sábado, 30 de diciembre de 2017
El tiempo...
Aprovechar el tiempo
Si en el más allá estamos en el Cielo, no nos lamentaremos de nada. Pero
si de algo pudiéramos lamentarnos, sería del tiempo perdido en la
tierra, que si lo hubiéramos empleado mejor, tendríamos un mayor grado
de gloria para siempre. Pero en el Cielo uno ya es completamente feliz y
no puede desear nada más.
Si vamos al Purgatorio, entonces ¡cuánto desearíamos haber empleado mejor el tiempo, para reparar y expiar por los pecados cometidos, para no tener ahora que sufrir tanto en ese lugar de expiación que es el Purgatorio!
Pero si por desgracia vamos al Infierno, será tremenda la desesperación de pensar en el tiempo perdido en la tierra, gastado inútilmente en frivolidades y pecados, y ahora quisiéramos tener aunque más no sea un solo minuto, pero ya no se nos concederá jamás.
¡Qué tremendo es desaprovechar el tiempo de vida que tenemos sobre esta tierra, pues es el tiempo de Misericordia, es el tiempo propicio para hacer las cosas bien, realizar buenas obras, rezar, y cumplir los mandamientos, para luego merecer el Cielo eternamente!
¡Qué lástima que derrochemos el tiempo que tenemos de vida, en cosas vanas o hasta en pecados! Porque llegará el momento de nuestra muerte, y se terminará nuestro tiempo, el tiempo que Dios nos concedió para ser buenos, para que con él conquistáramos el Paraíso.
Pensemos cómo hemos aprovechado este año que está para terminar, y hagamos el propósito de que si Dios nos concede otro año más, lo emplearemos en santificarnos, haciendo buenas obras, recibiendo más frecuentemente los sacramentos, en especial la Eucaristía, y rezando mucho, puesto que esta vida terrena es preparación para la Vida con mayúscula.
No derrochemos escandalosamente el tiempo de vida que Dios nos concede, porque quizás llegará el día en que nos arrepintamos mucho de haberlo empleado mal, y ojalá no sea ya demasiado tarde para remediar ese error.
Si vamos al Purgatorio, entonces ¡cuánto desearíamos haber empleado mejor el tiempo, para reparar y expiar por los pecados cometidos, para no tener ahora que sufrir tanto en ese lugar de expiación que es el Purgatorio!
Pero si por desgracia vamos al Infierno, será tremenda la desesperación de pensar en el tiempo perdido en la tierra, gastado inútilmente en frivolidades y pecados, y ahora quisiéramos tener aunque más no sea un solo minuto, pero ya no se nos concederá jamás.
¡Qué tremendo es desaprovechar el tiempo de vida que tenemos sobre esta tierra, pues es el tiempo de Misericordia, es el tiempo propicio para hacer las cosas bien, realizar buenas obras, rezar, y cumplir los mandamientos, para luego merecer el Cielo eternamente!
¡Qué lástima que derrochemos el tiempo que tenemos de vida, en cosas vanas o hasta en pecados! Porque llegará el momento de nuestra muerte, y se terminará nuestro tiempo, el tiempo que Dios nos concedió para ser buenos, para que con él conquistáramos el Paraíso.
Pensemos cómo hemos aprovechado este año que está para terminar, y hagamos el propósito de que si Dios nos concede otro año más, lo emplearemos en santificarnos, haciendo buenas obras, recibiendo más frecuentemente los sacramentos, en especial la Eucaristía, y rezando mucho, puesto que esta vida terrena es preparación para la Vida con mayúscula.
No derrochemos escandalosamente el tiempo de vida que Dios nos concede, porque quizás llegará el día en que nos arrepintamos mucho de haberlo empleado mal, y ojalá no sea ya demasiado tarde para remediar ese error.
viernes, 29 de diciembre de 2017
Reflexiones...
Reflexionando con la Biblia
Creación de la mujer.
Entonces Yahvé Dios hizo caer un profundo sueño sobre el hombre, el cual
se durmió; y le quitó una de las costillas y cerró con carne el lugar
de la misma. De la costilla que Yahvé Dios había tomado del hombre,
formó una mujer y la condujo ante el hombre. Y dijo el hombre: “Esta vez
sí es hueso de mis huesos y carne de mi carne; ésta será llamada
varona, porque del varón ha sido tomada”. Por eso dejará el hombre a su
padre y a su madre y se adherirá a su mujer, y vendrán a ser una sola
carne. Estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, mas no se avergonzaban.
