto en nuestro juicio particular, como en el juicio universal, se nos juzgará acerca de todo el conjunto de la Ley de Dios, sin excluir ninguno de sus mandamientos. Pero no olvidemos que, en cierta ocasión, los escribas y fariseos preguntaron al mismo Cristo: “Maestro, dinos: ¿Cuál es el primero y más importante de los preceptos de la Ley? Y Jesucristo contestó, sin vacilar: Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el más grande y el primer mandamiento. El segundo, semejante a éste, es: Amarás al prójimo como a ti mismo. De estos dos preceptos penden toda la ley y los profetas” (Mt 22, 35-40).
Con esta respuesta, Cristo quiso poner de manifiesto que, ante todo y sobre todo, la ley evangélica es una ley de caridad. Por eso aludirá a ella especialísimamente en la fórmula del juicio universal. Se nos examinará, sin duda alguna, de toda la ley y los profetas; pero, ante todo, y sobre todo, de la caridad, que es su resumen y compendio.
Se nos preguntará, principalmente, si hemos dado de comer al hambriento y de beber al sediento; si hemos visitado a los enfermos y presos; si hemos vestido al desnudo y hospedado a los peregrinos; si hemos enseñado al que no sabe, corregido al que yerra y dado buenos consejos al que los necesitaba; si hemos consolado al triste y hemos sufrido con paciencia los defectos de nuestros prójimos.
Señores, ante todo, y sobre todo, la caridad. Hay mucha gente que está completamente equivocada; son legión los que han falsificado el cristianismo. No sin alguna razón nos echan en cara por esos mundos de Dios a los católicos españoles que hemos falsificado el catolicismo, que lo hemos transformado en una serie de cofradías y capillitas, de procesiones y desfiles espectaculares, y nos hemos olvidado de la verdad, de la justicia y de la caridad. Esto es lo que habría que hacer, sin omitir aquello, como dice el Señor en el Evangelio. Todo aquello está muy bien. Benditas cofradías, benditas procesiones, benditos escapularios y medallas. Pero esto sólo, ¡no! Esto sólo, no es el catolicismo.
El catolicismo es, ante todo, y sobre todo, caridad, amor, compenetración íntima en Cristo de los de arriba y de los de abajo y de los del medio: “Ya no hay judío ni griego; ya no hay esclavo ni libre; ya no hay hombre ni mujer; todos sois uno en Cristo” (Gal 3, 28).
Este es el verdadero cristianismo. Ante todo, y sobre todo, caridad. Que hay muchos cristianos, señores, que pertenecen a todas las cofradías, que andan cargados de escapularios y de medallas y no tienen caridad. Y cometen con ello un gravísimo escándalo, porque hacen odiosa la religión a los fríos e indiferentes y esterilizan la sangre de Cristo sobre tantos y tantos desgraciados.
Señores: ante todo, y sobre todo, la caridad. La salvación del mundo, la salvación de esta sociedad pagana y alejada de Dios, no podrá venir de otra manera que por una auténtica y desbordada inundación de caridad por parte de todos los católicos del mundo. Mientras no practiquemos la caridad no seremos auténticamente cristianos, no podremos llevar al mundo el auténtico mensaje de Cristo. La caridad por encima de todo.
