sábado, 2 de abril de 2016

Cargas...

¿Te pesan mucho tus cargas?

Salmo 55:22:

?Echa sobre el SEÑOR tu carga, y El te sustentará;

El nunca permitirá que el justo sea sacudido. .?

Una carga es un peso que llevamos a cuesta. Ya sea desde el punto de vista físico, emocional o espiritual. Todos nosotros en algún momento hemos experimentado una carga de cualquiera de estos tipos. A medida que vamos caminando por este mundo vamos adquiriendo cargas que, si no las descargamos en algún lugar, con el tiempo se van haciendo cada vez más pesadas. Estas cargas son, generalmente, el resultado emocional de situaciones que nos han causado algún pesar: Alguna herida en el corazón que no ha sanado del todo; circunstancias que chocan con nuestros principios y no las aceptamos. Luchamos contra ellas, pero persisten y nos hacen daño; resentimientos contra personas que nos han herido; el dolor de haber perdido un ser querido, una relación que se rompió, en fin una enorme variedad de situaciones que pueden dar como resultado esas cargas emocionales que tanto daño hacen.



¿Y qué dice la Biblia que debemos hacer con nuestras cargas El versículo inicial nos exhorta a echarlas sobre el Señor. En realidad es Dios quien hace el trabajo, no somos nosotros con nuestras propias fuerzas. ¡Esta es la gran diferencia!

Esto es lo que el Señor espera que hagamos. Que soltemos la carga. Que la echemos sobre él.

Dios promete librarnos de esa carga. Él elimina la causa, es decir la raíz del mal, no solamente los síntomas. Dios transforma nuestras circunstancias y hace todo nuevo.

¿Qué pasa cuando echamos nuestras cargas sobre Dios? Dice la Biblia que cuando tú echas tus cargas sobre el Señor, él te sustentará. La palabra "sustentar" quiere decir "mantener, sostener, alimentar", es decir, proveer a uno del alimento necesario, prestar apoyo o auxilio. Eso es lo que el Señor puede y desea hacer con cada uno de nosotros. Proveernos del alimento que necesitamos (físico, emocional y espiritual). Suplir nuestras necesidades. Ayudarnos, prestarnos auxilio. Dios es nuestro refugio y fortaleza, socorro siempre a mano en momentos de angustia, dice el Salmo 46:1. Pero antes tenemos que echar sobre él nuestras cargas. Se requiere una acción de nuestra parte.

Jesús nos dice en Mateo 11:28: ?Vengan a mí los que van cansados, llevando pesadas cargas, y yo los aliviaré.  Quizás no sepamos de memoria este versículo, y probablemente en medio de alguna prueba lo hayamos puesto en práctica y hayamos ido al Señor con nuestras cargas. Sin embargo, muchas veces no recibimos ese alivio que Jesús nos promete. ¿Por qué? ¿Acaso Jesús nos ha fallado? NO. Simplemente es que no echamos la carga sobre él. Nos quedamos con ella. Vamos a él con nuestras cargas, pero al retirarnos las llevamos con nosotros. No las soltamos.

Nosotros muchas veces actuamos de esta manera con Dios. Vamos caminando en esta vida con nuestras cargas. Dios quiere ayudarnos, pero nosotros no soltamos la carga. Por eso continuamos cargados.

¿Y por qué no la soltamos? Porque no tenemos fe. Nos aferramos a lo que nosotros consideramos es la manera correcta de resolver el problema y queremos tener en control. No le damos el control al Señor. Es como si le estuviésemos pidiendo simplemente que nos dé ?una manito?, pero nosotros seguimos dirigiendo.

No es eso lo que Jesús espera de nosotros. Ya en Mateo 11:29-30, él continúa diciendo: ? Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy paciente y humilde de corazón, y sus almas encontrarán descanso. Pues mi yugo es suave y mi carga liviana.

