domingo, 3 de diciembre de 2017
Evangelio del día...
Evangelio del día.
Domingo 3/DIC/17.
Mc 13, 33-37.
Domingo 1º de Adviento.
Jesús dijo a sus discípulos: “Tengan cuidado y estén prevenidos, porque
no saben cuándo llegará el momento. Será como un hombre que se va de
viaje, deja su casa al cuidado de sus servidores, asigna a cada uno su
tarea, y recomienda al portero que permanezca en vela. Estén prevenidos,
entonces, porque no saben cuándo llegará el dueño de casa: si al
atardecer, a medianoche, al canto del gallo o por la mañana. No sea que
llegue de improviso y los encuentre dormidos. Y esto que les digo a
ustedes, lo digo a todos: ¡Estén prevenidos!”.
Reflexión:
Como comentario a este Evangelio, coloco aquí un mensaje de la Virgen al P. Michelini.
7 de diciembre de 1976
Dice María:
La hora no está lejana; preparaos con confianza, Yo, la Inmaculada no
abandonaré a las fauces salvajes de las potencias del mal y salvaré a
quien me haya honrado con la fe, la fidelidad y con la oración del Santo
Rosario.
¡Rezadlo todos los días con perseverancia y Yo vuestra Madre, os salvaré!
Hijo, te bendigo; tú sabes que con mi Esposo José estamos a tu lado; los hijos no temen, sino que aman a la Madre.
Jesús, María, os amo, salvad las almas.
viernes, 1 de diciembre de 2017
Adviento...
¿Qué es el Adviento?
Adviento es estar atentos al Señor que viene.
No es simplemente un momento del Año Litúrgico. ¡Es un tiempo de esperanza! “¡Estar despiertos y vigilantes!”
No es una amenaza. Es una Exhortación. Es una actitud que abarca e ilumina toda la vida del cristiano.
Es un mirar a Jesús que vino en la historia para enseñarnos a vivir humana y divinamente. Que viene en cada pobre y necesitado y vendrá al final de los tiempos como Él nos prometió.
Cada uno sabe cuáles son sus “excesos”. Ya es hora de “despertarnos” de nuestra apatía, nuestra indolencia, y es preciso luchar con más decisión y arranquemos de raíz todo aquello que puede desagradar al Señor que viene.
Año tras año, al llegar el Adviento, oímos que es un tiempo de cambio y preparación. Pero, ¿cambia “algo” en nuestra vida?
Este el desafío de quienes “pretendemos” preparar el camino del Señor: Cambiar el corazón, cambiar nuestra mentalidad. Esta actitud se llama, en el lenguaje religioso, conversión.
El camino del cristiano será imitar a Jesús viendo todo lo que podemos hacer para que los desalentados y oprimidos reciban una nueva esperanza… comenzando por nosotros mismos.
La esperanza y la alegría de un Dios que no se cansa de decirnos: "¡Sed fuertes, no temáis! Yo mismo vengo a salvaros."
Lejos de ceder a la tristeza y al pesimismo, alégrate siempre en el Señor, porque Jesús viene a buscar y a salvar lo que estaba perdido.
Algunas veces pareciera que, tanto escuchar y repetir que Jesús es Dios hecho hombre, nos hemos acostumbrado a las palabras y no valoramos la importancia de lo que significan.
Preparemos todo nuestro ser para celebrar este GRAN MISTERIO: Dios que se hace hombre semejante a nosotros, menos en el pecado.
En este camino al encuentro del Señor, es una excelente ocasión para mostrarle a Jesús que estamos vigilantes, atentos, activos… y con el corazón ocupado en amar a todos, especialmente a los más necesitados.
Dile, SÍ, al Señor que ya llega para que nos purifique y nos haga vivir la auténtica alegría de la Navidad.
¡Que Dios te bendiga!
Adviento es estar atentos al Señor que viene.
No es simplemente un momento del Año Litúrgico. ¡Es un tiempo de esperanza! “¡Estar despiertos y vigilantes!”
No es una amenaza. Es una Exhortación. Es una actitud que abarca e ilumina toda la vida del cristiano.
Es un mirar a Jesús que vino en la historia para enseñarnos a vivir humana y divinamente. Que viene en cada pobre y necesitado y vendrá al final de los tiempos como Él nos prometió.
Cada uno sabe cuáles son sus “excesos”. Ya es hora de “despertarnos” de nuestra apatía, nuestra indolencia, y es preciso luchar con más decisión y arranquemos de raíz todo aquello que puede desagradar al Señor que viene.
