viernes, 23 de junio de 2017
Perseverar...
Perseverar es la contraseña
Sin guías.
Es
difícil perseverar en el bien, perseverar en la fe cuando uno no tiene
un guía que lo conduzca. Pero más difícil todavía es ser perseverantes
cuando los que debieran ser guías son verdaderos traidores y lobos con
piel de oveja. Así son hoy muchos sacerdotes y hasta obispos que se han
dejado seducir por el mal, o al menos no han reaccionado como
corresponde, y entonces no sólo que no los podemos seguir, sino que son
un verdadero tropiezo para nosotros y para muchos.
Llega
el tiempo en que la constancia y la paciencia de los fieles son
duramente puestas a prueba. Es el tiempo, entonces, de tomar
directamente como modelos a Cristo y a María, y así no tendremos forma
de equivocarnos. En este sentido es que el Señor nos ha dicho en su
Evangelio que a nadie en la tierra llamemos padre, ni maestro, porque
sólo Él es el Padre y Maestro perfecto.
Si
nos consagramos al Inmaculado Corazón de María, entonces cuando la
noche se vaya haciendo más cerrada sobre el mundo, la luz que parte del
Corazón de María será nuestra guía en medio de la oscuridad que el
demonio habrá esparcido en el mundo y en la Iglesia.
Son
tiempos difíciles, con una tribulación como no la ha habido desde que
existen naciones hasta hoy y que no la habrá ya nunca más. Por eso
echemos mano a todos los recursos y no nos quedemos cortos, porque el
mismo Señor nos lo dice en su Evangelio, que si estos días no se
abreviaran, no se salvaría nadie, ni siquiera los elegidos. Pero esos
días serán abreviados.
jueves, 22 de junio de 2017
Catequesis...
Catequesis mariana
María, consuelo y alegría de Dios
Si estamos en este mundo es gracias a María. Porque Dios, con tal de
tener a María en su Paraíso, ha perdonado a todos los hombres sus
maldades, y por Ella nos ha enviado al Salvador, Jesucristo, Hijo de
María. La Virgen es la Obra maestra del Altísimo y es la razón de que
este Dios sea feliz y esté alegre, porque tiene en el Cielo a esta
Perla, a esta Joya de infinito valor que es María, que ha robado el
Corazón de Dios, y roba el corazón de los que la aman. Quien descubre a
María, descubre el tesoro del que habla el Evangelio. Ella es el secreto
del Altísimo, que el Señor revela a los que ama muy tiernamente y a los
que quiere salvar. María es también la alegría y el consuelo de los
hombres, especialmente de los que tienen una tierna devoción hacia Ella y
se consagran a su servicio. María los cuida y ama tan tiernamente que
estos hombres y mujeres consagrados a Ella, son tan felices que viven
como en un Paraíso terrenal, porque María los introduce en su Corazón
Inmaculado que es el Paraíso del nuevo Adán, Jesucristo. Si queremos
agradar a Dios y pedirle alguna gracia importante, no dudemos en hacerlo
a través de María, que infaliblemente seremos atendidos por el Señor.
miércoles, 21 de junio de 2017
Mensaje...
Mensaje sobre la oración
Orar con fe.
1-5-84 127
Debéis orar para que cada día sean más los fieles que se acerquen a la Palabra del Señor. Orad con fe y llegaréis a vivir en una plenitud que sólo Dios la da. Cuando veáis que os acecha el maligno debéis decir:
"A mi derecha y a mi izquierda está mi Señor, no hay un tercer lugar, no lo hay para el enemigo".
Y os lo aseguro que se retirará de vuestro lado. Amén. Amén.
(Mensaje de María del Rosario de San Nicolás)
Comentario:
Orar con fe significa orar con el convencimiento de que ya hemos obtenido lo que pedimos en la oración, y así lo obtendremos. Es la promesa que nos ha hecho Jesús en el Evangelio.
Si rezáramos con fe, entonces veríamos cumplidos nuestros deseos, porque el que busca, encuentra.
Hay que seguir el consejo que daba el Padre Pío: “Reza, ten fe y no te preocupes”.
En esta sola frase tenemos todo un programa de vida, que si lo cumplimos, veremos cómo la paz toma bajo su cuidado nuestra alma, y estaremos como en un remanso de paz en medio de la turbulencia del mundo.
Hay que rezar mucho, y tener fe y confianza en Dios, y echar fuera las preocupaciones que de nada sirven. Porque ¿qué ganamos con preocuparnos? Sólo perdemos nuestra paz, nos abatimos, y así no estamos dispuestos en el momento oportuno para que el Señor nos utilice como instrumentos en su plan de salvación.
martes, 20 de junio de 2017
Mañana...
