lunes, 19 de junio de 2017
Sagrado Corazón...
El Sagrado Corazón de Jesús.
El Señor en estos últimos siglos quiso dar a los hombres la prueba suprema de amor y proponerles un objeto muy adaptado para animarlos a amarle siempre más.
Abrió los tesoros infinitos de su Corazón para enriquecer todos aquellos que le hubiesen tributado todo el honor y el amor posible.
Para manifestar su corazón, e incendiar al mundo entero de amor, eligió una humilde Religiosa de la Visitación de Paray-le-Monial, ciudad francesa. Esta alma privilegiada, nació el 22 de julio de 1647 en Laut Lecourt hacia Verosvies en la Borgoña. Después de haber superado muchas pruebas, en el 1671 ingresó en el Monasterio de la Visitación y en 1672 emitió sus votos religiosos. Poco después de su profesión religiosa, Jesús Maestro le manifestó muchas maravillas e hizo promesas tan extraordinarias a las cuales no se hubiese prestado fe si no hubiesen sido convalidadas por un hecho incontestable y palpable.
Tres son las apariciones con las cuales Nuestro Señor quiso consolar a su elegida.
La primera sucedió el 27 de diciembre de 1673. En ella la joven virgencita fue por el mismo Jesucristo consagrada su apóstol; llamada a difundir y propagar el culto a su adorable Corazón; a manifestar a los hombres su voluntad; y hacerles conocer lo que el Sacratísimo Corazón de Jesús promete a quien hace conocer y propaga su culto.
La segunda sucedió en la octava de Corpus Christi en el año 1674. En ella Jesús manifestó las inexplicables maravillas de su amor y el exceso a que, su Corazón, lo había llevado hacia los hombres, de cuyos no recibía más que abandono y ultrajes. Después añadió: “El abandono en el cual me dejan me es mucho más doloroso de lo que sufrí en mi pasión, tanto que si los hombres me contracambiaran amor, yo estimaría poco todo lo que hice por ellos y quisiera si fuere posible hacer aún más; pero los hombres no tienen más que frialdades y repulsas por todas mis solicitudes. Tú a lo menos dame este consuelo, de suplir cuanto puedas a su ingratitud”.
La tercera sucedió el 16 de junio de 1675, igualmente en la octava de Corpus Christi. Apareciéndole resplandeciente como las demás veces, y mostrándole su Corazón, se quejó de los continuos ultrajes y sacrilegios que recibe en el Sacramento de amor; y agregó con más dolor, que los recibía de corazones a Él consagrados.
Por esto le confió la misión de hacer conocer y amar su adorable Corazón y hacer establecer en la Iglesia una fiesta especial de reparación. “Es esto lo que yo te pido: que el primer viernes después de la octava de Corpus Christi, sea dedicado a una fiesta particular para honrar a mi Corazón, participando en aquel día a la Santa Comunión y haciéndole condigna reparación por los indignos tratamientos que recibe en el Santo Altar. Y Yo te prometo que mi Corazón se dilatará para esparcir con abundancia las riquezas de su Amor sobre todos los que rendirán dicho honor y procurarán que otros hagan los mismo”.
(Este año 2017 será el viernes 23 de junio esta Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús)
En esta tercera revelación se halla todo lo que se refiere a la devoción del Sagrado Corazón; o sea su principio, que no es otra cosa que amor; su fin, que es de ofrecer a Dios un culto de reparación, de consuelo; su carácter, que es el de ser un culto público, después de haber sido por mucho tiempo, una devoción íntima; y por último sus efectos, que consisten en una nueva efusión de amor divino sobre la Iglesia y particularmente sobre aquellas almas piadosas que serán de esta devoción promotoras y apóstoles, puesto que Jesús dijo a la Santa: “Anuncia y haz saber al mundo entero que yo no pondré límites a mis beneficios cuando éstos me serán solicitados por mi Corazón”.
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domingo, 18 de junio de 2017
sábado, 17 de junio de 2017
Perseverar...
Perseverar.
La perseverancia siempre tiene su premio. Dios ama a quien persevera en
el bien, en la oración, en la recepción de los sacramentos.
Efectivamente primero tenemos que hacer el propósito de perseverar en la oración, y luego también perseverar en recibir con frecuencia la santa Comunión. Si hacemos así, entonces las demás perseverancias se nos harán fáciles, y tendremos la ayuda de Dios con nosotros, que fortificando nuestra voluntad, nos hará adelantar en el camino del bien.
