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sábado, 29 de agosto de 2015
Evangelio del día...
jueves, 27 de agosto de 2015
Evangelio del día...
jueves 27/AGO/15
Evangelio del día.
Mt 24, 42-51.
Preparados.
Jesús habló diciendo: “Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor. Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, velaría y no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada. ¿Cuál es, entonces, el servidor fiel y previsor, a quien el Señor ha puesto al frente de su personal, para distribuir el alimento en el momento oportuno? Feliz aquel servidor a quien su señor, al llegar, encuentre ocupado en este trabajo. Les aseguro que lo hará administrador de todos sus bienes. Pero si es un mal servidor que piensa: ‘Mi señor tardará’, y se dedica a golpear a sus compañeros, a comer y a beber con los borrachos, su señor llegará el día y la hora menos pensada, y lo castigará. Entonces él correrá la misma suerte que los hipócritas. Allí habrá llanto y rechinar de dientes”.
Reflexión:
Debemos estar siempre preparados para recibir al Señor, tanto en su Segunda Venida, al Final de los Tiempos, como también cuando nos encontremos con Él en el momento de nuestra muerte corporal. Estar preparados significa estar en gracia de Dios, es decir no estar en pecado mortal, ya que si nos encuentra en ese estado nos condenaremos en el infierno. Por eso si tenemos la desgracia de cometer un pecado mortal debemos pedirle perdón a Dios al instante y tratar de confesarnos con un sacerdote lo antes posible. Además debemos tener gran devoción a la Virgen y a San José, ya que esto nos garantiza una buena muerte.
Pidamos a la Santísima Virgen la gracia de levantarnos si hemos caído en pecado y jamás acostarnos en pecado mortal, pues como dice el dicho: “Pecador no te acuestes nunca en pecado, no sea que despiertes ya condenado”.
Jesús, María, os amo, salvad las almas.
domingo, 23 de agosto de 2015
Oraciones...
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sábado, 22 de agosto de 2015
Mensaje...
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viernes, 21 de agosto de 2015
No creen...
No quieren creer
Precisamente estos días vengo a hablaros de este gran problema de nuestros destinos eternos: del misterio del más allá.
Esta tarde, en las primeras de mis conferencias, voy a ceñirme exclusivamente a poner en claro la existencia del más allá. Nada más.
No vengo en plan apologético. Tengo muy poca fe en la apologética, señores, como instrumento apto para convencer al que no está dispuesto a aceptar la verdad aunque brille ante él más clara que el sol. Ya lo supo decir admirablemente uno de los genios más portentosos que ha conocido la humanidad, una de las inteligencias más preclaras que han brillado jamás en el mundo: San Agustín. Un hombre que conocía maravillosamente el problema, que sabía las angustias, la incertidumbre de un corazón que va en busca de la luz de la verdad sin poderla encontrar, porque vivió los primeros treinta años de su vida en las tinieblas del paganismo. Conocía maravillosamente el problema y sabía muy bien que no hay ni pueden haber argumentos válidos contra la fe católica. No los hay, ni los puede haber, porque la verdad no es más que una, y esa única verdad no puede ser llamada al tribunal del error, para ser juzgada y sentenciada por él. Es imposible, señores, que haya incrédulos de cabeza, de argumentos, incrédulos que puedan decir con sinceridad: “yo no puedo creer porque tengo la demostración aplastante, las pruebas concluyentes de la falsedad de la fe católica”. ¡Imposible de todo punto!
No hay incrédulos de cabeza, pero sí muchísimos incrédulos de corazón. No tienen argumentos contra la fe, pero sí un montón de cargas afectivas. No creen porque no les conviene creer. Porque saben perfectamente que si creen tendrán que restituir sus riquezas mal adquiridas, renunciar a vengarse de sus enemigos, romper con su amiguita o su media docena de amiguitas, tendrán, en una palabra, que cumplir los diez mandamientos de la Ley de Dios. Y no están dispuestos a ello. Prefieren vivir anchamente en este mundo, entregándose a toda clase de placeres y desórdenes. Y para poderlo hacer con relativa tranquilidad se ciegan voluntariamente a sí mismos; cierran sus ojos a la luz y sus oídos a la verdad evangélica. ¡No les da la gana de creer! No porque tengan argumentos, sino porque les sobran demasiadas cargas afectivas.
Señores: cuando el corazón está sano, cuando no tenemos absolutamente nada que temer de Dios, no dudamos en lo más mínimo de su existencia. ¡Ah, pero cuando el corazón está corrompido...! ¿No os habéis fijado que sólo los malhechores y delincuentes –jamás las personas honradas– atacan a la Policía o la Guardia Civil?
San Agustín conocía maravillosamente esta psicología del corazón humano y por eso escribió esta frase lapidaria y genial: “Para el que quiere creer, tengo mil pruebas; para el que no quiere creer, no tengo ninguna”.
