miércoles, 9 de enero de 2013

Correr a Dios...


Correr a Dios

Hay en nuestro mundo una costumbre
que se va agudizando cada vez más.
Y es la costumbre, incluso diría yo la manía,
de ir corriendo a Dios de nuestro mundo.
Correrlo de la familia, porque no nos sirve,
porque estorba, porque es molesto.
Correrlo de la sociedad, correrlo del mundo cultural,
correrlo incluso de las iglesias.
No queremos saber nada de Él.

¿Por qué? Porque nos estorba,
nos fastidia, nos molesta.
Porque no lo necesitamos ya,
más aún, hay gente que presume
de haber logrado este gran triunfo:
ya hemos puesto al hombre en su lugar.
No necesitamos de Dios.

Pero, ¿qué es lo que realmente sucede?
El que pierde no es Él,
el que pierde es el hombre.
Y, así, podemos constatar estadísticamente
que los lugares donde Dios está ya casi fuera,
el hombre se ha vuelto contra sí mismo.
Hay, casualmente, más suicidios,
casualmente más egoísmo.
Hay, casualmente también,
más guerras, más violencia.

¿Por qué en nuestro siglo ha habido
tantas guerras, hay tantos desastres,
hay tantos suicidios?
¿No será por esa manía de darle
un puntapié a Dios y correrlo de nuestro mundo?

Repito que el que pierde no es Él,
porque Él está tranquilo. Él nos ve, Él dice:
a ver que puede hacer el hombre solo, sin Mí.
Y el resultado es trágico.
Por eso, hay todavía algunos
que le queremos decir a Él:
no te vayas, por favor, porque entonces
nos va a ir muy mal.

¡Pobre hombre!
Has corrido a Dios de tu mundo,
y te estás muriendo.
¿A quién vas a recurrir ahora?

P. Mariano de Blas, L.C.


martes, 8 de enero de 2013

La Estrella...


La Estrella en el Año de la Fe

Es llamada a descubrir nuestra fe como don y como tarea.
Nos invita a responder, con la fe, ante el acontecimiento
de la llegada de Cristo. ¿Estás dispuesto a ser estrella
que indique los caminos a los demás?

La estrella no dejó indiferentes a los Reyes Magos.
Seducidos por su resplandor abandonaron sus respectivos
reinos llegando hasta las mismas plantas de Cristo.
Su gran recompensa fue esa: ¡El Señor! ¿Qué suponen
para ti las luces de la Navidad? ¿Te ayudan a encontrar a Jesús o,
por el contrario, deslumbran tu mirada?

La estrella, una vez cumplida su misión, socorrió
a los Magos en su vuelta a sus lugares de origen.
Pero, los Magos, ya no pudieron dejar las ventanas de sus vidas
abiertas: a partir de ese momento dieron testimonio de lo que vieron,
oído y adorado. ¿Damos a conocer nuestras convicciones religiosas o,
por el contrario, las reducimos al ámbito privado?

La estrella, en su periplo hasta Belén,
conocía perfectamente la trayectoria, las circunstancias o peligros
de los que tenía que advertir a los regios personajes. ¿Conocemos
nosotros la ruta de nuestra fe? ¿Somos conscientes de que, el Papa
Benedicto XVI, al convocar un Año de la Fe es porque quiere que
nuestro conocimiento de Cristo sea más real, reflexivo, meditado
y testimonial?

La estrella, una vez llegado el fin de su misión,
quedó en un segundo lugar.
Los cristianos sabemos de dónde venimos y a dónde vamos.
¿Dejamos espacio para que Dios actúe en nuestras vidas?
¿Le damos opción para que, Él, alumbre nuestras decisiones,
pensamientos o proyectos?

La estrella supo tutelar porque estaba impregnada de luz.
El Papa Benedicto XVI, con motivo del Año de la Fe, nos recuerda
que nadie puede ofrecer lo que no tiene. ¿Alimentamos nuestra fe
con la práctica sacramental? ¿Nos acercamos a lecturas cristianas
que puedan iluminar nuestros criterios cristianos?

La estrella apareció en lo más alto del cielo
para orientar a hombres de carne y hueso que regían diversos
reinos de la tierra. ¿Somos humildes para dejarnos guiar
por la Palabra de Dios? ¿Tenemos hambre del cielo o, tan sólo,
de aquello que crece en la tierra?

