viernes, 9 de junio de 2017

Evangelio del día...

Evangelio del día.

Viernes 9/JUN/17.
Mc 12, 35-37.
Palabra viva.
Jesús se puso a enseñar en el Templo y preguntaba: “¿Cómo pueden decir los escribas que el Mesías es hijo de David? El mismo David ha dicho, movido por el Espíritu Santo: ‘Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos debajo de tus pies’. Si el mismo David lo llama ‘Señor’, ¿cómo puede ser hijo suyo?”. La multitud escuchaba a Jesús con agrado.
Reflexión:
Nosotros también ahora debemos escuchar a Jesús con mucho agrado y buscar su Palabra en el Evangelio. Sería bueno que hagamos el propósito de leer todos los días uno o varios capítulos del Evangelio, empezando por San Mateo y siguiendo por los demás, y al terminar, volver a comenzar, porque siempre encontraremos nuevas enseñanzas ya que la Palabra de Dios es viva y, además, según vayamos viviendo nuestras vidas le iremos encontrando nuevos y más profundos sentidos a la Escritura en general, y en particular al Evangelio.
Pidamos a la Santísima Virgen la gracia de buscar la palabra de Jesús como ciervos sedientos, y que la entendamos con el mismo Espíritu con que fue escrita.
Jesús, María, os amo, salvad las almas.

jueves, 8 de junio de 2017

Ley...

Vuelve a empezar

Ley de gravedad.
Si un cuerpo cae hacia abajo, no hay fuerza natural que lo detenga, sino que sólo una fuerza de orden superior podría invertir el movimiento de caída y convertirlo en movimiento de elevación.
Así también nos sucede a nosotros cuando decaemos en el ánimo y estamos abatidos. Necesitamos una Fuerza superior que nos eleve. Y esa Fuerza es Dios. Por eso para quien está desalentado o desanimado, es necesario que rece, pues por medio de la oración se obtiene la ayuda de Dios, que es esa Fuerza que lo puede elevar.
Ya lo dice el Apóstol que sin la ayuda de Dios no podemos decir ni siquiera que Jesucristo es el Señor. Por eso más cuando estamos abatidos, tenemos que buscar a Dios, invocar su ayuda, para que sea Él quien nos levante, que nos resucite como lo hizo con Lázaro.
No dejemos de rezar nunca. Y si no podemos rezar con oraciones ya hechas, hablemos con Dios. Y si tampoco podemos hablar con Dios porque todo nos causa tristeza, al menos recostemos nuestra cabeza sobre el Corazón de Jesús, y estémonos así, para tomar fuerzas. Y por supuesto vayamos al Sagrario, porque el Señor ha prometido -y es promesa de un Dios-, que consolará y aliviará a los que van a Él fatigados y agobiados.
Si hemos caído, seamos astutos y aprovechemos esa caída para crecer en humildad y en amor a Dios, para aferrarnos mucho más al Señor, despreciando las cosas del mundo, recordando que sólo Dios nos puede hacer felices ya desde la tierra.

miércoles, 7 de junio de 2017

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Catecismo...

Repasando el Catecismo

1. ¿Cuál es la plena y definitiva etapa de la Revelación de Dios?
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La plena y definitiva etapa de la Revelación de Dios es la que Él mismo llevó a cabo en su Verbo encarnado, Jesucristo, mediador y plenitud de la Revelación. En cuanto Hijo Unigénito de Dios hecho hombre, Él es la Palabra perfecta y definitiva del Padre. Con la venida del Hijo y el don del Espíritu, la Revelación ya se ha cumplido plenamente, aunque la fe de la Iglesia deberá comprender gradualmente todo su alcance a lo largo de los siglos.
«Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar» (San Juan de la Cruz)
(Del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica)
Comentario:
Todo lo que necesitamos saber para salvarnos, ya ha sido revelado en Cristo Jesús, en su Evangelio, en la Sagrada Escritura, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Ahora toca al Magisterio de la Iglesia ir descubriendo esta verdad y profundizando en todas sus facetas. ¿Pero entonces Dios ya no hablará más? Dios es Verbo y no puede no comunicarse. Entonces no debemos entender mal esta afirmación de que ya está todo dicho. ¡No! Si bien Dios ya ha dado todo lo que es necesario para nuestra salvación y muchos más todavía, infinitamente más nos ha dado; también es cierto que el Señor se sigue comunicando con los hombres para llevarlos a comprender mejor toda la Revelación y hacerlos vivir mejor las normas que Él mismo ha dado. Por eso las revelaciones privadas tienen una gran importancia también, y si están aprobadas por la Iglesia, como las apariciones de Fátima o las del Sagrado Corazón de Jesús, entonces hay que aceptarlas y prestarles mucha atención porque podemos correr el riesgo de cerrarle la puerta a Dios, de no aprovechar los consejos que nos da Jesús y la Virgen para que evitemos peligros o saquemos más provecho de las enseñanzas de siempre.
¡Alabado sea Dios!

martes, 6 de junio de 2017

Mensaje...