Cuando llevamos el yugo de Jesús, es decir cuando nos unimos a él y nos dejamos dirigir por él, nos lleva hacia la victoria por el camino que él ya conoce. Nos consuela, nos fortalece, toma nuestras cargas y nos da un descanso que es más que un descanso puramente emocional, superficial y temporal; es un descanso profundo y eterno, un descanso espiritual. Jesús vivió 33 años en este mundo. Vino con una misión que solamente él podía llevar a cabo: la salvación de la humanidad. Fue perseguido, injuriado, humillado e injustamente acusado. Fue juzgado y condenado por una muchedumbre enfurecida que prefirió que dejaran en libertad a un ladrón asesino y lo crucificaran a él. Sin haber cometido un solo pecado, el Señor tuvo que cargar sobre sí, todos los pecados de la humanidad en la cruz del Calvario.

Era tan grande la carga, que pocas horas antes de esa terrible prueba, en el huerto de Getsemaní, en su condición humana, Jesús se sintió débil y a punto de desfallecer. Le invadía una tristeza tan grande que confesó a sus discípulos: ?Siento una tristeza de muerte.
Quédense aquí conmigo y permanezcan despiertos. (Mateo 26:38). ¿Qué hizo entonces Jesús? ¿Dónde buscó fortaleza? Jesús se postró en oración tres veces, y clamó al Padre sometiendo a él su voluntad. Allí echó su carga sobre Dios. ?Entonces se le apareció un ángel del cielo para animarlo?, dice Lucas 22:43. Cuando Jesús se puso de pie, ya estaba descansado, fortalecido y listo para enfrentarse a la terrible prueba y así se dirigió a la cruz a dar su vida por cada uno de nosotros.

El apóstol Pablo fue otro hombre que sufrió muchas pruebas duras en su vida. Estando preso en una cárcel romana, pasando mil incomodidades y esperando ser ejecutado en cualquier momento, Pablo escribió a los filipenses y les dijo: ? No se angustien por nada, y en cualquier circunstancia, recurran a la oración y a la súplica, acompañadas de acción de gracias, para presentar sus peticiones a Dios.

Entonces la paz de Dios, que supera todo lo que podemos pensar, tomará bajo su cuidado los corazones y los pensamientos de ustedes en Cristo Jesús . (Filipenses 4:6-7).

Es decir, cuando nos dirigimos al Señor, oramos, y le clamamos, él toma nuestras cargas, nuestras preocupaciones, nuestros afanes, nuestras ansiedades, y las convierte en paz. Una paz que no entendemos aunque quizás las circunstancias no cambien inmediatamente, sin embargo la sentimos profundamente y la disfrutamos. Pero para lograr eso, es necesario echar las cargas sobre Dios.

¿Crees que el Señor puede darte descanso? ¿Crees que su yugo es fácil y su carga es ligera? Entonces confía plenamente en él, echa sobre él todas tus cargas, somete a él todas las áreas de tu vida, y disfruta del descanso que él te ofrece. Si sientes que no puedes soltar tus cargas en los brazos del Señor, pídele entonces a Él para que te ayude a lograrlo

viernes, 1 de abril de 2016

Bonnie Tyler - Total Eclipse of the Heart(Subtitulos)

Remedio...

Como remedio.