¡Ah!, pero no olvidemos que la caridad, la reina de todas las virtudes, no puede venir en suplencia de la justicia, otra virtud fundamentalísima. La caridad no puede ser el paliativo que encubra los fraudes de la justicia, sobre todo de la social; tiene que venir a completarla, a darle su último toque, su esplendor y su brillo cristiano. Hay que practicar la justicia social en la forma proclamada en estos últimos tiempos por los grandes Papas, Vicarios de Cristo en la tierra. El obrero, el trabajador tiene derecho a comer, no en plan de limosna, no en plan de caridad: en plan de estricta justicia social. El obrero, señores, por su mera condición de persona humana, por el solo hecho de haber nacido, tiene derecho a percibir –a base de su trabajo– el jornal suficiente para vivir él, su mujer y sus hijos.
La doctrina social de la Iglesia está bien clara: salario familiar, participación en los beneficios de la empresa, introducción progresiva en el contrato de trabajo de elementos del contrato de sociedad. Y el empresario, el patrono, que pudiendo incorporar esta doctrina a su empresa o negocio –aunque sea, naturalmente, disminuyendo sus pingües ganancias– no lo hace, es un mal católico y está quebrantando uno de sus más gravísimos deberes.
Claro está que el obrero tiene, por su parte, la obligación de trabajar. Porque es preciso reconocer que se está abusando demasiado al proclamar exclusivamente los derechos de los obreros, sin hablarles jamás de sus deberes. Es preciso proclamar bien alto que los obreros tienen derechos indiscutibles por exigencia de la ley natural: tienen derecho al salario suficiente, tienen derecho a comer. ¡Pero tienen también obligación de trabajar! No es lícito boicotear a la empresa, dejar de trabajar y exigir un salario individual o familiar que no se ha ganado honradamente con el trabajo estipulado. ¡Que trabaje el obrero y que el patrono le dé el salario que necesita para atender a sus necesidades! Los dos tienen que cumplir sus deberes para que puedan reclamar sus derechos. Eso es lo que pide y exige la justicia más elemental y hasta la verdadera caridad cristiana.
¡Ah, si practicáramos todos la verdadera justicia social, completada por la más entrañable caridad cristiana! ¡Qué pronto cambiaría la faz del mundo! Serían imposibles los conflictos sociales, los cataclismos internacionales, la amenaza continua de la guerra.
Cumplidas todas las exigencias de la justicia social, todavía queda un amplio margen para la caridad cristiana. ¡Cuántos sufrimientos y dolores se pueden aliviar, cuántas lágrimas enjugar con el pañuelo de la caridad cristiana!
¡Ricos que me escucháis! Tenéis en vuestras manos un gran instrumento de salvación. Utilizad esas riquezas para granjearos amigos en el cielo, como dice Nuestro Señor en el Evangelio. Utilizad esas riquezas para practicar, con mano espléndida, la limosna al necesitado, como pide la caridad cristiana. Justicia social, sin duda alguna; pero ella sola no basta. La justicia puede mitigar las luchas sociales, pero nunca podrá realizar la unión de los corazones. Es preciso completar la justicia con la caridad cristiana. Y entonces, sí, señores. Cuando los de arriba y los de abajo y los del medio practiquemos la gran virtud, de la que están pendientes toda la ley y los profetas, seremos auténticamente cristianos y alcanzaremos, en el juicio final, la dicha inefable de estar a la derecha de Jesucristo para oír de sus labios divinos la sentencia suprema que habrá de hacernos felices para toda la eternidad. Así sea.
 (De “El Misterio del más allá” – P. Royo Marín)