Mensaje espiritual

La Virgen y el Rosario.
Mientras Santo Domingo predicaba el rosario cerca de Carcasona, le presentaron un albigense poseído del demonio. Exorcizólo el Santo en presencia de una gran muchedumbre. Se cree que estaban presentes más de doce mil hombres. Los demonios que poseían a este infeliz fueron obligados a responder, a pesar suyo, a las preguntas del Santo y confesaron:
1.º que eran quince mil los que poseían el cuerpo de aquel miserable, porque había atacado los quince misterios del rosario;
2.º que con el rosario que Santo Domingo predicaba causaba terror y espanto a todo el infierno y que era el hombre más odiado por ellos a causa de las almas que arrebataba con la devoción del rosario;
3.º revelaron, además, muchos otros particulares.
Santo Domingo arrojó su rosario al cuello del poseso y les preguntó que de todos los santos del cielo, a quién temían más y a quién debían amar más los mortales.
A esta pregunta los demonios prorrumpieron en alaridos tan espantosos que la mayor parte de los oyentes cayó en tierra, sobrecogidos de espanto. Los espíritus malignos, para no responder, comenzaron a llorar y lamentarse en forma tan lastimera y conmovedora, que muchos de los presentes empezaron también a llorar movidos por natural compasión. Y decían en voz dolorida por la boca del poseso: “¡Domingo! ¡Domingo! ¡Ten piedad de nosotros! ¡Te prometemos no hacerte daño! Tú que tienes compasión de los pecadores y miserables, ¡ten piedad de nosotros! ¡Mira cuánto padecemos! ¿Por qué te complaces en aumentar nuestras penas? ¡Conténtate con las que ya padecemos! ¡Misericordia! ¡Misericordia! ¡Misericordia!”
El Santo, sin inmutarse ante las dolientes palabras de los espíritus, les respondió que no dejaría de atormentarlos hasta que hubieran respondido a sus preguntas. Dijéronle los demonios que responderían, pero en secreto y al oído, no ante todo el mundo. Insistió el Santo, y les ordenó que hablaran en voz alta. Pero su insistencia fue inútil: los diablos no quisieron decir palabra. Entonces, el Santo se puso de rodillas y elevó a la Santísima Virgen esta plegaria: “¡Oh excelentísima Virgen María! ¡Por virtud de tu salterio y rosario, ordena a estos enemigos del género humano que respondan a mi pregunta!” Hecha esta oración, salió una llama ardiente de las orejas, nariz y boca del poseso. Los presentes temblaron de espanto, pero ninguno sufrió daño. Los diablos gritaron entonces: “Domingo, te rogamos por la pasión de Jesucristo y los méritos de su Santísima Madre y de todos los santos, que nos permitas salir de este cuerpo sin decir palabra. Los ángeles, cuando tú lo quieras, te lo revelarán. ¿Por qué darnos crédito? No nos atormentes más: ¡ten piedad de nosotros!”
“¡Infelices sois e indignos de ser oídos!”, respondió Santo Domingo. Y, arrodillándose, elevó esta plegaria a la Santísima Virgen: “Madre dignísima de la Sabiduría, te ruego en favor del pueblo aquí presente –instruido ya sobre la forma de recitar bien la salutación angélica–. ¡Obliga a estos enemigos tuyos a confesar públicamente aquí la plena y auténtica verdad al respecto!”
Había apenas terminado esta oración, cuando vio a su lado a la Santísima Virgen rodeada de multitud de ángeles que con una varilla de oro en la mano golpeaba al poseso y le decía: “¡Responde a Domingo, mi servidor!” Nótese que nadie veía ni oía a la Santísima Virgen, fuera de Santo Domingo.
Entonces los demonios comenzaron a gritar:
“¡Oh enemiga nuestra! ¡Oh ruina y confusión nuestra! ¿Por qué viniste del cielo a atormentarnos en forma tan cruel? ¿Será preciso que por ti, ¡oh abogada de los pecadores, a quienes sacas del infierno; oh camino seguro del cielo!, seamos obligados –a pesar nuestro– a confesar delante de todos lo que es causa de nuestra confusión y ruina? ¡Ay de nosotros! ¡Maldición a nuestros príncipes de las tinieblas!
¡Oíd, pues, cristianos! Esta Madre de Cristo es omnipotente, y puede impedir que sus siervos caigan en el infierno. Ella, como un sol, disipa las tinieblas de nuestras astutas maquinaciones. Descubre nuestras intrigas, rompe nuestras redes y reduce a la inutilidad todas nuestras tentaciones. Nos vemos obligados a confesar que ninguno que persevere en su servicio se condena con nosotros. Un solo suspiro que Ella presente a la Santísima Trinidad vale más que todas las oraciones, votos y deseos de todos los santos. La tememos más que a todos los bienaventurados juntos y nada podemos contra sus fieles servidores.
Tened también en cuenta que muchos cristianos que la invocan al morir y que deberían condenarse, según las leyes ordinarias, se salvan gracias a su intercesión. ¡Ah! Si esta Marieta –así la llamaban en su furia– no se hubiera opuesto a nuestros designios y esfuerzos, ¡hace tiempo habríamos derribado y destruido a la Iglesia y precipitado en el error y la infidelidad a todas sus jerarquías! Tenemos que añadir, con mayor claridad y precisión –obligados por la violencia que nos hacen–, que nadie que persevere en el rezo del rosario se condenará. Porque Ella obtiene para sus fieles devotos la verdadera contrición de los pecados, para que los confiesen y alcancen el perdón e indulgencia de ellos.”
Entonces, Santo Domingo hizo rezar el rosario a todos los asistentes muy lenta y devotamente. Y a cada avemaría que recitaban –¡cosa sorprendente!– salía del cuerpo del poseso gran multitud de demonios en forma de carbones encendidos. Cuando salieron todos los demonios y el hereje quedó completamente liberado, la Santísima Virgen dio su bendición –aunque invisiblemente– a todo el pueblo, que con ello experimentó sensiblemente gran alegría.
Este milagro fue causa de la conversión de muchos herejes, que llegaron hasta ingresar en la Cofradía del Santo Rosario.
(De “El Secreto del Rosario”, San Luis María Grignion de Montfort)

