sábado, 5 de marzo de 2016
Pureza...
La infancia espiritual
Pureza.
Si
queremos ser como niños, debemos ser puros de cuerpo y mente, puesto
que los niños son puros, y quien es casto y puro tiene la inocencia de
los niños en el corazón, y es grato a Dios.
La
castidad da pureza a los sentidos y así se ve a Dios y las cosas de
Dios con mayor claridad, pues como ha dicho el Señor en el Evangelio:
son felices los puros de corazón porque verán a Dios.
En
este mundo que ya desde la más tierna infancia trata de corromper a los
niños, y a las almas de los que son como niños, pongamos un dique a
tanta vorágine de corrupción e impureza, siendo como niños, castos en
las miradas y en las palabras y pensamientos, que nuestro premio será
grande, grandísimo, pues entenderemos mejor las cosas de Dios, y el
Señor será nuestro amigo confidente, ya que a Jesús le gusta rodearse de
los puros de corazón.
Pero
aunque no tengamos nuestra pureza original, tratemos de volvernos puros
a fuerza de penitencias, oraciones, sacrificios y con la ayuda de Dios,
porque vale la pena mirar todo como lo mira Dios, con pureza y
castidad, y ser amados por Dios con predilección.
domingo, 28 de febrero de 2016
sábado, 27 de febrero de 2016
Evangelio del día...
sábado 27/FEB/16
Evangelio del día.
Lc 15, 1-3. 11-32.
Padre misericordioso.
Todos
los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Pero
los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: “Este hombre recibe a
los pecadores y come con ellos”. Jesús les dijo entonces esta parábola:
“Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su padre: ‘Padre,
dame la parte de la herencia que me corresponde’. Y el padre le repartió
sus bienes. Pocos días después, el hijo menor recogió todo lo que tenía
y se fue a un país lejano, donde malgastó sus bienes en una vida
licenciosa. Ya había gastado todo, cuando sobrevino mucha miseria en
aquel país, y comenzó a sufrir privaciones. Entonces se puso al servicio
de uno de los habitantes de esa región, que lo envió a su campo para
cuidar cerdos. Él hubiera deseado calmar su hambre con las bellotas que
comían los cerdos, pero nadie se las daba. Entonces recapacitó y dijo:
‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo estoy
aquí muriéndome de hambre! Ahora mismo iré a la casa de mi padre y le
diré: Padre, pequé contra el Cielo y contra ti; ya no merezco ser
llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros’. Entonces
partió y volvió a la casa de su padre. Cuando todavía estaba lejos, su
padre lo vio y se conmovió profundamente; corrió a su encuentro, lo
abrazó y lo besó. El joven le dijo: ‘Padre, pequé contra el Cielo y
contra ti; no merezco ser llamado hijo tuyo’. Pero el padre dijo a sus
servidores: ‘Traigan enseguida la mejor ropa y vístanlo, pónganle un
anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero engordado y
mátenlo. Comamos y festejemos, porque mi hijo estaba muerto y ha vuelto
a la vida, estaba perdido y fue encontrado’. Y comenzó la fiesta. El
hijo mayor estaba en el campo. Al volver, ya cerca de la casa, oyó la
música y los coros que acompañaban la danza. Y llamando a uno de los
sirvientes, le preguntó qué significaba eso. Él le respondió: ‘Tu
hermano ha regresado, y tu padre hizo matar el ternero engordado, porque
lo ha recobrado sano y salvo’. Él se enojó y no quiso entrar. Su padre
salió para rogarle que entrara, pero él le respondió: ‘Hace tantos años
que te sirvo, sin haber desobedecido jamás ni una sola de tus órdenes, y
nunca me diste un cabrito para hacer una fiesta con mis amigos. ¡Y
ahora que ese hijo tuyo ha vuelto, después de haber gastado tus bienes
con mujeres, haces matar para él el ternero engordado!’. Pero el padre
le dijo: ‘Hijo mío, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo. Es
justo que haya fiesta y alegría, porque tu hermano estaba muerto y ha
vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado’”.
Reflexión:
Nosotros
también somos hijos pródigos que nos hemos alejado de la casa del Padre
con nuestro pecado. Esta cuaresma es el tiempo ideal para tomar
conciencia de nuestra miseria y retornar al Padre con un sincero
arrepentimiento y mediante una confesión con un sacerdote, volver a la
casa paterna que Él nos estará esperando ansiosamente para besarnos y
consolarnos y hacer una fiesta por nosotros que regresamos a Él. Si
tuvimos la gracia de ser como el otro hijo que nunca abandonó al Padre,
alegrémonos también por los pecadores que en esta cuaresma se acercarán a
Dios y alegrémonos con nuestro Padre porque nuestros hermanos vuelven a
la Vida.
