martes, 13 de febrero de 2018

Infierno...

Cómo es el Infierno

"Hoy he estado en los abismos del infierno, conducida por un ángel. Es un lugar de grandes tormentos, ¡qué espantosamente grande es su extensión! Los tipos de tormentos que he visto: el primer tormento que constituye el infierno, es la pérdida de Dios; el segundo, el continuo remordimiento de conciencia; el tercero, aquel destino no cambiará jamás; el cuarto tormento, es el fuego que penetrará al alma, pero no la aniquilará, es un tormento terrible, es un fuego puramente espiritual, incendiado por la ira divina; el quinto tormento, es la oscuridad permanente, un horrible, sofocante olor; y a pesar de la oscuridad los demonios y las almas condenadas se ven mutuamente y ven todos el mal de los demás y el suyo; el sexto tormento, es la compañía continua de Satanás; el séptimo tormento, es una desesperación tremenda, el odio a Dios, las imprecaciones, las maldiciones, las blasfemias. Estos son los tormentos que todos los condenados padecen juntos, pero no es el fin de los tormentos. Hay tormentos particulares para distintas almas, que son los tormentos de los sentidos: cada alma es atormentada de modo tremendo e indescriptible con lo que ha pecado. Hay horribles calabozos, abismos de tormentos donde un tormento se diferencia del otro. Habría muerto a la vista de aquellas terribles torturas, si no me hubiera sostenido la omnipotencia de Dios. Que el pecador sepa: con el sentido que peca, con ése será atormentado por toda la eternidad. Lo escribo por orden de Dios para que ningún alma se excuse diciendo que el infierno no existe o que nadie estuvo allí ni sabe cómo es.
Yo, Sor Faustina, por orden de Dios, estuve en los abismos del infierno para hablar a las almas y dar testimonio de que el infierno existe. Ahora no puedo hablar de ello, tengo la orden de dejarlo por escrito. Los demonios me tenían un gran odio, pero por orden de Dios tuvieron que obedecerme. Lo que he escrito es una débil sombra de las cosas que he visto. He observado una cosa: la mayor parte de las almas que allí están son las que no creían que el infierno existe. Cuando volví en mí no pude reponerme del espanto, qué terriblemente sufren allí las almas. Por eso ruego con más ardor todavía por la conversión de los pecadores, invoco intensamente la misericordia de Dios para ellos. Oh Jesús mío, prefiero agonizar en los más grandes tormentos hasta el fin del mundo, que ofenderte con el menor pecado".
(Nº 741 - Diario "La Divina Misericordia en mi alma". Santa Faustina Kowalska.)

lunes, 12 de febrero de 2018

Reflexiones...

19 DE SEPTIEMBRE DE 1920
“Si Me amas estaré siempre a tu lado. Si eres constante en seguirme, triunfaré de tus enemigos, Me manifestaré a ti y te enseñaré a amarme”.
Comentario:
Es necesaria la perseverancia en el seguimiento del Señor, pues de lo contrario, seremos como ese constructor de que habla el Evangelio, que comenzó a edificar pero no tuvo con qué terminar la construcción. Ya Jesús nos dice que aquél que persevere hasta el fin, ése se salvará. Él lo dice con respecto a la Gran Tribulación que vendrá en los tiempos finales. Pero aunque no estemos en esos tiempos, la Gran Tribulación es nuestra propia vida, la de cada uno de nosotros, pues para entrar en el Reino de los Cielos hay que pasar por un gran sufrimiento en esta vida, debido a que el demonio nos odia y hace todo lo posible por apartarnos de Dios. Hay que aguantar uno, cinco, diez, veinte años, siempre, hasta el fin, hasta obtener la corona de manos del Señor. Y si somos perseverantes, Él nos dará su ayuda completa.
Sagrado Corazón de Jesús, en Vos confío

domingo, 11 de febrero de 2018

2018-02-11 Pope Francis Angelus

Deber...