La estrella llevó por los desiertos de aquella época
al encuentro “cara a cara” entre el Rey de Reyes y los Magos.
¿Qué estás dispuesto a realizar para que, este Año de la Fe,
te ayude a un encuentro personal con Jesucristo? ¿Estás dispuesto
a caminar con menos cosas y con más contenido?

La Virgen María brille siempre como estrella en el camino
de la nueva evangelización.
Que ella nos ayude a poner en práctica la exhortación del apóstol Pablo:
«La palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su riqueza; enseñaos
unos a otros con toda sabiduría; corregíos mutuamente… Todo lo que
de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre del Señor Jesús,
dando gracias a Dios Padre por medio de él» (Col 3,16-17).
Amén.

P. Javier Leoz


Encíclica...


Encíclica "Haurietis Aquas"
SOBRE EL CULTO AL SAGRADO CORAZÓN DE JESÚS
PIO XII
15 de mayo de 1956
El amor. 
La caridad divina tiene su primer origen en el Espíritu Santo, que es el Amor personal del Padre y del Hijo, en el seno de la augusta Trinidad. Con toda razón, pues, el Apóstol de las Gentes, como haciéndose eco de las palabras de Jesucristo, atribuye a este Espíritu de Amor la efusión de la caridad en las almas de los creyentes: La caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que nos ha sido dado.
Este tan estrecho vínculo que, según la Sagrada Escritura, existe entre el Espíritu Santo, que es Amor por esencia, y la caridad divina que debe encenderse cada vez más en el alma de los fieles, nos revela a todos en modo admirable, venerables hermanos, la íntima naturaleza del culto que se ha de atribuir al Sacratísimo Corazón de Jesucristo. En efecto, manifiesto es que este culto, si consideramos su naturaleza peculiar, es el acto de religión por excelencia, esto es, una plena y absoluta voluntad de entregarnos y consagramos al amor del Divino Redentor, cuya señal y símbolo más viviente es su Corazón traspasado. E igualmente claro es, y en un sentido aún más profundo, que este culto exige ante todo que nuestro amor corresponda al Amor divino. Pues sólo por la caridad se logra que los corazones de los hombres se sometan plena y perfectamente al dominio de Dios, cuando los afectos de nuestro corazón se ajustan a la divina voluntad de tal suerte que se hacen casi una cosa con ella, como está escrito: Quien al Señor se adhiere, un espíritu es con El.
 (Encíclica “Haurietis Aquas”) 
Comentario: 
El Corazón de Jesús es la sede del Amor de Dios, es la morada del Espíritu Santo, que está en ese Corazón como en un nuevo Paraíso, y que permite entrar en él a todas las almas que se consagran al Divino Corazón de Jesús.
Efectivamente el Corazón de Cristo es la obra maestra de Dios, es la Caridad de Dios que se da a los hombres, y que se derrama por medio de la herida abierta en él.
En las bodas de Caná se guardó el buen vino hasta el último momento. Así también en estos últimos momentos de la historia, en el Fin de los Tiempos en que nos encontramos, Dios quiere revelarnos el buen vino, la caridad, su amor infinito simbolizado en el Corazón de Jesús.
Por eso tenemos que hacer experiencia del amor de Dios, porque eso no se aprende en los libros, sino que se absorbe por medio de la oración y de la unión con Cristo, conociendo su vida y haciendo experiencia de Él. Porque el cristianismo no es seguir una idea, sino ir al encuentro de una Persona: Jesucristo, que es Dios y Hombre verdadero.
Entonces Dios quiere que en este último tiempo de la historia se profundice en su amor, en el infinito amor que el Señor nos tiene a los hombres, y que los hombres debemos tener al Creador. Y si bien esto no es nuevo, pues está en el Primer Mandamiento; sí es nueva la forma que el Señor elige para encendernos en el amor hacia Él, es decir, por medio de la contemplación de su Corazón Sagrado.
Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.


lunes, 7 de enero de 2013

Sagrado Corazón de Jesús...


Pensamiento sobre el Sagrado Corazón
Horno de perfección.
"Si veis en vosotros un sinnúmero de impaciencias y enojos, arrojadlos en la fragua de la mansedumbre del amable Corazón de Jesús, para que os haga mansos y humildes".

