jueves, 5 de abril de 2018

Cuento reflexivo...

Era la reunión del domingo por la noche de un grupo apostólico en una iglesia de la comunidad. Después de cantar los himnos, el sacerdote de la iglesia se dirigió al grupo y presentó a un orador invitado; se trataba de uno de sus amigos de la infancia, ya entrado en años.
Mientras todos lo seguían con la mirada, el anciano ocupó el púlpito y comenzó a contar esta historia:
"Un hombre junto con su hijo y un amigo de su hijo estaban navegando en un velero a lo largo de la costa del Pacífico, cuando una tormenta les impidió volver a tierra firme. Las olas se encresparon a tal grado que el padre, a pesar de ser un marinero de experiencia, no pudo mantener a flote la embarcación, y las aguas del océano arrastraron a los tres."
Al decir esto, el anciano se detuvo un momento y miró a dos adolescentes que por primera vez desde que comenzó la plática estaban mostrando interés y siguió narrando:
"El padre logró agarrar una soga, pero luego tuvo que tomar la decisión más terrible de su vida: Escoger a cuál de los dos muchachos tirarle el otro extremo de la soga. Tuvo sólo escasos segundos para decidirse. El padre sabía que su hijo era un buen cristiano, y también sabía que el amigo de su hijo no lo era. La agonía de la decisión era mucho mayor que los embates de las olas."
"Miró en dirección a su hijo y le gritó: ¡TE QUIERO, HIJO MIO! y le tiró la soga al amigo de su hijo. En el tiempo que le tomó al amigo llegar hasta el velero volcado en campana, su hijo desapareció bajo los fuertes oleajes en la oscuridad de la noche. Jamás lograron encontrar su cuerpo."
Los dos adolescentes estaban escuchando con suma atención, atentos a las próximas palabras que pronunciara el orador invitado.
"El padre" -continuó el anciano- "sabía que su hijo pasaría la eternidad con Cristo, y no podía soportar el hecho de que el amigo de su hijo no estuviera preparado para encontrarse con Dios. Por eso sacrificó a su hijo. ¡Cuán grande es el amor de Dios que lo impulsó a hacer lo mismo por nosotros!"
Dicho esto, el anciano volvió a sentarse, y hubo un tenso silencio. Pocos minutos después de concluida la reunión, los dos adolescentes se encontraron con el anciano. Uno de ellos le dijo cortésmente:
"Esa fue una historia muy bonita, pero a mí me cuesta trabajo creer que ese padre haya sacrificado la vida de su hijo con la ilusión de que el otro muchacho algún día decidiera seguir a Cristo."
"Tienes toda la razón", le contestó el anciano mientras miraba su Biblia gastada por el uso. Y mientras sonreía, miró fijamente a los dos jóvenes y les dijo:
"Pero esa historia me ayuda a comprender lo difícil que debió haber sido para Dios entregar a su Hijo por mí. A mí también me costaría trabajo creerlo si no fuera porque el amigo de ese hijo era yo."

miércoles, 4 de abril de 2018

Abrir los ojos...


«Entonces sus ojos se abrieron»

Los días que transcurren entre la Resurrección del Señor y su Ascensión no pasaron infructuosamente, sino que en ellos recibieron su confirmación grandes misterios y se nos revelaron grandes verdades. En estos días se nos arranca el temor a la muerte y la inmortalidad y no solo del alma, sino también del cuerpo, se nos revela...
En estos días, el Señor se junta y acompaña a dos discípulos que iban de camino; y para disipar en nosotros toda tiniebla de duda, reprende la tardanza en creer de estos hombres asustadizos y amedrentados. Sus corazones iluminados reciben la llama de la fe, estaban tibios, y al explicarles el Señor las Escrituras, se vuelven fervorosos. Asimismo se les abren los ojos al sentarse a la mesa y partir el Señor el pan. Mucho más dichosos fueron los ojos de estos, pudiendo contemplar la glorificación de la naturaleza humana del Salvador, que los de nuestros primeros padres, cuyos ojos se abrieron ante la confusión de su propio pecado (Gn 3,7).
En medio de estos y otros milagros, como los discípulos temblaban sobrecogidos del temor, el Señor se apareció en medio de ellos y les dijo: «La paz sea con vosotros» (Lc 24, 36; Jn 20,26). Para alejar de sus pensamientos la duda... el Salvador demuestra la falsedad de tales cavilaciones mostrándoles las señales de la crucifixión sobre sus manos y pies... Y así pudiera creerse, no con fe dudosa, sino a ciencia cierta, que la misma naturaleza que estuvo en el sepulcro había de sentarse juntamente con Dios Padre en su trono. Durante todo este tiempo que transcurre entre la resurrección del Señor y su Ascensión, oh amadísimos, esto es lo procuró la providencia de Dios, esto lo que enseñó y metió en los ojos y corazones de los suyos, para que reconociesen por verdaderamente resucitado al Señor Jesucristo, que era el mismo que había nacido, padecido y muerto. 