A veces, como no “sentimos” el ir a Misa y el comulgar, lo dejamos de hacer, dejamos de asistir a Misa y de recibir la Sagrada Comunión.
¡Que grave error el nuestro! Porque tanto la Misa como la Eucaristía son como remedios que nos curan toda clase de males.
Debemos recibir la Comunión lo más frecuentemente que podamos, aunque no sintamos un consuelo especial, al menos debemos recibirla como si tomáramos una aspirina, porque el Cuerpo y la Sangre del Señor son un Remedio para nuestra alma, nuestra mente y cuerpo.
Ojalá tengamos mucha devoción al recibir a Jesús sacramentado. Pero si no “sentimos” nada, igualmente no dejemos de ir a Misa y comulgar, porque el bien que nos viene de ello es incalculable.
Ya no somos niños, acostumbrados a los caramelos. El Señor nos trata como a adultos, a los que no les hace falta darles caramelos. Y así el Señor nos quita a veces el consuelo, el fervor y el gusto por las cosas de Dios. Pero está en nosotros seguir yendo a Misa, comulgando y rezando, viviendo de la fe, que se fortalece en la aridez. Dios a veces nos quita un poco los consuelos, los “caramelos”, para que nos hagamos adultos en la fe. Si dejamos todo apenas sentimos desabrimiento, eso muestra que no buscábamos al Dios de los consuelos, sino más bien lo que buscábamos eran los consuelos de Dios.
Aunque no sintamos nada al comulgar, sigamos recibiendo la Comunión como un remedio, constante y frecuentemente, y veremos que al fin Dios nos dará de vez en cuando algún consuelo mayor, que se alternará con tiempos de sequedad, para que no nos acostumbremos a los “caramelos”, sino que busquemos por encima de todo la gloria de Dios y el bien de las almas, comenzando por el bien de nuestra propia alma, asistiendo a Misa y recibiendo la Eucaristía, si es posible, diariamente.

jueves, 31 de marzo de 2016

Evangelio del día...

jueves 31/MAR/16

Evangelio del día.

Lc 24, 35-48.
Jueves de la Octava de Pascua.
Los discípulos que retornaron de Emaús a Jerusalén, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan. Todavía estaban hablando de esto, cuando Jesús se apareció en medio de ellos y les dijo: “La paz esté con ustedes”. Atónitos y llenos de temor, creían ver un espíritu, pero Jesús les preguntó: “¿Por qué están turbados y se les presentan esas dudas? Miren mis manos y mis pies, soy yo mismo. Tóquenme y vean. Un espíritu no tiene carne ni huesos, como ven que yo tengo”. Y diciendo esto, les mostró sus manos y sus pies. Era tal la alegría y la admiración de los discípulos, que se resistían a creer. Pero Jesús les preguntó: “¿Tienen aquí algo para comer?”. Ellos le presentaron un trozo de pescado asado, él lo tomó y lo comió delante de todos. Después les dijo: “Cuando todavía estaba con ustedes, yo les decía: Es necesario que se cumpla todo lo que está escrito de mí en la Ley de Moisés, en los Profetas y en los Salmos”. Entonces les abrió la inteligencia para que pudieran comprender las Escrituras, y añadió: “Así estaba escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto”.
Reflexión:
Jesús resucitado se aparece a los discípulos y lo primero que les dice es: “La paz esté con ustedes”. Jesús es el Príncipe de la Paz, y la paz es el signo de la presencia de Dios. Si un pensamiento nos deja inquietud o turbación debemos rechazarlo porque no viene de Dios, ya que si es de Dios siempre nos dará paz. La paz proviene de estar reconciliado con Dios. Por eso el mundo no tiene paz, porque vive alejado de Dios y despreciando sus mandamientos. Siempre debemos cuidar nuestra paz interior que lo lograremos especialmente rezando el Santo Rosario como nos dice la misma Santísima Virgen en sus apariciones y confesándonos frecuentemente para vivir en amistad con Dios.
Pidamos a María Santísima la gracia de tener paz en medio de las dificultades que tengamos que vivir y rechazar todo pensamiento que nos quite dicha paz.
Jesús, María, os amo, salvad las almas

miércoles, 30 de marzo de 2016

Vivir...