Cumplir el deber

La tercera característica de la muerte cristiana es morir como Cristo. ¿Cómo murió Nuestro Señor Jesucristo? Mártir del cumplimiento de su deber. Había recibido de su Eterno Padre la misión de predicar el Evangelio a toda criatura y de morir en lo alto de una cruz para salvar a todo el género humano, y lo cumplió perfectamente, con maravillosa exactitud. Precisamente, cuando momentos antes de morir contempló en sintética mirada retrospectiva el conjunto de profecías del Antiguo Testamento que habían hablado de Él, vio que se habían cumplido todas al pie de la letra, hasta en sus más mínimos detalles. Y fue entonces cuando lanzó un grito de triunfo: ¡Consumatum est, todo está cumplido!
¡Qué dicha la nuestra, señores, si a la hora de la muerte podemos exclamar también: “He cumplido mi misión en este mundo, he cumplido la voluntad adorable de Dios”!
Cierto que no podremos decirlo del mismo modo que Nuestro Señor Jesucristo. Cierto que todos somos pecadores y hemos tenido, a lo largo de la vida, muchos momentos de debilidad y cobardía. Cierto que hemos ofendido a Dios y nos hemos apartado de sus divinos preceptos por seguir los antojos del mundo o el ímpetu de nuestras pasiones. Pero todo puede repararse por el arrepentimiento y la penitencia. Estamos a tiempo todavía.
¡Muchacho que me escuchas! Feliz de ti si a la hora de la muerte, acordándote de tus años mozos, puedes decir ante tu propia conciencia: “Lo cumplí. ¡Cuánto me costó resolver el problema de la pureza! Mi sangre joven me hervía en las venas, pero fui valiente y resistí. Invoqué a la Virgen, huí de los peligros, comulgué diariamente, ejercité mi voluntad, se lo pedí ardientemente a Dios... Y ahora muero tranquilo, ofreciéndole a Dios el lirio de mi pureza juvenil”.
¡Padre de familia! Me hago cargo perfectamente. Cuesta mucho el cumplimiento exacto de los deberes matrimoniales: aceptar todos los hijos que Dios mande, educarles cristianamente, guardar fidelidad inviolable al otro cónyuge, cumplir exactamente las obligaciones del propio estado. Pero recuerda que estamos en este mundo como huéspedes y peregrinos, que “no tenemos aquí ciudad permanente, sino que vamos en busca de la que está por venir” (Hebr 13, 14) ¡Levanta tus ojos al cielo! Y, aunque te cueste ahora un sacrificio, cumple íntegramente con tu deber, para poder morir tranquilo cuando te llegue la hora suprema.
¡Comerciante, financiero, industrial, hombre de negocios! El dinero es una terrible tentación para la mayoría de los hombres. Pero acuérdate de que no podrás llevarte más allá del sepulcro un solo céntimo: lo tendrás que dejar todo del lado de acá. ¡Gana, si es preciso, la mitad o la tercera parte de lo que ganas ahora, pero gánalo honradamente! Que no tengas que lamentarlo a la hora de la muerte –cuando es tan difícil reparar el daño causado y restituir el dinero mal adquirido– y puedas decir, por el contrario: “me costó mucho, pero hice ese sacrificio; muero tranquilo; he cumplido con mi deber”.
"El misterio del más allá" Royo Marin
 

viernes, 9 de febrero de 2018

Evangelio del día...

Evangelio del día.

viernes 9/FEB/18.
Mc 7, 31-37.
Todo lo ha hecho bien.
Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis. Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos. Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua. Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: “Efatá”, que significa: “Ábrete”. Y en seguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente. Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban y, en el colmo de la admiración, decían: “Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”.
Reflexión:
Decían de Jesús: “Todo lo ha hecho bien.” A recibir ese elogio debemos aspirar nosotros, pero no tanto de los hombres sino de Dios. ¡Qué hermoso que Dios esté contento con nosotros! Si Dios está contento con nuestro actuar, ¡qué importa todo lo demás! Por lo tanto debemos obrar conforme a la Voluntad de Dios, manifestada en los mandamientos, en los consejos de Jesús en el Evangelio, y cumplir con fidelidad y amor los deberes del propio estado. Si hacemos así, Dios y los hombres al final nos podrán decir: “Todo lo ha hecho bien.”
Pidamos a la Santísima Virgen que aprovechemos las cosas simples de todos los días para ser santos.
Jesús, María, os amo, salvad las almas.