martes, 3 de abril de 2018

LA GRAN MURALLA. canción de la película (vídeo)

Sto Evangelio...

J†A
JMJ
Pax
He visto al Señor y me ha dado este mensaje
† Lectura del santo Evangelio según san Juan 20, 11-18
Gloria a ti, Señor.
El día de la resurrección, María se había quedado llorando junto al sepulcro. Sin dejar de llorar volvió a asomarse al sepulcro. Entonces vio dos ángeles, vestidos de blanco, sentados en el lugar donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies. 
Los ángeles le preguntaron: 
"¿Mujer, por qué lloras?" 
Ella contestó:
"Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto". 
Dicho esto, se volvió hacia atrás y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció. Jesús le preguntó: 
"Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién estás buscando?" 
Ella, creyendo que era el jardinero, le respondió: 
"Señor, si te lo has llevado tú, dime dónde lo has puesto y yo iré a recogerlo". 
Entonces Jesús le dijo: 
"¡María!" 
Ella se se acercó a él y exclamó en arameo: 
"¡Rabuní!" (que significa "maestro"). 
Jesús le dijo:
"No me retengas, porque todavía no he subido a mi Padre; anda, ve y di a mis hermanos que voy a mi Padre que es el Padre de ustedes; a mi Dios, que es también su Dios".
María Magdalena se fue corriendo adonde estaban los discípulos y les anunció:
"He visto al Señor".
Y les contó lo que Jesús le había dicho.
Palabra del Señor. 
Gloria a ti, Señor Jesús.

lunes, 2 de abril de 2018

La muerte...

Las postrimerías.

"Meditare Novissima tua et in aeternum non peccabis" (Ecli 7, 40)

"Recuerda tus postrimerías, y nunca pecarás"
MUERTE - JUICIO - INFIERNO - CIELO
MUERTE:
Dios no ha creado la muerte, sino que ésta vino por el pecado del hombre y es como su salario, por eso los hombres no estamos preparados para morir, ya que tenemos deseos de eternidad y nos repugna la muerte. Pero ésta llegará inexorablemente, y por eso es mejor prepararse a dar ese paso tan importante, ese salto a la eternidad del cual dependerá nuestro destino eterno.
La muerte no se puede esquivar ni posponer, ya que Dios la ha fijado desde toda eternidad y Él sabe en qué momento sucederá, aunque no lo sabemos nosotros, que siempre tenemos que estar preparados, viviendo en gracia de Dios y nunca en pecado mortal.
JUICIO:
Pero lo más importante luego de la muerte es el Juicio de Dios, el Juicio particular, cuando estemos nosotros solos ante la Majestad de Dios, que llevará a juicio todas nuestras acciones, palabras, pensamientos y omisiones.
Está el juicio particular que cada uno sufre inmediatamente después de la muerte, y el Juicio Final, que sucederá al fin del mundo, cuando el Señor resucite a todos los hombres, desde Adán y Eva hasta el último que haya existido. Terrible momento ese, donde quedará patente a todo el universo quién era el que estaba en lo correcto y quién fue el verdadero fracasado.
INFIERNO:
Y los que mueran en pecado mortal, inmediatamente serán precipitados en el Infierno eterno, que como define la Santa Madre Iglesia es “todo mal sin mezcla de bien alguno”.
Pensemos un poco y hagamos de cuenta que el Infierno sólo fuera un simple dolor de muelas, e imaginemos que ese dolor de muelas durará por un año. ¡Sería muy duro soportarlo! ¡Pero si nos enteramos que ese dolor de muelas nos durará toda la vida, sería terrible!
¡Más tremendo y descabellado sería si ese dolor de muelas se prolongaría para siempre, para toda la eternidad!
Bueno, pensemos que el Infierno, que es eterno, no es un simple dolor de muelas, lo cual ya sería espantoso.
Ojalá estas consideraciones nos hagan recapacitar y volver al buen camino, haciendo una sincera confesión con el sacerdote y dejar de lado el pecado que día a día nos acerca más al Abismo Infernal.
CIELO:
Y el Cielo es, como lo define la Iglesia Católica: “Todo bien sin mezcla de mal alguno”.
No podemos imaginarnos lo que es el Cielo. Pero la Virgen ha dicho en uno de sus mensajes que si los hombres supiéramos lo que es el Paraíso, haríamos “cualquier cosa” para ir allí.
Y “cualquier cosa” significa que nos entregaríamos a las más duras penitencias y renuncias, mortificaciones y sacrificios, con tal de ir al Cielo a gozar de esa Felicidad que “ni ojo vio, ni oído oyó, ni vino jamás a la mente del hombre”, como bien lo ha dicho el Apóstol.

