miércoles, 25 de julio de 2018

Existencia...

Existencia del más allá.

Comenzamos hoy, bajo el manto y la mirada maternal de la Santísima Virgen de Atocha, esta serie de conferencias cuaresmales, cuyo tema central lo constituye El misterio del más allá.
Y, ante todo, os voy a decir por qué he escogido este tema. Son tres las principales razones que me han movido a ello:
En primer lugar, por su trascendencia soberana. Ante él, todos los demás problemas que se pueden plantear a un hombre sobre la tierra, no pasan de la categoría de pequeños problemas sin importancia. No voy a invocar una conversación tenida con un alto intelectual. Salid simplemente a la calle. Preguntadle a ese obrero que se dirige a su trabajo:
–¿Adónde vas?
Os dirá: ¿Yo?, a trabajar.
–¿Y para qué quieres trabajar?
–Pues para ganar un jornal.
–Y el jornal, ¿para qué lo quieres?
–Pues para comer.
–¿Y para qué quieres comer?
–Pues..., ¡para vivir!
–¿Y para qué quieres vivir?
Se quedará estupefacto creyendo que os estáis burlando de él. Y en realidad, señores, esa última es la pregunta definitiva; ¿para qué quieres vivir?, o sea, ¿cuál es la finalidad de tu vida sobre la tierra?, ¿qué haces en este mundo?, ¿quién eres tú? No me interesa tu nombre y tu apellido como individuo particular: ¿quién eres tú como criatura humana, como ser racional?, ¿por qué y para qué estás en este mundo?, ¿de dónde vienes?, ¿adónde vas?, ¿qué será de ti después de esta vida terrena?, ¿qué encontrarás más allá del sepulcro?
Señores: éstas son las preguntas más trascendentales, el problema más importante que se puede plantear un hombre sobre la tierra. Ante él, vuelvo a repetir, palidecen y se esfuman en absoluto esa infinita cantidad de pequeños problemas humanos que tanto preocupan a los hombres. El problema más grande, el más trascendental de nuestra existencia, es el de nuestros destinos eternos.
La segunda razón que me impulsó a escoger este tema es su enorme eficacia sobrenatural para orientar a las almas en su camino hacia Dios. Este tema interesantísimo no puede dejar indiferente a nadie, porque plantea los grandes problemas de la vida humana. No se trata de una cosa fugaz y perecedera. Se trata de nuestros destinos inmortales, y esto, a cualquier hombre reflexivo tiene que llegarle forzosamente hasta lo más hondo del alma. Para encogerse de hombros ante él es menester ser un loco o un insensato irresponsable.
La tercera razón, señores, es su palpitante actualidad. Porque si este tema no puede envejecer jamás, por tratarse del problema fundamental de la vida humana, de una manera especialísima en estos tiempos que estamos atravesando adquiere caracteres de palpitante actualidad. No hay más que contemplar el mundo, señores, para ver de qué manera camina desorientado en las tinieblas por haberse puesto voluntariamente de espaldas a la luz.
Es inútil que se reúnan las cancillerías, que se organicen asambleas internacionales. No lograrán poner en orden y concierto al mundo hasta que lo arrodillen ante Cristo, ante Aquél que es la Luz del mundo; hasta que, plenamente convencidos todos de que por encima de todos los bienes terrenos y de todos los egoísmos humanos es preciso salvar el alma, se pongan en vigor, en todas las naciones del mundo, los diez mandamientos de la Ley de Dios.
Con sola esta medida se resolverían automáticamente todos los problemas nacionales e internacionales que tienen planteados los hombres de hoy; y sin ella será absolutamente inútil todo cuanto se intente.
Precisamente porque el mundo de hoy no se preocupa de sus destinos eternos, porque no se habla sino del petróleo árabe, de la hegemonía económica mundial de ésta o de la otra nación, o de cualquier otro problema terreno materialista, en el horizonte cercano aparecen negros nubarrones que, si Dios no lo remedia, acabarán en un desastre apocalíptico bajo el siniestro resplandor y el estruendo horrísono de las bombas atómicas.
("El misterio del más allá" - P. Antonio Royo Marin)

martes, 24 de julio de 2018

Dios sabe...

