sábado, 4 de febrero de 2017
Dar frutos...
Con tal que demos frutos…
Con tal que demos frutos para el Cielo, tenemos que aprender a ser
escalón para que si es necesario el prójimo nos pise pero suba más cerca
de Dios.
Por supuesto que el mundo ve las cosas diferentes a como las ve quien tiene fe, puesto que los triunfos mundanos, raras veces son también triunfos eternos.
Efectivamente, ¡cuántas veces a nosotros mismos nos sucede que creemos que si nos sale todo bien, si conseguimos los objetivos: un buen título académico, un excelente trabajo, una hermosa familia, etc., ya hemos dado frutos! Y sin embargo tal vez daríamos más frutos por medio de los fracasos, las enfermedades y los inconvenientes.
Este pensamiento nos debe recordar que lo importante es que demos frutos de vida eterna, que seamos medios para que los hermanos vayan a Dios, se conviertan y santifiquen. No importa cómo lo logremos, si con triunfos o fracasos aparentes, sino que lo que sí importa es que demos buenos frutos.
También en la parábola del Buen Samaritano se nos cuenta que el sacerdote pasó de largo y fue a cumplir con sus funciones litúrgicas, y que el levita también pasó de largo ante el herido, y siguió a cumplir con sus obligaciones. Pero el samaritano paró y socorrió al herido, y no sabemos si con ello perdió horas de trabajo, clientes, dinero, oportunidades. Quizás las obras del sacerdote y el levita fueron perfectas a los ojos de los hombres, pero el que obró perfectamente, a pesar quizás de un fracaso en lo temporal, fue el Samaritano que se conmovió y obró misericordiosamente.
Es bueno que estas cosas las tengamos presentes en toda nuestra vida, y también cuando vemos a alguien ya sea triunfando o fracasando humanamente, porque no sabemos si ese tal está dando realmente frutos buenos para el Cielo.
¡Cuántas veces el gozar de buena salud y bienestar general nos hace perder la gracia por entregarnos a los desórdenes del pecado! ¡Y cuántas veces también con una enfermedad nos hacemos más santos, más pacientes, más misericordiosos porque comprendemos lo que significa sufrir!
Entonces recordemos que lo importante es que lleguemos a ser santos, ya sea por triunfos o fracasos, que ambos no suelen ser tales a los ojos de Dios, sino sólo a los ojos mundanos.
¡Qué importa que Dios nos lleve por el camino de los fracasos! Lo importante es que demos frutos, sea por el camino que fuere. Y el juicio del mundo no nos debe importar, puesto que somos, lo que somos ante Dios, ni menos ni más que eso.
Sepamos también que muchas obras que fueron un fracaso para el mundo, sin embargo fueron un éxito para el Cielo. Un ejemplo claro de ello es la misma muerte y afrenta del Hijo de Dios, rotundo fracaso para el mundo, pero triunfo infinito para el Cielo.
Por supuesto que el mundo ve las cosas diferentes a como las ve quien tiene fe, puesto que los triunfos mundanos, raras veces son también triunfos eternos.
Efectivamente, ¡cuántas veces a nosotros mismos nos sucede que creemos que si nos sale todo bien, si conseguimos los objetivos: un buen título académico, un excelente trabajo, una hermosa familia, etc., ya hemos dado frutos! Y sin embargo tal vez daríamos más frutos por medio de los fracasos, las enfermedades y los inconvenientes.
Este pensamiento nos debe recordar que lo importante es que demos frutos de vida eterna, que seamos medios para que los hermanos vayan a Dios, se conviertan y santifiquen. No importa cómo lo logremos, si con triunfos o fracasos aparentes, sino que lo que sí importa es que demos buenos frutos.
También en la parábola del Buen Samaritano se nos cuenta que el sacerdote pasó de largo y fue a cumplir con sus funciones litúrgicas, y que el levita también pasó de largo ante el herido, y siguió a cumplir con sus obligaciones. Pero el samaritano paró y socorrió al herido, y no sabemos si con ello perdió horas de trabajo, clientes, dinero, oportunidades. Quizás las obras del sacerdote y el levita fueron perfectas a los ojos de los hombres, pero el que obró perfectamente, a pesar quizás de un fracaso en lo temporal, fue el Samaritano que se conmovió y obró misericordiosamente.