Maravillosa frase, señores. Para el que quiere creer, para el hombre honrado, para el hombre sensato, para el hombre que quiere discurrir con sinceridad, tengo mil pruebas enteramente demostrativas de la verdad de la fe católica. Pero para el que no quiere creer, para el que cierra obstinadamente su inteligencia a la luz de la verdad, no tengo absolutamente ninguna prueba.
Esta tarde, en las primeras de mis conferencias, voy a ceñirme exclusivamente a poner en claro la existencia del más allá. Nada más.
No vengo en plan apologético. Tengo muy poca fe en la apologética, señores, como instrumento apto para convencer al que no está dispuesto a aceptar la verdad aunque brille ante él más clara que el sol. Ya lo supo decir admirablemente uno de los genios más portentosos que ha conocido la humanidad, una de las inteligencias más preclaras que han brillado jamás en el mundo: San Agustín. Un hombre que conocía maravillosamente el problema, que sabía las angustias, la incertidumbre de un corazón que va en busca de la luz de la verdad sin poderla encontrar, porque vivió los primeros treinta años de su vida en las tinieblas del paganismo. Conocía maravillosamente el problema y sabía muy bien que no hay ni pueden haber argumentos válidos contra la fe católica. No los hay, ni los puede haber, porque la verdad no es más que una, y esa única verdad no puede ser llamada al tribunal del error, para ser juzgada y sentenciada por él. Es imposible, señores, que haya incrédulos de cabeza, de argumentos, incrédulos que puedan decir con sinceridad: “yo no puedo creer porque tengo la demostración aplastante, las pruebas concluyentes de la falsedad de la fe católica”. ¡Imposible de todo punto!
No hay incrédulos de cabeza, pero sí muchísimos incrédulos de corazón. No tienen argumentos contra la fe, pero sí un montón de cargas afectivas. No creen porque no les conviene creer. Porque saben perfectamente que si creen tendrán que restituir sus riquezas mal adquiridas, renunciar a vengarse de sus enemigos, romper con su amiguita o su media docena de amiguitas, tendrán, en una palabra, que cumplir los diez mandamientos de la Ley de Dios. Y no están dispuestos a ello. Prefieren vivir anchamente en este mundo, entregándose a toda clase de placeres y desórdenes. Y para poderlo hacer con relativa tranquilidad se ciegan voluntariamente a sí mismos; cierran sus ojos a la luz y sus oídos a la verdad evangélica. ¡No les da la gana de creer! No porque tengan argumentos, sino porque les sobran demasiadas cargas afectivas.
Señores: cuando el corazón está sano, cuando no tenemos absolutamente nada que temer de Dios, no dudamos en lo más mínimo de su existencia. ¡Ah, pero cuando el corazón está corrompido...! ¿No os habéis fijado que sólo los malhechores y delincuentes –jamás las personas honradas– atacan a la Policía o la Guardia Civil?
San Agustín conocía maravillosamente esta psicología del corazón humano y por eso escribió esta frase lapidaria y genial: “Para el que quiere creer, tengo mil pruebas; para el que no quiere creer, no tengo ninguna”.
Maravillosa frase, señores. Para el que quiere creer, para el hombre honrado, para el hombre sensato, para el hombre que quiere discurrir con sinceridad, tengo mil pruebas enteramente demostrativas de la verdad de la fe católica. Pero para el que no quiere creer, para el que cierra obstinadamente su inteligencia a la luz de la verdad, no tengo absolutamente ninguna prueba.
(De “El Misterio del más allá” – P. Royo Marín)
jueves, 20 de agosto de 2015
Carta...
Lectura espiritual
Carta a un sacerdote.
13 de enero de 1968
Rvdo. P. Luis Larrauri, C. SS. R.
Reverendo Padre:
Necesito escribirle. No puedo callar.
¿Por qué...?
¡Porque de la abundancia del corazón, habla la lengua! Y es tanta la gratitud que debo a la Virgen Santísima, que no puedo represar mis sentimientos y tengo como una necesidad imperiosa de contar, de proclamar, de exaltar las bondades de la Virgen María.
¿Que qué le debo?
Pues todo...
Estuve en peligros de muerte, y me salvó.
Deseaba luces para mis estudios, y me las concedió.
Anduve al margen de la Ley de Dios, y me sacó del extravío, mediante la gracia extraordinaria eficaz de la conversión.
¿Y sabe, Padre, cómo y por qué conseguí todo esto?
Porque desde niño y todos los días –¡aun en los días “malos”!– la invoqué rezando las tres Avemarías, con las que le recordaba el gran poder, sabiduría y amor que le concedieron el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo...
Tengo la firme convicción –formada a fuerza de experiencia personal y observación de lo ocurrido a otros– de que esta práctica de piedad diaria libra del mal... Aparta de la impureza, consuela en el dolor, alienta en las tribulaciones, ayuda en las necesidades, convierte al pecador, mejora incluso a los justos.
¡Por esto mis ganas de gritar a todas las gentes: “Para vuestro bien, no descuidéis ningún día el rezo de las tres Avemarías”!...
Besa su mano.
Vicente-Jesús de España.
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