sábado, 22 de agosto de 2015

Mensaje...

Mensaje a los consoladores de Jesús y María

Vayamos a visitar a Jesús.
¡Cuánto amor hay en los corazones de Jesús y de María! Pero también ¡cuánto dolor! Y nos parece que ellos pueden estar indiferentes a la maldad de los hombres, al odio que mata a los hermanos y provoca innumerables abortos, que son asesinatos de criaturas inocentes, las preferidas de Dios porque son niñitos que tanto ama nuestro Señor. Reparemos con nuestro amor las heridas de esos dos dulcísimos corazones, tan lastimados por los hombres, por los pecados de la humanidad. Si a veces vemos a un pariente cercano que sufre, ¿no nos compadeceremos de Jesús y María que sufren lo indecible por tanta maldad? Es tiempo de que consolemos con nuestro amor y fidelidad a Jesús y a María. Y una forma de consolarlos es diciéndoles palabras de amor, de cariño, de amigos. Reparemos tanta frialdad y odio, vayamos a visitar a Jesús al Sagrario, al lado del cual siempre está María adorando a Jesús. Allí nos encontraremos con ambos y les haremos una grata compañía y así ellos sabrán que no es inútil la redención, que no es inútil tanto dolor de su parte.


viernes, 21 de agosto de 2015

No creen...

No quieren creer

Precisamente estos días vengo a hablaros de este gran problema de nuestros destinos eternos: del misterio del más allá.
Esta tarde, en las primeras de mis conferencias, voy a ceñirme exclusivamente a poner en claro la existencia del más allá. Nada más.
No vengo en plan apologético. Tengo muy poca fe en la apologética, señores, como instrumento apto para convencer al que no está dispuesto a aceptar la verdad aunque brille ante él más clara que el sol. Ya lo supo decir admirablemente uno de los genios más portentosos que ha conocido la humanidad, una de las inteligencias más preclaras que han brillado jamás en el mundo: San Agustín. Un hombre que conocía maravillosamente el problema, que sabía las angustias, la incertidumbre de un corazón que va en busca de la luz de la verdad sin poderla encontrar, porque vivió los primeros treinta años de su vida en las tinieblas del paganismo. Conocía maravillosamente el problema y sabía muy bien que no hay ni pueden haber argumentos válidos contra la fe católica. No los hay, ni los puede haber, porque la verdad no es más que una, y esa única verdad no puede ser llamada al tribunal del error, para ser juzgada y sentenciada por él. Es imposible, señores, que haya incrédulos de cabeza, de argumentos, incrédulos que puedan decir con sinceridad: “yo no puedo creer porque tengo la demostración aplastante, las pruebas concluyentes de la falsedad de la fe católica”. ¡Imposible de todo punto!
No hay incrédulos de cabeza, pero sí muchísimos incrédulos de corazón. No tienen argumentos contra la fe, pero sí un montón de cargas afectivas. No creen porque no les conviene creer. Porque saben perfectamente que si creen tendrán que restituir sus riquezas mal adquiridas, renunciar a vengarse de sus enemigos, romper con su amiguita o su media docena de amiguitas, tendrán, en una palabra, que cumplir los diez mandamientos de la Ley de Dios. Y no están dispuestos a ello. Prefieren vivir anchamente en este mundo, entregándose a toda clase de placeres y desórdenes. Y para poderlo hacer con relativa tranquilidad se ciegan voluntariamente a sí mismos; cierran sus ojos a la luz y sus oídos a la verdad evangélica. ¡No les da la gana de creer! No porque tengan argumentos, sino porque les sobran demasiadas cargas afectivas.
Señores: cuando el corazón está sano, cuando no tenemos absolutamente nada que temer de Dios, no dudamos en lo más mínimo de su existencia. ¡Ah, pero cuando el corazón está corrompido...! ¿No os habéis fijado que sólo los malhechores y delincuentes –jamás las personas honradas– atacan a la Policía o la Guardia Civil?
San Agustín conocía maravillosamente esta psicología del corazón humano y por eso escribió esta frase lapidaria y genial: “Para el que quiere creer, tengo mil pruebas; para el que no quiere creer, no tengo ninguna”.
Maravillosa frase, señores. Para el que quiere creer, para el hombre honrado, para el hombre sensato, para el hombre que quiere discurrir con sinceridad, tengo mil pruebas enteramente demostrativas de la verdad de la fe católica. Pero para el que no quiere creer, para el que cierra obstinadamente su inteligencia a la luz de la verdad, no tengo absolutamente ninguna prueba.
(De “El Misterio del más allá” – P. Royo Marín)

jueves, 20 de agosto de 2015

Carta...

Lectura espiritual

Carta a un sacerdote.
13 de enero de 1968
Rvdo. P. Luis Larrauri, C. SS. R.
Reverendo Padre:
Necesito escribirle. No puedo callar.
¿Por qué...?
¡Porque de la abundancia del corazón, habla la lengua! Y es tanta la gratitud que debo a la Virgen Santísima, que no puedo represar mis sentimientos y tengo como una necesidad imperiosa de contar, de proclamar, de exaltar las bondades de la Virgen María.
¿Que qué le debo?
Pues todo...
Estuve en peligros de muerte, y me salvó.
Deseaba luces para mis estudios, y me las concedió.
Anduve al margen de la Ley de Dios, y me sacó del extravío, mediante la gracia extraordinaria eficaz de la conversión.
¿Y sabe, Padre, cómo y por qué conseguí todo esto?
Porque desde niño y todos los días –¡aun en los días “malos”!– la invoqué rezando las tres Avemarías, con las que le recordaba el gran poder, sabiduría y amor que le concedieron el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo...
Tengo la firme convicción –formada a fuerza de experiencia personal y observación de lo ocurrido a otros– de que esta práctica de piedad diaria libra del mal... Aparta de la impureza, consuela en el dolor, alienta en las tribulaciones, ayuda en las necesidades, convierte al pecador, mejora incluso a los justos.
¡Por esto mis ganas de gritar a todas las gentes: “Para vuestro bien, no descuidéis ningún día el rezo de las tres Avemarías”!...
Besa su mano.
Vicente-Jesús de España.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Signos...