viernes, 8 de agosto de 2014

Mensaje...

Mensaje sobre la oración 

Rezar para ser castos. 
Conviene sobre todo que estemos persuadidos que nadie podrá vencer las tentaciones impuras de la carne si no se encomienda al Señor en el momento de la tentación. Tan poderoso y terrible es este enemigo que cuando nos combate se apagan todas las luces de nuestro espíritu y nos olvidamos de las meditaciones y santos propósitos que hemos hecho, y no parece sino que en esos momentos despreciamos las grandes verdades de la fe y perdemos el miedo de los castigos divinos. Y es que esa tentación se siente apoyada por la natural inclinación que nos empuja a los placeres sensuales. Quien en esos momentos no acude al Señor está perdido. Ya lo dijo San Gregorio Nacianceno: La oración es la defensa de la pureza. Y antes lo había afirmado Salomón: Y como supe que no podía ser puro, si Dios no me daba esa gracia, a Dios acudí y se la pedí. Es en efecto la castidad una virtud que con nuestras propias fuerzas no podemos practicar, necesitamos la ayuda de Dios, mas Dios no la concede sino a aquel que se la pide. El que la pide, ciertamente la obtendrá.
“El gran medio de la oración” - San Alfonso María de Ligorio. 
Comentario: 
Hoy, como en el mundo ya ni se habla de la pureza y la castidad, sino para burlarse de ellas, entonces ¿quién rezará para obtener el don de conservarlas en sí mismo?
Pero aunque el mundo se burle de estas virtudes, las palabras de Dios no cambian, y los Diez Mandamientos son aquellos de siempre. Por tanto quien quiere salvarse debe guardar la pureza y castidad, y éstas no se pueden guardar sin rezar pidiéndoselo a Dios.
No basta con huir de las ocasiones peligrosas, porque a veces no podremos huir, ya que en cualquier parte se presenta la tentación impura, ya sea por agentes externos, o en nuestro propio interior. Ya San Pablo decía esto cuando afirmaba que en sus miembros había una ley opuesta a la ley del espíritu, y que ese mismo cuerpo lo llevaba a la muerte.
El demonio sabe muy bien que el pecado de impureza desmantela el alma, y es principio de otros muchos pecados. Por ejemplo el hombre que apetece la carne de la mujer, pronto se hará ladrón y hasta homicida, con tal de tener esa mujer.
El mundo se quiebra en ruinas por la lujuria, que siempre está en la combinación de pecados y escándalos que destruyen a la familia, y a la humanidad.
Tenemos que rezar, y rezar mucho, si queremos guardar la castidad según nuestro estado, y la pureza, porque quien no reza, muy pronto será lujurioso. Y como ha dicho la Virgen de Fátima a Jacinta: “Los pecados que más almas llevan al infierno, son los pecados de la carne”.
Siendo las cosas así, sería una gravísima imprudencia no rezar para obtener de Dios la gracia de ser puros de cuerpo y alma.

jueves, 7 de agosto de 2014

flecos y sonrisas...


Santo Rosario...

Importancia del Santo Rosario

El 26 de Diciembre de 1957, el Padre Agustín Fuentes, Postulador de la Causa de Beatificación de Francisco y Jacinta Marto, entrevistó a Sor Lucía Dos Santos, vidente de las apariciones de Fátima. En el curso de esa entrevista, le dijo Sor Lucía al Padre Fuentes:
“…La Santísima Virgen nos dijo, tanto a mis primos como a mí, que dos eran los últimos remedios que Dios daba al mundo: el Santo Rosario y el Inmaculado Corazón de María…”
“…Mire, Padre, la Santísima Virgen, en estos últimos tiempos en que estamos viviendo, ha dado una nueva eficacia al rezo del Santo Rosario, de tal manera que ahora no hay problema por más difícil que sea: sea temporal y, sobre todo, espiritual; sea que se refiera a la vida personal de cada uno de nosotros o a la vida de nuestras familias del mundo o comunidades religiosas, o a la vida de los pueblos y naciones; no hay problema, repito, por más difícil que sea, que no podamos resolver ahora con el rezo del Santo Rosario”.
“Con el Santo Rosario nos salvaremos, nos santificaremos, consolaremos a Nuestro Señor y obtendremos la salvación de muchas almas. Por eso, el demonio hará todo lo posible para distraernos de esta devoción; nos pondrá multitud de pretextos: cansancio, ocupaciones, etc., para que no recemos el Santo Rosario”.
“Si nos dieran un programa más difícil de salvación, muchas almas que se condenarán tendrían el pretexto de que no pudieron realizar dicho programa. Pero ahora el programa es brevísimo y fácil: rezar el Santo Rosario. Con el Rosario practicaremos los Santos Mandamientos, aprovecharemos la frecuencia de los Sacramentos, procuraremos cumplir perfectamente nuestros deberes de estado y hacer lo que Dios quiere de cada uno de nosotros”.
“El Rosario es el arma de combate de las batallas espirituales de los Últimos Tiempos”.