Vivir en estos tiempos



Qué difícil es vivir en éstas épocas! Quizás no somos conscientes de la hostilidad espiritual de estos tiempos, pero vivimos en un mundo que nos propone desviarnos en casi todo momento.
En los siglos pasados se vivía una vida, en promedio, mucho menos expuesta al pecado. Las noches, por ejemplo, empezaban temprano: la oscuridad reunía a las familias en sus hogares y las unía en un clima que propiciaba la paz espiritual, el diálogo familiar y la reflexión. La inexistencia de tecnología permitía un nivel de diálogo mucho más frecuente y sereno, ya que la falta del bombardeo de noticias que vivimos hoy en día centraba a las personas en su entorno inmediato, en su vida cotidiana. En el presente tenemos una conciencia de lo que ocurre en casi todo el mundo, mientras en el pasado sólo se sabía lo que acontecía en la ciudad o aldea propia, o a lo sumo lo que ocurría en el país, después de algunos meses de ocurridos los hechos. La mayoría de la información que recibimos actualmente no nos aporta nada, salvo turbación y angustia, y sin embargo ocupa un espacio tan grande que no nos deja lugar para meditar sobre lo esencial de nuestra vida, nos absorbe.
Qué difícil es encontrar a Dios cuando todo lo que recibimos carece de referencias a la vida espiritual. Se nota una tendencia muy fuerte a interpretar todo lo que ocurre desde un ángulo humano, desprovisto de Dios, haciendo del hombre el centro de todo lo que ocurre. Es como una fuerza de gravedad poderosa que atrae todo hacia sí, donde hablar de Dios o sentir a Dios es ir contra la corriente. Los niños y jóvenes en colegios y universidades, hombres y mujeres en sus ocupaciones cotidianas, todo tiende hacia una vida vacía de contenido. Se divulga la necesidad de vivir socialmente y ?divertirse?, casi como un sello de felicidad, apartándonos de la búsqueda verdadera del crecimiento espiritual.
Por ello es importante tener una gran fortaleza de espíritu, saber que no debe uno dejarse atraer o engañar por esa propuesta tan generalizada y aceptada mansamente por la mayoría de la gente. En medio de tanta oscuridad, pequeños ejemplos de luz que luchan en contra de la corriente general son como faros que guían hacia la salida. Nunca sabremos en quienes produce efecto una palabra, un gesto, que muchas veces es mal entendido porque va en contra de lo que ?el mundo? dice o propone. Pero no importa: lo debemos hacer igual, no hay que ser impaciente, hay que saber esperar, orar, obrar y callar. Si los resultados son visibles o invisibles a nosotros, si producen efecto o no, no somos nosotros quienes deben verlo. Dios todo lo sabe y todo lo ve, porque sabe lo que hay en los corazones. El juicio humano está casi siempre errado, salvo cuando se realiza desde un punto de vista superior, espiritual. Por ese motivo no hay que juzgar a los demás, sólo obrar con una intención recta y orar por justos motivos, pidiendo en todo momento que se haga la Voluntad de Dios, y no la nuestra.
Vivamos en este mundo, sabiendo que no somos de este mundo. Nuestro destino es de realeza, de Reino, de un Reino que no es de aquí, ya que estamos destinados al Reino de Cristo. Oremos por nuestra entrada a esa plenitud, esa beatitud que borra todo pensamiento o actitud vana. Seamos dignos miembros de la Iglesia de Cristo, humildes integrantes de un todo que está destinado a triunfar y reinar.

martes, 29 de marzo de 2016

Vida...