domingo, 1 de abril de 2018

Resurrección...

¡Resucitó el Señor!

El cuerpo de Jesús no está en el sepulcro.
Hay tres posibilidades:
1) Jesús resucitó;
2) robaron el cuerpo los discípulos y luego dijeron que resucitó;
3) robaron el cuerpo los judíos y enemigos.
Vemos que queda sólo la primera posibilidad: Jesús resucitó.
Porque si los discípulos hubieran robado el cuerpo, no habrían dado la vida por testimoniar que Jesús resucitó, pues nadie da la vida por algo que sabe que es una mentira, una patraña, y ellos murieron a millares por defender que Jesús resucitó.
El cuerpo del Señor tampoco lo robaron los judíos o enemigos, pues cuando los Apóstoles y discípulos comenzaron a predicar y anunciar que Jesús había resucitado, ellos enseguida habrían mostrado el cuerpo muerto de Jesús, demostrando con esto la falsedad de dicha afirmación.
Por lo tanto, usando sólo la razón, queda la primera opción: JESÚS RESUCITÓ.
Que Jesús resucitó es la verdad de fe que fundamenta todo, por eso quien no cree en la Resurrección de Cristo, vana es su fe.
Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, ha resucitado del sepulcro, ha ascendido a los Cielos y está a la diestra de Dios Padre, y desde allí volverá a juzgar a vivos y muertos; vivos en el alma y en el cuerpo, y muertos también en el alma y en el cuerpo.
La resurrección del Señor nos asegura que todos resucitaremos algún día, el Último día, para el Juicio, luego del cual cada uno irá con su cuerpo y alma al lugar que le tocará: Cielo o Infierno, y para siempre.
Entonces ¡qué santo debe ser todo nuestro obrar en este mundo! pues todo quedará patente ante el universo entero, y lo que hemos realizado en lo oculto y escondido, se mostrará a los cuatro vientos. Pero para quienes hayan hecho penitencia y se salven, el Señor ocultará sus faltas y pecados y no los mostrará al mundo para que los justos no tengan que avergonzarse por nada. En cambio los que se condenen, sufrirán una vergüenza eterna, sus pecados y maldades serán puestos en evidencia ante toda la humanidad.
Cuando celebramos la Pascua, y deseamos ¡Feliz Pascua!, estamos confesando esta verdad de que Jesús ha resucitado y nosotros resucitaremos con Él algún día.
Pero también la resurrección comienza ya desde este mundo, pues cuando vamos dejando de lado el pecado, y nos hacemos mejores, entonces ya estamos resucitando a una vida nueva, ya vamos dejando el hombre viejo para revestirnos, ya aquí en la tierra, con el hombre nuevo.
Entonces, sabiendo mejor ahora lo que quiere decir el saludo: “Feliz Pascua”, les deseo a todos, una muy Feliz Pascua de Resurrección.