Dios sabe lo mejor para ti

ojos Mary era una linda niña de 3 años de edad. Vivía en algún lugar de los Estados Unidos, frente al mar. Su familia era cristiana. Ellos iban todos los domingos a la iglesia. ¡Mary era muy feliz! Amaba a su familia y admiraba los ojos azules de su padre, su madre y sus hermanos... Todos en la casa de Mary tenían ojos azules... ¡Todos... excepto Mary! El sueño de Mary era tener los ojos azules como el mar... ¡Ah! ¡Cómo deseaba eso Mary!
Un día, en la escuela dominical, oyó a la "señorita" decir: "Dios responde a todas las oraciones".
Mary pasó todo el día pensando en eso... A la noche, a la hora de dormir, se arrodilló al lado de su cama y oró: "Papá del Cielo, muchas gracias porque creaste el mar que es tan hermoso! Muchas gracias por mi familia. Muchas gracias por mi vida! Me gusta mucho todas las cosas que hiciste y haces! Pero... me gustaría pedir...por favor... que cuando me despierte mañana, tenga los ojos azules como los de mamá! En el nombre de Jesús, amén."
Ella tuvo fe. La fe pura y verdadera de un niño. Y, al despertar, al día siguiente, corrió al espejo. Miró...y ¿cuál era el color de sus ojos?... ¡Continuaban castaños! ¿Por qué Dios no escuchó a Mary? ¿Por qué no atendió a su pedido? Eso habría fortalecido su fe.
Bueno...aquel día, Mary aprendió que un NO también era respuesta! La niñita agradeció a Dios del mismo modo... pero...no entendía...sólo confiaba.
Años después, Mary se fue como misionera a la India. Ella "compraba niños para Dios" (los niños eran vendidos por sus familias - que pasaban hambre - para ser sacrificados en el templo, y Mary los "compraba" para libertarlos de ese sacrificio). Pero, para poder entrar en los "templos" de India, sin ser reconocida como extranjera, necesitó disfrazarse como una mujer de la India:
Pasó café en polvo por su piel, cubrió los cabellos, se vistió como las mujeres del lugar y entraba libremente en los locales de venta de niños. Mary podía caminar tranquila en todo "mercado infantil", pues aparentaba ser una mujer hindú.
Un día, una amiga misionera la miró disfrazada y dijo: "Guau, Mary ! Menos mal que tienes los ojos castaños y no claros como los de tu familia. !A qué Dios más inteligente servimos... Él te dio ojos oscuros, pues sabía que eso sería esencial para la misión que te confiaría después !!!"
Esa amiga no sabía cuánto Mary había llorado en la infancia por no tener ojos azules... Pero Mary pudo finalmente entender el por qué de aquel NO de Dios hacía tantos años!
Bueno... ¿Cuál es la moraleja de esta historia? ¡¡¡Que Dios sabe lo que más te conviene!!!
Él conoce cada lágrima que ya rodó desde tus ojos... Él sabe que, tal vez, quisieses "ojos de otro color"... Él oye, sí, TODAS las oraciones... ¡Pero Él las responde de manera sabia! No necesitas llorar si tus ojos siguen siendo castaños... o si aún no has sido complacida como te gustaría. ¡¡¡Dios sabe lo que más te conviene!!!
Ten siempre esta seguridad en tu corazón.

lunes, 23 de julio de 2018

Vivir...

Vivir el Evangelio

Transferencia.
En la tierra se acostumbra a hacer transferencias de dinero entre distintos bancos, entre diferentes personas. Y es muy interesante el sistema, basta saber el CBU del destinatario, para poder transferirle vía Internet, el dinero que uno desea.
Pero debemos recordar que lo que vamos ahorrando en este mundo, no podremos transferirlo al Cielo después de nuestra muerte. Dios no tiene, por decirlo así, un CBU al que podamos remitir el dinero, y el ataúd no tiene bolsillos.
Pero hay una forma de llevar nuestro dinero al Cielo, toda nuestra fortuna al Paraíso, y es haciendo buenas obras.
Efectivamente si queremos ser ricos en el Cielo, tenemos que empobrecernos un poco en la tierra, es decir, hacer obras de caridad y misericordia, sabiendo que lo que damos a un pobre y a un necesitado, lo estamos transfiriendo al Cielo, porque la buena obra nos adquiere un tesoro en el más allá, que nos estará esperando para que lo disfrutemos por los siglos de los siglos.
Entonces no seamos avaros. Ahorremos, sí, pero demos también generosamente según nuestras posibilidades, porque esa es la única manera de llevar nuestro tesoro al Cielo.
Esto es lo que nos enseña el Señor en el Evangelio, ya que Él nos dice que, además de que no se puede ser esclavo de Dios y del Dinero, también nos dice que no acumulemos tesoros en la tierra, donde hay ladrones que roban y polilla que carcome, sino que atesoremos en el Cielo, con buenas obras y haciendo el bien, ya que allí arriba no hay ladrones que roben ni polilla o herrumbre que corroan.
Si hacemos así, estaremos un poco más desapegados de los bienes terrenos, con las alas más abiertas para volar libremente al Cielo cuando el Señor nos llame, y seremos más felices ya en este mundo, porque no creamos que nuestras riquezas menguarán, puesto que Dios es generoso y sabrá darnos siempre lo necesario y hasta mucho, para que podamos seguir siendo generosos a manos llenas.

sábado, 21 de julio de 2018

Soo Young...


Pecado...

Signos de los tiempos
El pecado, causa de todo mal.

El pecado es la causa de todo el mal que hay en el mundo, es por eso que María, en sus numerosas apariciones, nos hace un urgente llamado a la conversión, porque si los pecados siguen en aumento, nos vendrán graves castigos. Así que lo mejor que podemos hacer por este mundo es rezar mucho, especialmente el Santo Rosario, y pedir por la conversión del mundo. Hacer pequeños sacrificios y aceptar con amor los dolores y sufrimientos que el Señor nos envíe, ya que con todo esto frenaremos, por lo menos en parte, los grandes castigos que aguardan a la humanidad si no se convierte. Hoy en los medios de comunicación se habla de los problemas de la paz mundial y del problema económico, etc., sin tener en cuenta que la solución no vendrá al mundo por las reuniones de los “grandes” de la tierra, sino que la solución pasa por la vuelta de la humanidad a Dios; de lo contrario, la paz no llegará nunca, habrá cada vez más guerras crueles y sangrientas, y la maldad se extenderá mucho más. La Virgen nos llama al combate. Empuñemos, entonces las armas espirituales de la oración y el sacrificio, y así no habremos pasado esta vida en vano sobre la tierra, sino que seremos colaboradores y grandes bienhechores de la humanidad, aunque no salgamos publicados en los periódicos ni en los medios de comunicación.

¡Ven Señor Jesús!