Vivir católico

Dios tiene un plan.
Dios, desde toda eternidad, tiene un plan para cada uno de nosotros. Está en nosotros el saber ir descubriendo dicho plan, en el transcurso de nuestra vida, por medio de la oración, la meditación, la guía espiritual y los acontecimientos de nuestra vida.
Dios no es malo, y a veces nosotros lo tomamos como tal, porque nos parece que Dios nos hace sufrir y frustra nuestros planes más honestos y nuestros sueños.
No es así, porque Dios quiere siempre el bien para nosotros, y quien nos causa amarguras y desgracias es el Maligno, que odia a Dios y a nosotros, porque somos imágenes de Dios.
Es el demonio quien se opone a nuestra felicidad. Pero a veces somos también nosotros mismos quienes equivocamos el camino hacia la verdadera felicidad.
Debemos tener en cuenta que no se llega a conseguir un bien precioso si no se trabaja duramente. Tampoco nosotros lograremos la felicidad si no trabajamos con tesón en las cosas de todos los días, uniéndonos a la Voluntad de Dios, anteponiendo Su voluntad a la nuestra, o mejor dicho, haciendo coincidir nuestra voluntad con la Voluntad divina.
Entonces sí que seremos felices, porque la felicidad está en sabernos amados por Dios, en estar convencidos que hacemos lo que a Él le agrada, y eso tiene un gran premio en el Cielo, pero ya también aquí en la tierra.
Y paradójicamente, cuando intentamos hacer la Voluntad de Dios y tratamos de adaptar nuestra voluntad a la Voluntad divina, entonces Dios mismo hace nuestra voluntad, y nos hace felices.
Dios es el más interesado en que seamos felices. Pero también debemos recordar que la verdadera y completa felicidad no puede estar jamás en la tierra, porque los hombres hemos sido creados para el Cielo, y nuestro corazón y alma no estarán satisfechos hasta que no estemos en el seno de Dios.
Debemos seguir la voluntad de Dios porque es el camino seguro para ser felices en este mundo y en el más allá.
Y como guía en este camino, nadie mejor que María Santísima, que conoce también cuál es el plan de Dios para nosotros, y sabrá guiarnos como sólo Ella lo puede hacer, y con corazón de Madre, a realizar a la perfección el proyecto de Dios con el que seremos felices. ¡Gloria a Dios!

lunes, 28 de marzo de 2016

Entrar...

Entremos al sepulcro.

Entremos al sepulcro donde estuvo el cuerpo del Señor, para que nos demos cuenta, de una vez por todas, que Jesús no está allí, sino que resucitó y ahora vive para siempre.
Nuestra vida suele ser como un peregrinar, y solemos llegar hasta la puerta del sepulcro, es decir, consideramos los dolores del Señor, pero no nos animamos a entrar, no acabamos de darnos cuenta de que el Señor está vivo entre nosotros, a nuestro lado.
Pidamos al Espíritu Santo que nos dé el empujón para que entremos de una buena vez en el sepulcro y veamos con nuestros propios ojos que Jesús resucitó.
Y que nuestra vida la vivamos de manera acorde a esta verdad que creemos, porque muchas veces vivimos la vida como si estuviéramos solos y todo dependiera de nosotros. Sin embargo Jesús está vivo a nuestro lado y nos conduce por el camino, como también conduce los destinos de los pueblos a realizar la Voluntad divina.
Debemos aprovechar esta Pascua para reavivar nuestra fe en Jesús resucitado, y dar el salto de la fe, para empezar a vivir una vida nueva, quizás con las cosas de siempre, pero animados por la seguridad de que el Señor está vivo y con nosotros.
Es una alegría que nadie nos podrá quitar, porque la Muerte ha sido vencida, y ya se ha abierto la puerta de la salvación para que entremos por ella con la buena voluntad.
No estamos solos, porque Jesús y María caminan a nuestro lado, nos protegen y de nosotros sólo exigen fe para actuar y obrar en nosotros, en nuestras vidas y en nuestros seres queridos y sus vidas.
No queramos arreglar nuestras cosas solos, porque Cristo se ha querido quedar con nosotros para reconfortarnos, pues la delicia del Señor es estar con los hijos de los hombres, como dice la Sagrada Escritura.
Vivamos con alegría esta Pascua. Que sea una Pascua realmente nueva, que empecemos una vida nueva. Que realmente pasemos de la muerte a la vida, de las tinieblas a la luz, de la desesperanza a una esperanza grande y fuerte.
¡Feliz Pascua para todos!