Santa Margarita María de Alacoque 
Comentario: 
El Corazón de Jesús es como un horno de perfección, donde arrojamos en él nuestras imperfecciones, y se truecan en virtudes.
Si estamos convencidos de que la obra de santificación de un alma es más obra de Dios que de la criatura, entonces podremos entender cómo es que debemos poner todos nuestros defectos en el Corazón de Jesús, para que allí se disuelvan y en cambio nos dé el Señor las virtudes, en especial las de la mansedumbre y humildad, propias del Corazón de Cristo, y que debemos tratar de alcanzar porque son las que más nos asemejan a Dios y nos hacen más agradables a Él y a su Madre.
No queramos pelear solos contra el enemigo que es más fuerte que nosotros, sino corramos al refugio que Dios nos ha preparado, es decir, vayamos a refugiarnos al Sacratísimo Corazón de Jesús, y allí seremos protegidos de las asechanzas del demonio y de las ocasiones de pecado.
Este Corazón del Señor es el Tesoro de que habla el Evangelio, y quien lo encuentra tiene una mina de oro, porque de él puede sacar innumerables riquezas espirituales y hasta materiales, para vivir bien esta vida y acumular tesoros de gracias y buenas obras para la eternidad.
Vayamos al Corazón de Jesús y consagrémonos a él, que tenemos mucho que ganar y nada que perder. Seamos buenos negociantes, y así como nos gusta hacer buenos negocios en la tierra, seamos mucho mejores negociantes para el Cielo, entregándonos al Corazón de Jesús.
Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío.


Oración...


         Oración de la Estrella
 
¿Dónde vas inquieta y misteriosa, estrella de Belén?
¿Por qué tu resplandor ilumina a los que tienen fe
y deja como están, a los que cerraron
sus ojos al asombro?
¿Por qué, cuando más te necesitamos,
te escondes detrás de las nubes,
y nos dejas en la incertidumbre?
 
Estrella, que expresas mensajes de adoración y convocatoria:
¿Hacia qué destino despunta el centro de tus destellos?
¿Quién es el autor de tu aparición repentina?
¿Por qué, en la noche, juegas a disimularte
y asomas cuando, el peligro,
se aleja del que te quiere seguir?
 
Tú, estrella divina, nos ayudas a descubrir
el corazón de Dios que late en un portal;
a postrarnos ante Aquél que,
siendo Dios, se hace hombre;
a ofrecer, entre miserias y debilidades,
la fortuna de nuestra fe.
 
Eres, estrella celeste, manifestación de un Dios
que guía al hombre hasta Jesús;
sendero por el que caminan los que elevan
sus ojos hacia el Creador;
luz para todo aquel, que viviendo en la oscuridad,
busca nitidez para su fe.
 
Eres, estrella que cruza el inmenso cielo,
dedo que señala al rey que todos esperan.
Eres, estrella que parpadea con guiño de Dios,
veleta que nos revela al rey humilde y oculto,
real, universal, rompiendo y saltando
las fronteras que los hombres vamos levantando.
 
Estrella de Belén, eres signo de un acontecimiento;
llamado a ser universal;
eres tutor que lleva a un Dios escondido.
¡Párate, detente estrella divina y veloz!
Queremos vislumbrar, ya desde ahora,
a Aquél que profetas y reyes, ángeles
y pastores anunciaron y adoraron.
 
Gracias, Señor,
ya no necesitamos más estrellas,
pues, bien sabemos, que cuando hay LUZ
la LUZ ya no tiene estrellas.
Y, Tú, Señor, eres luz que apaga y esconde
todas las demás estrellas.
Amén.
 
P. Javier Leoz


domingo, 6 de enero de 2013

El pasado...


No pensar en el pasado
Es bueno pensar en el pasado para tratar de no volver a cometer los mismos errores. Pero esa forma de quedarnos atrapados en el pasado, que nos desanima y nos hace lamentar, y que nos amarga el presente y echa sombrías nubles sobre el futuro, no es buena.
Por eso tenemos que tratar de aceptar el pasado, sabiendo que Dios ha permitido que todo sucediera de esa forma, y que desde toda la eternidad estaba escrito que eso fuera así.
Ningún mortal ha podido cambiar el pasado. Entonces lo que hay que saber hacer es dejar todo lo pasado en la Misericordia de Dios, sabiendo y confiando en que Dios ve todo y sabe y perdona todo.
No pocas veces es el demonio quien nos pone delante los hechos pasados, para desalentarnos en el camino de la santidad, diciéndonos algo así como: "Tú, que hiciste esto y aquello, ¿quieres ser santo? Imposible para ti". Y no sólo nos dice cosas por el estilo, sino que si puede trata de llevarnos a la desesperación más radical, haciendo que desconfiemos del perdón de Dios, de su infinita misericordia.
Tengamos siempre bien presente que Dios, cuando perdona, olvida todo completamente, destruye el pecado, no se acuerda más de nada. No seamos entonces nosotros quienes nos quedemos atados al pasado, desaprovechando el momento presente para ser cada día más buenos.