(Génesis 2, 21-25)
Reflexión:
La mujer fue formada de una costilla del hombre, es decir, de una parte
muy cercana al corazón del hombre, indicando con ello que la mujer es
como el corazón del hombre. Ya Jesús, en su sueño de muerte, es decir,
en la muerte en la cruz, un soldado le abrió el costado y de su costado
brotó sangre y agua, es decir, nació la Iglesia. Cristo el nuevo Adán,
la Iglesia nueva Eva, la Esposa del Cordero. La mujer es maravillosa y
en el plan de Dios tiene una función insustituible, la de ser ayuda y
consuelo para el hombre, para todos los hombres. Dios fue creando desde
lo inferior a lo superior, por eso puede decirse que la mujer es, en
cierta forma, más perfecta que el hombre. Pero también sabemos que la
corrupción de lo mejor es la peor, y cuando la mujer se corrompe,
arrastra en el mal al hombre, como sucedió con esta primera mujer y como
sucede, y como sucede cada vez que una mujer no cumple bien el papel de
“ayuda adecuada” del varón. Notamos también que en el Paraíso estaban
ambos desnudos y no sentían vergüenza, y es que la culpa no había
enturbiado el pensamiento y los instintos, ya que las pasiones obedecían
perfectamente a la razón, y ésta era dócil al espíritu en gracia de
Dios.
jueves, 28 de diciembre de 2017
Sto Evangelio...
Evangelio según San Mateo 2,13-18.
Después de la partida de los magos, el Angel del Señor se apareció en sueños a José y le dijo: "Levántate, toma al niño y a su madre, huye a Egipto y permanece allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo".
José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto.
Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por medio del Profeta: Desde Egipto llamé a mi hijo.
Al verse engañado por los magos, Herodes se enfureció y mandó matar, en Belén y sus alrededores, a todos los niños menores de dos años, de acuerdo con la fecha que los magos le habían indicado.
Así se cumplió lo que había sido anunciado por el profeta Jeremías:
En Ramá se oyó una voz, hubo lágrimas y gemidos: es Raquel, que llora a sus hijos y no quiere que la consuelen, porque ya no existen.
José se levantó, tomó de noche al niño y a su madre, y se fue a Egipto.
Allí permaneció hasta la muerte de Herodes, para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por medio del Profeta: Desde Egipto llamé a mi hijo.
Al verse engañado por los magos, Herodes se enfureció y mandó matar, en Belén y sus alrededores, a todos los niños menores de dos años, de acuerdo con la fecha que los magos le habían indicado.
Así se cumplió lo que había sido anunciado por el profeta Jeremías:
En Ramá se oyó una voz, hubo lágrimas y gemidos: es Raquel, que llora a sus hijos y no quiere que la consuelen, porque ya no existen.
miércoles, 27 de diciembre de 2017
Confesión...
Matar el error, amar al que yerra
Después me confieso.
Cuando se nos presenta la tentación, se puede presentar también la idea
de cometer el pecado pensando: “Total, después me confieso y listo”, y
así el demonio nos puede hacer cometer el pecado tranquilamente con el
propósito de confesarlo después.
El que procede así es un insensato, porque ¿quién nos asegura que
tendremos ese “después” para poder confesarnos? ¿Quién nos asegura que
no moriremos antes de hacer la confesión?
Además, debemos saber que cada vez que cometemos un pecado mortal, el
alma queda herida gravemente, y aunque después recibamos el perdón en la
confesión, siempre queda una cicatriz en el alma, que nos hace más
débiles cuantas más veces hemos cedido a la tentación.
No pequemos nunca, por nada del mundo, porque por un pecado mortal
perdemos la gracia, el Cielo y nos condenamos al Infierno, y no sabemos
si tendremos modo y forma de confesarnos. Porque hay que saber que el
demonio después del pecado, nos quiere convencer de que no nos
confesemos, o que nos confesemos pero que callemos ese pecado que nos da
vergüenza confesar.
Lo que sucede es que el demonio es insaciable en el mal, y siempre
quiere más de nosotros. No se conforma con hacernos caer en el pecado,
sino que cada vez nos quiere llevar más profundamente al abismo de donde
no se sale. Por eso tenemos que resistirle desde el principio, con
coraje. Pero poco o nada podremos hacer si no estamos acostumbrados a
luchar por medio de la fuerza que nos viene de la oración frecuente, y
de la recepción frecuente de los sacramentos, especialmente de la
Eucaristía, que es el Pan de los Fuertes.
Digamos como los santos: “¡Morir antes que pecar!” y tratemos de
cumplirlo. Porque nadie nos asegura que después del pecado tengamos
tiempo y modo de confesarnos, y ya sabemos que si morimos con un pecado
mortal en el alma, nos espera el Infierno eterno.
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