La salvación se consigue con perseverancia. Y todo en realidad se consigue con perseverancia, puesto que los bienes arduos raramente se nos conceden de buenas a primeras, sino que los obtenemos después de trabajar duro por ellos.
Primero debemos perseverar en la oración, porque la ayuda de Dios es necesaria y la obtenemos rezando. Quien deja la oración, no espere obtener la perseverancia en el bien, ni la perseverancia final en gracia de Dios para salvarse.
A veces tenemos muchas iniciativas pero solemos abandonar los proyectos y asuntos por cualquier motivo. Recordemos que la virtud se alcanza con la repetición de actos buenos, de acciones virtuosas. Si todos los días repetimos y repetimos las mismas cosas buenas, lograremos llegar a ser virtuosos y santos.
Pero es que en todo orden de la vida se necesita la perseverancia para lograr el objetivo. Hasta los malos y pecadores perseveran en el mal y logran sus objetivos malvados. Nosotros, perseveremos en el bien para alcanzar un día el Paraíso, pero ya la felicidad aquí en la tierra.
Tenemos que trabajar nuestra voluntad y por eso el Señor nos dice que debemos negarnos a nosotros mismos. No podemos decir “no tengo ganas” cuando sabemos que debemos hacer algo, sino que tenemos que levantarnos y hacer lo que debemos hacer. Y eso a cada hora, a cada momento, es una constante renuncia a la pereza y a la comodidad, es un continuo vencerse a uno mismo, recordando aquellas palabras de Jesús en el Evangelio: “Quien persevere hasta el fin, se salvará”.
Comencemos hoy mismo, ahora mismo. Este tiempo de vida que tenemos no es tiempo de quedarnos dormidos y sin hacer nada, sino que es tiempo de lucha, de dar batalla al mundo, al demonio y a la carne que es nuestro orgullo, y entablar el buen combate.
No esperemos grandes ocasiones para ser santos, sino que tenemos que aprovechar las cosas de todos los días para perseverar: en el trabajo, en el estudio, en el matrimonio, en la familia, en la comunidad, en la iglesia.
Dios premia grandemente a quien persevera, especialmente a quien persevera en la oración, como lo podemos constatar en el pasaje del Evangelio de la mujer cananea, que importunaba a todos con sus gritos, y hasta parece que Jesús la rechaza, pero interiormente está admirado de la fe de esta extranjera.
Hagamos también nosotros así con Dios. Importunémoslo, pidamos hoy, mañana y pasado mañana, que grande es el premio que nos quiere conceder el Señor por nuestra perseverancia en todo.
Efectivamente primero tenemos que hacer el propósito de perseverar en la oración, y luego también perseverar en recibir con frecuencia la santa Comunión. Si hacemos así, entonces las demás perseverancias se nos harán fáciles, y tendremos la ayuda de Dios con nosotros, que fortificando nuestra voluntad, nos hará adelantar en el camino del bien.
La salvación se consigue con perseverancia. Y todo en realidad se consigue con perseverancia, puesto que los bienes arduos raramente se nos conceden de buenas a primeras, sino que los obtenemos después de trabajar duro por ellos.
Primero debemos perseverar en la oración, porque la ayuda de Dios es necesaria y la obtenemos rezando. Quien deja la oración, no espere obtener la perseverancia en el bien, ni la perseverancia final en gracia de Dios para salvarse.
A veces tenemos muchas iniciativas pero solemos abandonar los proyectos y asuntos por cualquier motivo. Recordemos que la virtud se alcanza con la repetición de actos buenos, de acciones virtuosas. Si todos los días repetimos y repetimos las mismas cosas buenas, lograremos llegar a ser virtuosos y santos.
Pero es que en todo orden de la vida se necesita la perseverancia para lograr el objetivo. Hasta los malos y pecadores perseveran en el mal y logran sus objetivos malvados. Nosotros, perseveremos en el bien para alcanzar un día el Paraíso, pero ya la felicidad aquí en la tierra.
Tenemos que trabajar nuestra voluntad y por eso el Señor nos dice que debemos negarnos a nosotros mismos. No podemos decir “no tengo ganas” cuando sabemos que debemos hacer algo, sino que tenemos que levantarnos y hacer lo que debemos hacer. Y eso a cada hora, a cada momento, es una constante renuncia a la pereza y a la comodidad, es un continuo vencerse a uno mismo, recordando aquellas palabras de Jesús en el Evangelio: “Quien persevere hasta el fin, se salvará”.