Epifanía del Señor...


† Santoral                   

Epifanía del Señor6 de enero

Los Reyes
        Magos siguen la estrella a BelénLa Epifanía es una de las fiestas litúrgicas más antiguas, más aún que la misma Navidad. Comenzó a celebrarse en Oriente en el siglo III y en Occidente se la adoptó en el curso del IV. Epifanía, voz griega que a veces se ha usado como nombre de persona, significa "manifestación", pues el Señor se reveló a los paganos en la persona de los magos.
Tres misterios se han solido celebrar en esta sola fiesta, por ser tradición antiquísima que sucedieron en una misma fecha aunque no en un mismo año; estos acontecimientos salvíficos son la adoración de los magos, el bautismo de Cristo por Juan y el primer milagro que Jesucristo, por intercesión de su madre, realizó en las bodas de Caná y que, como lo señala el evangelista Juan, fue motivo de que los discípulos creyeran en su Maestro como Dios.
Para los occidentales, que, como queda dicho más arriba, aceptaron la fiesta alrededor del año 400, la Epifanía es popularmente el día de los reyes magos. En la antífona de entrada de la misa correspondiente a esta solemnidad se canta: "Ya viene el Señor del universo. en sus manos está la realeza, el poder y el imperio". El verdadero rey que debemos contemplar en esta festividad es el pequeño Jesús. Las oraciones litúrgicas se refieren a la estrella que condujo a los magos junto al Niño Divino, al que buscaban para adorarlo.
Precisamente en esta adoración han visto los santos padres la aceptación de la divinidad de Jesucristo por parte de los pueblos paganos. Los magos supieron utilizar sus conocimientos-en su caso, la astronomía de su tiempo- para descubrir al Salvador, prometido por medio de Israel, a todos los hombres.
 El sagrado misterio de la Epifanía está referido en el evangelio de san Mateo. Al llegar los magos a Jerusalén, éstos preguntaron en la corte el paradero del "Rey de los judíos". Los maestros de la ley supieron informarles que el Mesías del Señor debía nacer en Belén, la pequeña ciudad natal de David; sin embargo fueron incapaces de ir a adorarlo junto con los extranjeros. Los magos, llegados al lugar donde estaban el niño con María su madre, ofrecieron oro, incienso y mirra, sustancias preciosas en las que la tradición ha querido ver el reconocimiento implícito de la realeza mesiánica de Cristo (oro), de su divinidad (incienso) y de su humanidad (mirra).
A Melchor, Gaspar y Baltasar -nombres que les ha atribuido la leyenda, considerándolos tres por ser triple el don presentado, según el texto evangélico -puede llamárselos adecuadamente peregrinos de la estrella. Los orientales llamaban magos a sus doctores; en lengua persa, mago significa "sacerdote". La tradición, más tarde, ha dado a estos personajes el título de reyes, como buscando destacar más aún la solemnidad del episodio que, en sí mismo, es humilde y sencillo. Esta atribución de realeza a los visitantes ha sido apoyada ocasionalmente en numerosos pasajes de la Escritura que describen el homenaje que el Mesías de Israel recibe por parte de los reyes extranjeros.
La Epifanía, como lo expresa la liturgia, anticipa nuestra participación en la gloria de la inmortalidad de Cristo manifestada en una naturaleza mortal como la nuestra. Es, pues, una fiesta de esperanza que prolonga la luz de Navidad.
Esta solemnidad debería ser muy especialmente observada por los pueblos que, como el nuestro, no pertenecen a Israel según la sangre. En los tiempos antiguos, sólo los profetas, inspirados por Dios mismo, llegaron a vislumbrar el estupendo designio del Señor: salvar a la humanidad entera, y no exclusivamente al pueblo elegido.
Con conciencia siempre creciente de la misericordia del Señor, construyamos desde hoy nuestra espiritualidad personal y comunitaria en la tolerancia y la comprensión de los que son distintos en su conducta religiosa, o proceden de pueblos y culturas diferentes a los nuestros.
Sólo Dios salva: las actitudes y los valores humanos, la raza, la lengua, las costumbres, participan de este don redentor si se adecuan a la voluntad redentora de Dios, "nunca" por méritos propios. Las diversas culturas están llamadas a encarnar el evangelio de Cristo, según su genio propio, no a sustituirlo, pues es único, original y eterno.