Año tras año, al llegar el Adviento, oímos que es un tiempo de cambio y preparación. Pero, ¿cambia “algo” en nuestra vida?
Este el desafío de quienes “pretendemos” preparar el camino del Señor: Cambiar el corazón, cambiar nuestra mentalidad. Esta actitud se llama, en el lenguaje religioso, conversión.
El camino del cristiano será imitar a Jesús viendo todo lo que podemos hacer para que los desalentados y oprimidos reciban una nueva esperanza… comenzando por nosotros mismos.
La esperanza y la alegría de un Dios que no se cansa de decirnos: "¡Sed fuertes, no temáis! Yo mismo vengo a salvaros."
Lejos de ceder a la tristeza y al pesimismo, alégrate siempre en el Señor, porque Jesús viene a buscar y a salvar lo que estaba perdido.
Algunas veces pareciera que, tanto escuchar y repetir que Jesús es Dios hecho hombre, nos hemos acostumbrado a las palabras y no valoramos la importancia de lo que significan.
Preparemos todo nuestro ser para celebrar este GRAN MISTERIO: Dios que se hace hombre semejante a nosotros, menos en el pecado.
En este camino al encuentro del Señor, es una excelente ocasión para mostrarle a Jesús que estamos vigilantes, atentos, activos… y con el corazón ocupado en amar a todos, especialmente a los más necesitados.
Dile, SÍ, al Señor que ya llega para que nos purifique y nos haga vivir la auténtica alegría de la Navidad.
¡Que Dios te bendiga!
jueves, 30 de noviembre de 2017
Miedos...
Miedos.
Es interesante comprobar cuántas veces en las Sagradas Escrituras, Dios o
los enviados de Dios les dicen a los hombres: “No teman, no tengan
miedo”.
Y es que el miedo paraliza y nos hace amargar la vida, porque por miedo no hacemos lo que debemos hacer, y así frustramos los planes de Dios sobre nosotros.
Para no tener miedo debemos ser muy amigos del Espíritu Santo, pues fue Él quien descendió sobre los Apóstoles llenos de miedo, y les dio el valor y el coraje para salir en todas direcciones a anunciar el Reino de Dios.
Siendo amigos del Espíritu Santo e invocándolo con frecuencia, iremos perdiendo los miedos injustificados y Dios nos encomendará grandes misiones.
Quizás hemos sido educados en el miedo, tal vez nuestros padres nos sobreprotegieron o cometieron algún error en nuestra crianza y por eso somos miedosos. Pero no importa el pasado, tanto mejor porque ahora tenemos la oportunidad de modificar eso, de convertirnos y dar vuelta la situación. Los santos no nacieron santos, sino que tenían defectos como nosotros, pero se vencieron y, con la ayuda de Dios, se hicieron héroes de la virtud, capaces de hacer grandes obras para el Cielo y también para la tierra.
Así que cuando nos llegue el miedo, sopesemos la situación a ver si en realidad es un miedo justificado, o no lo es. Entonces, si notamos que tenemos miedo sin razón, pidamos luz al Espíritu Santo y en su Nombre arrostremos la situación que se nos presenta.
El miedo hacer cometer muchos errores, y nos va como encasillando dentro de nosotros mismos, y no nos deja salir a vivir plenamente el Evangelio, siendo misericordiosos con todos, y valientes para cumplir la Palabra de Dios en medio del mundo.
Tenemos a Jesús Resucitado que camina a nuestro lado, entonces ¿qué podemos temer? Si el Señor ve todo y tiene todo, absolutamente todo bajo su control.
Y para no tener miedo no pequemos, porque la culpa luego infunde miedo. Tenemos miedo a Dios después del pecado, igual que Adán y Eva, que después de pecar se escondieron de Dios.
Es el demonio el que vive en el miedo y tiene miedo de que nos escapemos de sus manos y nos salvemos, y por ello nos infunde miedos para tenernos atados y como amordazados, para que no hagamos el bien, para que no evangelicemos, para que no obremos misericordiosamente con todos.
Estemos atentos a ello y sopesemos nuestros miedos para, al descubrirlos, intentar vencerlos con la gracia de Dios.
Y es que el miedo paraliza y nos hace amargar la vida, porque por miedo no hacemos lo que debemos hacer, y así frustramos los planes de Dios sobre nosotros.
Para no tener miedo debemos ser muy amigos del Espíritu Santo, pues fue Él quien descendió sobre los Apóstoles llenos de miedo, y les dio el valor y el coraje para salir en todas direcciones a anunciar el Reino de Dios.
Siendo amigos del Espíritu Santo e invocándolo con frecuencia, iremos perdiendo los miedos injustificados y Dios nos encomendará grandes misiones.