Es bueno que estas cosas las tengamos presentes en toda nuestra vida, y también cuando vemos a alguien ya sea triunfando o fracasando humanamente, porque no sabemos si ese tal está dando realmente frutos buenos para el Cielo.
¡Cuántas veces el gozar de buena salud y bienestar general nos hace perder la gracia por entregarnos a los desórdenes del pecado! ¡Y cuántas veces también con una enfermedad nos hacemos más santos, más pacientes, más misericordiosos porque comprendemos lo que significa sufrir!
Entonces recordemos que lo importante es que lleguemos a ser santos, ya sea por triunfos o fracasos, que ambos no suelen ser tales a los ojos de Dios, sino sólo a los ojos mundanos.
¡Qué importa que Dios nos lleve por el camino de los fracasos! Lo importante es que demos frutos, sea por el camino que fuere. Y el juicio del mundo no nos debe importar, puesto que somos, lo que somos ante Dios, ni menos ni más que eso.
Sepamos también que muchas obras que fueron un fracaso para el mundo, sin embargo fueron un éxito para el Cielo. Un ejemplo claro de ello es la misma muerte y afrenta del Hijo de Dios, rotundo fracaso para el mundo, pero triunfo infinito para el Cielo.
viernes, 3 de febrero de 2017
Oraciones...
Oración para implorar los Dones del Espíritu Santo.
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1 - Venid, oh Espíritu Santo, y concedednos el don de SABIDURÍA, que dándonos a conocer la verdadera dicha, nos separe de las cosas del mundo y nos haga gustar y amar los bienes celestiales.
Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.
2 - Venid, oh Espíritu Santo, y concedednos el don de ENTENDIMIENTO, para que más fácilmente conozcamos y penetremos las verdades y misterios de nuestra Santa Religión
Gloria al Padre, etcétera.
3 - Venid, oh Espíritu Santo, y concedednos el don de CONSEJO, que nos haga elegir en todo momento lo que contribuya más a la gloria de Dios y a nuestra propia santificación.
Gloria al Padre, etcétera.
4 - Venid, oh Espíritu Santo, y concedednos el don de FORTALEZA,
que haciéndonos superar todos los obstáculos que se oponen a nuestra
salvación, nos una tan íntimamente a Dios nuestro Señor que nada, ni
nadie, pueda separarnos de Él.
Gloria al Padre, etcétera.
5 - Venid, oh Espíritu Santo, y concedednos el don de CIENCIA,
que nos dé el perfecto conocimiento de Dios y de nosotros mismos y de
los medios que debemos poner en práctica y los peligros que debemos
evitar para llegar al cielo.
Gloria al Padre, etcétera.
6 - Venid, oh Espíritu Santo, y concedednos el don de PIEDAD,
que nos conduzca a cumplir con facilidad todo lo que sea del servicio
de Dios y nos haga encontrar siempre dulce y ligero el yugo del Señor.
Gloria al Padre, etcétera.
7 - Venid, oh Espíritu Santo, y concedednos el don de TEMOR DE DIOS,
que nos haga evitar con el mayor cuidado en todos los instantes de
nuestra vida, todo lo que pueda desagradar a nuestro Padre Celestial.
Gloria al Padre, etcétera.
Venid, oh Santo Espíritu Consolador, Padre de los pobres, dulce Esposo y
suave refrigerio de las almas; venid y enriquecednos con las
misericordias de vuestros siete dones, y danos con ellos vuestros
preciosos frutos, a fin de que con vuestra divina asistencia guardemos
puro nuestro corazón en la tierra y merezcamos después ver a Dios
eternamente en el cielo. Así os lo pedimos por Cristo Señor nuestro que
con Vos y el Eterno Padre vive y reina por los siglos de los siglos.
Amén.
Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.
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