lunes, 5 de junio de 2017

Gotas de felicidad.

A veces nos parece que cuando lleguemos a tal o cual objetivo, o que tengamos este o aquel objeto o cosa, seremos felices. Pero logrado el fin, resulta que notamos que no somos del todo felices, y nuestro corazón queda desencantado, desilusionado.
Pero tenemos que aprender que en este mundo nada ni nadie nos harán felices del todo, porque la tierra no es el Paraíso, y nuestra alma está hecha para el Cielo, está hecha para Dios, y allí sí seremos completamente felices, y para siempre.
Entonces no esperemos obtener la felicidad completa de las cosas o de las personas, porque nadie puede dar lo que no tiene, y tanto las cosas como las personas no nos pueden colmar plenamente el deseo de felicidad infinita que tiene nuestro corazón.
Pero Dios es bueno y, sabiendo que necesitamos ser felices, nos va regalando amores, logros y cosas para que vayamos teniendo como gotas de felicidad, que nos ayuden a seguir adelante en el camino de la vida, y que nos hagan pregustar la Felicidad con mayúscula que tendremos en la eternidad.
Demos gracias a Dios por estos detalles que tiene para con nosotros, dándonos personas y cosas que nos hacen felices en parte, teniendo presente que en este mundo no hallaremos la felicidad completa y duradera, porque estamos hechos para el Cielo, y la tierra no puede dar lo que no tiene, no puede ser la tierra un Paraíso. A lo sumo podrá ser como una especie de antesala del Paraíso, si se vive el Reino de Dios en el mundo, y por el cual debemos trabajar y rezar para que venga este Reino, pero sabiendo que el Paraíso nunca estará en la tierra.
Aprovechemos esos momentos de felicidad, esas gotas de felicidad, para dar gracias a Dios que nos hace pregustar un poco lo que será la gran Felicidad en el Cielo, seamos astutos y recordemos de antemano las palabras de San Agustín: “Nos has creado para Ti, Señor, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.