Quizás hemos sido educados en el miedo, tal vez nuestros padres nos sobreprotegieron o cometieron algún error en nuestra crianza y por eso somos miedosos. Pero no importa el pasado, tanto mejor porque ahora tenemos la oportunidad de modificar eso, de convertirnos y dar vuelta la situación. Los santos no nacieron santos, sino que tenían defectos como nosotros, pero se vencieron y, con la ayuda de Dios, se hicieron héroes de la virtud, capaces de hacer grandes obras para el Cielo y también para la tierra.
Así que cuando nos llegue el miedo, sopesemos la situación a ver si en realidad es un miedo justificado, o no lo es. Entonces, si notamos que tenemos miedo sin razón, pidamos luz al Espíritu Santo y en su Nombre arrostremos la situación que se nos presenta.
El miedo hacer cometer muchos errores, y nos va como encasillando dentro de nosotros mismos, y no nos deja salir a vivir plenamente el Evangelio, siendo misericordiosos con todos, y valientes para cumplir la Palabra de Dios en medio del mundo.
Tenemos a Jesús Resucitado que camina a nuestro lado, entonces ¿qué podemos temer? Si el Señor ve todo y tiene todo, absolutamente todo bajo su control.
Y para no tener miedo no pequemos, porque la culpa luego infunde miedo. Tenemos miedo a Dios después del pecado, igual que Adán y Eva, que después de pecar se escondieron de Dios.
Es el demonio el que vive en el miedo y tiene miedo de que nos escapemos de sus manos y nos salvemos, y por ello nos infunde miedos para tenernos atados y como amordazados, para que no hagamos el bien, para que no evangelicemos, para que no obremos misericordiosamente con todos.
Estemos atentos a ello y sopesemos nuestros miedos para, al descubrirlos, intentar vencerlos con la gracia de Dios.
miércoles, 29 de noviembre de 2017
Confesión...
Modo de confesarse.
Después de hecho el examen de conciencia
y rezado de corazón el Acto de Contrición, te acercas al confesionario.
Si hay tiempo, y tienes a mano una Biblia sería bueno que leyeses algún
pasaje que te ayude al arrepentimiento.
Cuando te llegue el turno, te santiguas, te diriges al confesor y, de
pie o de rodillas (según sea la costumbre) le saludas diciendo: Ave
María Purísima. Él te contestará: Sin pecado concebida. (Ritual de
Penitencia, nº 16. 1975)
Enseguida dirás con humildad, sinceridad y arrepentimiento: Hace... (el
tiempo que haya pasado poco más o menos desde la última confesión) que
no me he confesado. Cumplí (o no cumplí) la penitencia. No callé ningún
pecado grave (o callé a sabiendas un pecado, dos o tres, etc.). Tampoco
me olvidé de ninguno (o me olvidé de estos pecados: díselos al
confesor). Desde entonces he cometido los pecados siguientes:: ( Dile
los que recuerdes según el orden de los mandamientos, añadiendo siempre
las circunstancias agravantes y cuántas veces has cometido cada pecado
grave. Si no recuerdas el número exacto, puedes decirlo aproximadamente,
por ejemplo, cuántas veces al día, a la semana o al mes.
Si, gracias a Dios, no tienes pecados graves, al final puedes decir: «Me
acuso también y me arrepiento de todos los pecados de mi vida pasada,
principalmente de los que he cometido contra la pureza, paciencia y
caridad».
Es mejor que te confieses tú solo; pero si no te atreves, dile al Padre
que te ayude. Y si, al terminar el confesor de preguntarte, te acuerdas
de algún otro pecado grave, díselo tú mismo.
No tengas miedo de decírselo todo. El confesor no se extrañará de nada y
te guardará el secreto, aunque le cueste la vida. Además, tiene
obligación de recibir con cariño y misericordia -como hacía el mismo
Jesucristo- a todos los pecadores arrepentidos. Si lo dices todo, te
quedará una gran paz en el alma. Si no, el remordimiento no te dejará
vivir tranquilo.
Si no estás en disposición de confesarte con arrepentimiento de todos
los pecados graves que has cometido, es preferible que no te confieses.
Si te confiesas mal, no sólo no alcanzarás el perdón de ningún pecado,
sino que añades otro terrible, que se llama sacrilegio.
Tienes obligación de decir -aunque el confesor no te lo pregunte- todos
los pecados graves no confesados todavía o confesados mal. Si callaste
algún pecado por olvido, no te preocupes: la confesión vale. Pecado
olvidado es pecado perdonado. Basta con que lo digas, si fue grave, en
la próxima confesión.
