lunes, 13 de julio de 2015

Felicidad...

Hambre de felicidad.

Los hombres tenemos hambre de felicidad, e incluso quienes pecan lo hacen no tanto por maldad, sino porque creen que allí, en el pecado, encontrarán la felicidad. 
Lo que sucede es que hemos sido creados para Dios, que es infinito, y no nos puede llenar completamente ninguna otra cosa. 
Pero el demonio, que sabe muy bien esta verdad y la condición del hombre, nos promete que seremos felices si pecamos, y así nos aleja cada vez más de la Felicidad con mayúscula, de Dios, de la eternidad dichosa. 
Es tiempo de que nos despertemos de la somnolencia con que el demonio envuelve nuestra alma, porque el único camino que lleva a la felicidad es el de los Diez Mandamientos, no hay otro. Y aunque parezca duro seguir este camino, quien lo sigue camina en la paz del corazón, y ya va gustando anticipadamente la felicidad del Paraíso. 
Es la tentación de siempre: el diablo quiere hacer creer al hombre que Dios es malo, que es injusto, que es cruel porque manda cumplir los mandamientos. Pero el malo es el diablo, que nos quiere perder para siempre. 
Un poeta dijo que “ningún camino de flores conduce a la gloria”, y mucho menos si se trata de la gloria de Dios, de la gloria del Cielo, ya que deberemos trabajar duramente para ganarla, aunque hay un secreto para hacer mucho y en corto tiempo: amar. Si amamos, todo se nos hará más fácil. Pero el amor es sacrificio y entrega, y por ello hay más felicidad en dar que en recibir. Dando a Dios y a los demás, es como recibimos una medida apretada y desbordante. 
Sepámoslo de una vez por todas: La felicidad completa, el Paraíso, jamás podrá estar en este mundo. Nunca hallaremos la felicidad completa de este lado de acá, porque hemos sido creados con un corazón que necesita del Infinito, de Dios. Y ése será el tremendo tormento de las almas que se condenen: el no poder llegar nunca jamás a alcanzar esa Felicidad para la que fueron creadas. 
Así que pensémoslo bien, porque muchas veces por disfrutar de un placer, de un momento de alegría, pecamos y así perdemos el Placer y la Alegría con mayúscula: a Dios y el Cielo para los que hemos sido creados. 
Ojalá no estemos del todo contentos en este mundo, porque a veces nos sucede que parece que lo tenemos todo aquí, y entonces es cuando creemos tocar el cielo con las manos, y podemos olvidarnos del verdadero Cielo. 
Demos gracias a Dios que de vez en cuando, o muy a menudo, nos envía alguna cruz, algún sufrimiento y desencanto, para que recordemos que, como bien lo dice la Salve, éste es un valle de lágrimas, y no nos atemos a este mundo, sino que lo utilicemos como trampolín para lanzarnos a la conquista de la eternidad.

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