Signos de los tiempos

La caridad se enfría.
Uno de los signos de los tiempos que Jesús ya había predicho en su Evangelio, es el enfriamiento de la caridad y del amor en muchos, debido al extenderse del mal en el mundo.
Y es lo que sucede ahora, que hasta incluso muchos que son buenos, se van como acobardando y amilanando, comenzando a tener miedo e indiferencia por las necesidades de los hermanos, no sólo las necesidades materiales, sino también una apatía por las necesidades espirituales y morales de los demás.
Parece que en el mundo está a punto de sonar aquél grito de: “¡Sálvese quien pueda!” que dicen que resonará en el mundo en los últimos días previos a la venida del Reino de Dios.
Así que cuidemos de no enfriarnos nosotros, de modo que nuestro corazón se vuelva de piedra y deje de ser un corazón de carne como lo quiere el Señor.
Y lo lograremos si nos apegamos a la oración, porque es solamente la oración la que nos sacará a flote en este mar embravecido del mundo. Y ya Jesús nos ha puesto en guardia contra este defecto de no estar vigilantes y orando, puesto que seremos vencidos por la tentación, por la prueba.
De modo que hay que estar en gracia de Dios siempre, rezando en todo tiempo, y prontos para partir a la casa del Padre en cualquier momento y de cualquier manera; porque Dios está permitiendo que haya desgracias en el mundo que precipitan a todos en el más allá, y no hay distinción de personas, de forma que no sabemos si mañana, o quizás dentro de una hora nos tocará a nosotros, que tengamos que presentarnos ante el Juez Divino, ya sea por un accidente, o cataclismo o miles de cosas “raras” que pasan en estos días. Veamos esto también como un signo de los tiempos.
¡Ven Señor Jesús!

lunes, 17 de agosto de 2015

Vi Em - Canta (La vida es una fiesta) - Letra/Lyrics

Jesús Misericordioso...

Diálogo de Dios Misericordioso con el alma pecadora.

– Jesús: No tengas miedo, alma pecadora, de tu Salvador; Yo soy el primero en acercarme a ti, porque sé que por ti misma no eres capaz de ascender hacia Mí. No huyas, hija, de tu Padre; desea hablar a solas con tu Dios de la Misericordia que quiere decirte personalmente las palabras de perdón y colmarte de Sus gracias. Oh, cuánto me es querida tu alma. Te he asentado en Mis brazos. Y te has grabado como una profunda herida en Mi Corazón.
– El alma: Señor, oigo Tu voz que me llama a abandonar el mal camino, pero no tengo ni valor ni fuerza.
– Jesús: Yo soy tu fuerza, Yo te daré fuerza para luchar.
– El alma: Señor, conozco Tu santidad y tengo miedo de Ti.
– Jesús: ¿Por qué tienes miedo, hija Mía, del Dios de la Misericordia? Mi santidad no Me impide ser misericordioso contigo. Mira, alma, por ti he instituido el trono de la misericordia en la tierra y este trono es el tabernáculo y de este trono de la misericordia deseo bajar a tu corazón. Mira, no me he rodeado ni de séquito ni de guardias, tienes el acceso a Mí en cualquier momento, a cualquier hora del día deseo hablar contigo y deseo concederte gracias.
– El alma: Señor, temo que no me perdones un número tan grande de pecados; mi miseria me llena de temor.
– Jesús: Mi misericordia es más grande que tu miseria y la del mundo entero. ¿Quién ha medido Mi bondad? Por ti bajé del cielo a la tierra, y por ti dejé clavarme en la cruz, por ti permití que Mi Sagrado Corazón fuera abierto por una lanza, y abrí la Fuente de la Misericordia para ti. Ven y toma las gracias de esta fuente con el recipiente de la confianza. Jamás rechazaré un corazón arrepentido, tu miseria se ha hundido en el abismo de Mi misericordia. ¿Por qué habrías de disputar Conmigo sobre tu miseria? Hazme el favor, dame todas tus penas y toda tu miseria y Yo te colmaré de los tesoros de Mis gracias.
– El alma: Con Tu bondad has vencido, oh Señor, mi corazón de piedra; heme aquí acercándome con confianza y humildad al tribunal de Tu misericordia, absuélveme Tú Mismo por la mano de Tu representante. Oh Señor, siento que la gracia y la paz han fluido a mi pobre alma. Siento que Tu misericordia, Señor, ha penetrado mi alma en su totalidad. Me has perdonado más de cuanto yo me atrevía esperar o más de cuanto era capaz de imaginar. Tu bondad ha superado todos mis deseos. Y ahora Te invito a mi corazón, lleno de gratitud por tantas gracias. Había errado por el mal camino como el hijo pródigo, pero Tú no dejaste de ser mi Padre. Multiplica en mí Tu misericordia, porque ves lo débil que soy.
– Jesús: Hija, no hables más de tu miseria, porque Yo ya no Me acuerdo de ella. Escucha, niña Mía, lo que deseo decirte: estréchate a Mis heridas y saca de la fuente de la vida todo lo que tu corazón pueda desear. Bebe copiosamente de la fuente de la vida y no pararás durante el viaje. Mira el resplandor de Mi misericordia y no temas a los enemigos de tu salvación. Glorifica Mi misericordia.
(Diario - Santa Faustina Kowalska)