Comencemos hoy mismo, ahora mismo. Este tiempo de vida que tenemos no es tiempo de quedarnos dormidos y sin hacer nada, sino que es tiempo de lucha, de dar batalla al mundo, al demonio y a la carne que es nuestro orgullo, y entablar el buen combate.
No esperemos grandes ocasiones para ser santos, sino que tenemos que aprovechar las cosas de todos los días para perseverar: en el trabajo, en el estudio, en el matrimonio, en la familia, en la comunidad, en la iglesia.
Dios premia grandemente a quien persevera, especialmente a quien persevera en la oración, como lo podemos constatar en el pasaje del Evangelio de la mujer cananea, que importunaba a todos con sus gritos, y hasta parece que Jesús la rechaza, pero interiormente está admirado de la fe de esta extranjera.
Hagamos también nosotros así con Dios. Importunémoslo, pidamos hoy, mañana y pasado mañana, que grande es el premio que nos quiere conceder el Señor por nuestra perseverancia en todo.
viernes, 16 de junio de 2017
Prueba...
Reflexionando con la Biblia
La prueba.
Tomó, pues, Yahvé Dios al hombre y lo llevó al jardín de Edén, para que
lo labrara y lo cuidase. Y mandó Dios Yahvé al hombre, diciendo: “De
cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol del conocimiento
del bien y del mal, no comerás; porque el día en que comieres de él,
morirás sin remedio”. (Génesis 2, 15-17)
Reflexión:
Dios no creó el mal, sino que éste nació solo cuando Lucifer se rebeló.
Dios no tienta con el mal, pero el mal está ahí, y es necesario saber
vencerlo. Dios había dado un mandato al hombre para que no cayera en
pecado, porque el hombre debía ser libre y permanecer libre y amoroso a
los mandatos de Dios. Tenemos que saber que Dios no destruye el mal.
¿Por qué no destruyó a Lucifer cuando éste se rebeló y se convirtió en
demonio? Simplemente porque Dios no destruye lo que ha creado. Como
tampoco destruirá a quien se condene para siempre en el Infierno. Dios
sabe sacar del mal, un bien espiritual para las almas, y por eso el
demonio, al fin del mundo, deberá reconocer que con todo el mal que
quiso hacer, solo habrá ayudado a los santos, a los elegidos, a alcanzar
el Paraíso. Entonces el mal existía y el hombre tenía que saber
rechazarlo siguiendo el mandado y consejo del Señor, permaneciendo fiel
para que luego Dios lo confirmara en gracia porque había vencido,
superando la prueba necesaria.
jueves, 15 de junio de 2017
Srparación...
Matar el error, amar al que yerra
Separarnos de los malos.
Jesús comía y bebía con los pecadores. Pero Él era Él, y nosotros somos débiles, y no podemos hacer lo mismo que hacía el Señor, porque por nuestra debilidad terminaríamos imitando a los pecadores.
Debemos cuidar nuestra fe y tenemos que separarnos de los que cometen el mal, para no contagiarnos.
No se trata de despreciarlos, ya que no hay que despreciar a nadie, pero sí se trata de cuidarnos y separarnos de ellos para no ser contagiados con el mal que sale de ellos.
Solo quien esté bien formado y tenga la misión de convertir almas, puede acercarse a los pecadores con la esperanza de poderlos convertir. Pero nosotros, simples cristianos, simples fieles, no debemos estar en sus reuniones porque terminaremos abandonando la fe y siendo traidores a Cristo y al Evangelio.
Hoy hay una falsa idea, que incluso se predica desde los púlpitos por los sacerdotes, de que tenemos que amar a todos y juntarnos con todos, sean buenos o malos, porque hay que “amarse”.
Sí, está bien que hay que amarse, pero primero debemos amarnos a nosotros mismos, y como dice el dicho: “Alma por alma, salvo la mía”, es decir que primero debemos cuidar nuestra salvación. Y el amor que debemos demostrar a los hermanos debe ser un amor sobrenatural, rezar por ellos, ofrecer sacrificios por ellos, pero no compartir su vida de pecado para no contagiarnos, porque una manzana podrida pudre todo el cajón de manzanas.
No nos creamos fuertes, porque esa es la astucia del demonio, hacernos creer que somos fuertes y que “a nosotros no nos va a pasar nada”, y es entonces ahí cuando caemos miserablemente en el pecado.
Siempre hay que tener prudencia y caridad, y ser vigilantes y orantes, siendo astutos como serpientes y sencillos como palomas.
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