Mañana irá mejor.
Si hoy estamos sufriendo o pasando por algún problema personal o en la
familia, tengamos confianza y esperanza, digamos con fe: “Mañana irá
mejor”. Porque Dios no abandona a sus hijos, y aunque a veces los haga
pasar por diversas pruebas –no queridas por Dios, sino permitidas por
Él- después nos consuela y nos da un gran premio.
Demos gracias a Dios que estamos vivos, que estamos todavía en este cuerpo mortal, y que no estamos ya condenados en el Infierno. Porque con los pecados que hemos cometido a lo largo de la vida, quizás ya teníamos merecido mil veces el abismo infernal. Pero Dios nos ha esperado, no ha querido que muriésemos aquella noche de pecado, en aquella situación y, aunque hoy tal vez nos envíe algún padecimiento, sepamos que es para descontar lo que debemos a la Justicia divina, por nosotros mismos o por otros hermanos, puesto que todos formamos una gran familia y los sufrimientos no son nunca en vano, sino que redimen a quien los padece y a otros.
Estamos en este mundo. Todavía no hemos sido llamados a juicio, y eso solo ya debe ser un motivo de gran gozo, aunque estemos padeciendo mucho, puesto que el dolor de ahora y de esta vida es cosa de nada comparados con los sufrimientos eternos del Infierno, o también los padecimientos del Purgatorio.
Por eso la liturgia nos manda, sapientísimamente, que demos gracias a Dios siempre y en todo lugar, porque si estamos vivos aún, es motivo para agradecer. Muchos son los santos y los mártires que sufrieron dolores y males iguales o superiores a los nuestros, pero ahora están gozando de Dios para siempre, con una felicidad que les ha hecho olvidar todo el dolor de la tierra. O mejor aún, recuerdan el sufrimiento que tuvieron en este mundo, pero para bendecirlo eternamente, porque por ellos es que ahora gozan para siempre.
“Mañana irá mejor”. Digámoslo siempre. Si no es en el mañana temporal, sí lo será en el mañana eterno. Pero tengamos presente que Dios ayuda y consuela a quien sufre, y si confiamos en Él, seguramente también nos irá mejor en el mañana de la tierra.
Demos gracias a Dios que todavía nos espera y que el Cielo no se ha cerrado para nosotros, sino que sus puertas celestiales están abiertas para acogernos en un día glorioso, después de haber pasado por la Gran Tribulación de este mundo.
Demos gracias a Dios que estamos vivos, que estamos todavía en este cuerpo mortal, y que no estamos ya condenados en el Infierno. Porque con los pecados que hemos cometido a lo largo de la vida, quizás ya teníamos merecido mil veces el abismo infernal. Pero Dios nos ha esperado, no ha querido que muriésemos aquella noche de pecado, en aquella situación y, aunque hoy tal vez nos envíe algún padecimiento, sepamos que es para descontar lo que debemos a la Justicia divina, por nosotros mismos o por otros hermanos, puesto que todos formamos una gran familia y los sufrimientos no son nunca en vano, sino que redimen a quien los padece y a otros.
Estamos en este mundo. Todavía no hemos sido llamados a juicio, y eso solo ya debe ser un motivo de gran gozo, aunque estemos padeciendo mucho, puesto que el dolor de ahora y de esta vida es cosa de nada comparados con los sufrimientos eternos del Infierno, o también los padecimientos del Purgatorio.
Por eso la liturgia nos manda, sapientísimamente, que demos gracias a Dios siempre y en todo lugar, porque si estamos vivos aún, es motivo para agradecer. Muchos son los santos y los mártires que sufrieron dolores y males iguales o superiores a los nuestros, pero ahora están gozando de Dios para siempre, con una felicidad que les ha hecho olvidar todo el dolor de la tierra. O mejor aún, recuerdan el sufrimiento que tuvieron en este mundo, pero para bendecirlo eternamente, porque por ellos es que ahora gozan para siempre.
“Mañana irá mejor”. Digámoslo siempre. Si no es en el mañana temporal, sí lo será en el mañana eterno. Pero tengamos presente que Dios ayuda y consuela a quien sufre, y si confiamos en Él, seguramente también nos irá mejor en el mañana de la tierra.
Demos gracias a Dios que todavía nos espera y que el Cielo no se ha cerrado para nosotros, sino que sus puertas celestiales están abiertas para acogernos en un día glorioso, después de haber pasado por la Gran Tribulación de este mundo.
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