Expón al confesor los problemas que tengas para vivir bien tu fe.
Atiende a los consejos que el confesor te dé para ayudarte. Si te queda
alguna duda, pregúntasela.
Fíjate en la penitencia que te impone. Si no sabes o no puedes cumplirla, díselo para que te imponga otra distinta.
Mientras el Padre te da la bendición para perdonarte tus pecados, reza
el «Señor mío Jesucristo»; y si no lo sabes, golpéate el pecho, diciendo
varias veces de corazón: «¡Dios mío, perdóname!»
Terminada la confesión, procura cumplirla cuanto antes la penitencia. Si
se te ha olvidado, pregúntasela otra vez al confesor. Y si esto ya no
es posible, si quieres, puedes hacer lo que en casos semejantes te
suelen poner. Pero basta que en la próxima confesión le digas al
confesor lo que te ha ocurrido.
Si terminaste de preparar tu confesión y tienes todavía tiempo, podrías meditar alguna de estas frases:
«Perdóname, que soy un pecador» (Lucas, 18: 13).
«Tus pecados quedan perdonados. Tu fe te ha salvado. Vete en paz» (Lucas,7:49).
«No vuelvas a pecar más» (Juan, 8: 11).
«Yo soy el Buen Pastor» (Juan, 10:11).
«Arrojaré tus pecados al fondo del mar»(Miqueas, 7: 19)
«Perdonaré su culpa y no recordaré más sus pecados» (Profeta Jeremías, 31:34).
«Dios quiere que todos se salven» (Primera Carta a Timoteo, 2: 4).
martes, 28 de noviembre de 2017
Lectura...
Lectura espiritual
Ejemplo 14.
Salió del mundo para ir al cielo...
Un misionero redentorista escribe:
En el año 1959 mandé carta a diez mil enfermos, con la estampa de las tres Avemarías
Poco tiempo después me llamaba uno de ellos.
Era un hombre ilustre en el mundo de las Letras y de la Jurisprudencia.
Lo conocía desde hacía ocho años.
Al saludarle, me dijo:
–Le he llamado para que sea usted testigo de un milagro de conversión de
un pecador, que hay que atribuir a la devoción de las Tres Avemarías.
–¿Dónde está ese pecador? –le dije.
Y él, seriamente, exclamó:
–Soy yo, Padre. Quiero confesarme. Y tenga paciencia porque tenemos para un buen rato.
–Según recibí su carta –siguió diciendo–, tomé la estampa y empecé a
rezar mañana y tarde las tres Avemarías, con la jaculatoria impresa:
“María, Madre mía, líbrame de caer en pecado mortal”. Luego la corregí,
para decir: “María, Madre mía, líbrame de morir en pecado mortal”... Y
esta mañana he sentido el impulso de hacer lo que debiera haber hecho
hace más de cincuenta años.
Le confesé... Un mes exacto después moría de repente.
Dos días antes le había vuelto a confesar, y me había dicho:
–Padre, yo voy a morir. Me falla el corazón desde hace un mes, desde
aquel día que me oyó usted en confesión. ¡Es demasiada mi alegría y mi
gratitud a la Santísima Virgen, para que pueda vivir más en este pícaro
mundo!
lunes, 27 de noviembre de 2017
Signos...
Signos de los tiempos
La Purificación.
La Virgen lo ha dicho repetidas veces: Estamos en la Purificación de la
Iglesia y del mundo entero. Esta Purificación es un aumento de
sufrimientos para todos los hombres. Debemos saber esto para no
desanimarnos cuando nos lleguen cruces que son permitidas por Dios para
que nos hagamos más santos y nos acerquemos más a Dios. Porque cuando
todo nos va bien, a veces nos olvidamos de Dios y de la misericordia con
el prójimo. En cambio, cuando nos llega algún sufrimiento, entonces
levantamos los ojos al Cielo y nos acordamos de la importancia de la
oración y el consuelo que ella trae a nuestras almas, y también nos
compadecemos de las personas que están pasando un dolor semejante al
nuestro. Es difícil sufrir y a nadie le gusta, pero si supiéramos el
valor que tienen las cruces y los méritos y gracias que recibimos al
llevarlas resignadamente, pediríamos a gritos cruces de todo tipo.
Porque lo importante es que seamos misericordiosos. Y es mejor que
seamos misericordiosos en medio de dolores y cruces, que ser duros de
corazón en la mejor salud y tranquilidad de la vida. Dios no ve con
nuestros ojos, y los caminos de Dios están muy distantes de los caminos
de los hombres.
¡Ven Señor Jesús!
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