Pidamos
a la Santísima Virgen la gracia de acercarnos con confianza a la
confesión con un sacerdote ya que escondido en él nos espera el mismo
Cristo con una dulzura inefable y con ansias de un padre amorosísimo.
Jesús, María, os amo, salvad las almas.
viernes, 26 de febrero de 2016
Evangelio del día...
|
miércoles, 24 de febrero de 2016
Caminos...
La oración aclara el camino.
Muchas veces en nuestra vida nos encontramos en un cruce de caminos, donde tenemos que elegir qué rumbo tomar. O también hay veces que se nos nubla un poco el entendimiento, y se suma a esto las tentaciones y proyectos personales que pueden estar de acuerdo con el plan de Dios, o quizás no. Entonces es el momento de rezar, y rezar mucho, para aclarar nuestra mente y corazón, y así ver claro lo que tenemos que hacer.
La oración aclara los más oscuros caminos, y lo que el demonio quiere es mantenernos alejados de la oración, porque sabe que un alma que ora está perdida para él.
Así que en toda disyuntiva, en la duda, en la perplejidad y el sufrimiento, dejemos de lado nuestras actividades comunes y dediquemos más tiempo a la oración, en especial el rezo del Rosario, y veremos cómo Dios no nos dejará a la deriva, sino que volcará sobre nuestro corazón un mar de consuelo, y el Espíritu Santo nos iluminará y regalará sus dones para que hagamos una correcta elección y sigamos por el camino del bien y del servicio de Dios y del prójimo.
Cristo venció con la oración. En los momentos más críticos de la vida, el Señor acudió a la oración y salió vencedor.
Nosotros, en cambio, cuando más se complican las cosas, tanto más queremos arreglarlas por nosotros mismos, sin acudir a Dios por medio de la oración. Y así el diablo nos mantiene atrapados y no nos sabemos defender del Maligno.
Recurramos de forma urgente a la oración, porque es por medio de la oración que el Señor nos da sus luces y gracias, para que escapemos de la trampa que, disimuladamente, nos ha tendido el Maligno en el camino.
Si no rezamos no nos salvaremos, pues como bien ha dicho San Alfonso María de Ligorio: “El que reza se salva, y el que no reza se condena”. Ésta es una gran verdad que no acabamos de aceptar y asimilar.
Si Jesús y María rezaron tanto, y si los santos pasaban horas y horas en oración, ¿cómo queremos nosotros salir airosos de la prueba de la vida, sin rezar, o rezando tan poco y mal?
Echemos mano a la oración, en todo tiempo, tanto en la bonanza como en la adversidad, tanto en la luz como en las tinieblas.
Echemos mano a la oración y estaremos salvados, porque Dios no deja librado a las fuerzas del mal al hijo que ora con perseverancia y en todo tiempo.
La oración aclara los más oscuros caminos, y lo que el demonio quiere es mantenernos alejados de la oración, porque sabe que un alma que ora está perdida para él.
Así que en toda disyuntiva, en la duda, en la perplejidad y el sufrimiento, dejemos de lado nuestras actividades comunes y dediquemos más tiempo a la oración, en especial el rezo del Rosario, y veremos cómo Dios no nos dejará a la deriva, sino que volcará sobre nuestro corazón un mar de consuelo, y el Espíritu Santo nos iluminará y regalará sus dones para que hagamos una correcta elección y sigamos por el camino del bien y del servicio de Dios y del prójimo.
Cristo venció con la oración. En los momentos más críticos de la vida, el Señor acudió a la oración y salió vencedor.
Nosotros, en cambio, cuando más se complican las cosas, tanto más queremos arreglarlas por nosotros mismos, sin acudir a Dios por medio de la oración. Y así el diablo nos mantiene atrapados y no nos sabemos defender del Maligno.
Recurramos de forma urgente a la oración, porque es por medio de la oración que el Señor nos da sus luces y gracias, para que escapemos de la trampa que, disimuladamente, nos ha tendido el Maligno en el camino.
Si no rezamos no nos salvaremos, pues como bien ha dicho San Alfonso María de Ligorio: “El que reza se salva, y el que no reza se condena”. Ésta es una gran verdad que no acabamos de aceptar y asimilar.
Si Jesús y María rezaron tanto, y si los santos pasaban horas y horas en oración, ¿cómo queremos nosotros salir airosos de la prueba de la vida, sin rezar, o rezando tan poco y mal?
Echemos mano a la oración, en todo tiempo, tanto en la bonanza como en la adversidad, tanto en la luz como en las tinieblas.
Echemos mano a la oración y estaremos salvados, porque Dios no deja librado a las fuerzas del mal al hijo que ora con perseverancia y en todo tiempo.
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